23 septiembre, 2006

De cómo me narró Marinín lo que recordaba

l sueño no me llegaba e hube la necesidad de levantarme e, muy quedo, bajé hasta el jardín e noté el aire era muy fresco y llovía suavemente. Extrañóme ver la luz del rincón cubierto estaba encendida. E allí encontré a Marinín oyendo su MP3. Solos, casi por primera vez, mi hijo e yo, sentados entrambos en el jardín, miré sus ojos brillantes e vi en su rostro una sonrisa:

“¿Qué hacéis aquí e a estas horas? – le dije -. Bien veo os habéis abrigado que la noche es fría”.

“No puedo dormir – contestó susurrando -; muchas cosas nuevas han ocurrido e prefería estar solo e oír esta mi música”.

“Si solo necesitáis estar – le espeté levantándome -, solo os dejaré, que hay mucho sitio en esta casa para ambos”.

“No, no, - suplicó -, quedaos aquí conmigo, papá, que estar con vos es para mí mejor que estar solo”.

“Así lo deseáis, así lo haré – le contesté – mas sabed que habremos de estar aquí sólo una pieza corta, que la noche es fría y en vuestra cama estaréis mejor. Aunque no podáis dormir, rezad, oíd música o cualquier otra cosa en la cama ¿Me obedeceréis?”.

“Sabéis que sí – contestó conforme -, que así como digáis he de hacer”.
E de mi interior salió una frase perdida: “¡Qué más quisiera yo que ser vuestro verdadero padre!”.

“¡Lo sois! – me miró incrédulo - ¿Qué cosa decís?”.

“Mirad, pequeño – le expliqué -; está Diego Jesús con sus abuelos porque sus padres no le quieren; agora pasará un tiempo junto a nosotros. E Fermín también estará con nosotros e no es porque su mamá no lo quiera, que trabajo le cuesta tenerlo lejos, sino porque aprenda tanto como vos”.

E resté mudo cuando empezó él a hablar:

“Mi mamá de verdad murió cuando nací e papá quedóse solo conmigo muy pequeño e casóse luego con mamá Nicolasa. Mas una enfermedad muy mala se lo llevó con Dios; ya sabéis yo tenía aquella enfermedad e me iba, e vos me pusisteis a salvo. E luego oí a mamá decir cosas muy feas de mi papá muerto e yo no sabía por qué. E nos fuimos a aquella casa. Bebía mucho e decía cosas raras e me zurraba, me encerraba e me dejaba solo; e me prohibió ir a la escuela. E todo esto no entiendo, sino que fuisteis a por mí, como era mi deseo. Sois mi padre e os quiero (también a tío Marcos). No sé otra cosa”.

Pensando un poco, e con mucho trabajo, le pregunté:

“¿Y qué era esa cosa tan fea que decía mamá de vuestro papá muerto?”.

Hubo un silencio largo e tenso e su mirada se perdía en la obscuridad del jardín.

“¿No me lo decís? – pregunté casi asustado –. A nada os obligo en esto, sino que si queréis decirlo por sentiros mejor, podéis hacerlo en confesión”.

“Decía: cabrón, hijo de puta, que no me dejas sino esta carga”.

En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.

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