omía Marinín con grande apetito e, dejando el yantar, quedóse una corta pieza mirando al artesonado del techo e dijo así:“Papi, Raúl dice que no es posible tener un padre como vos; dizque nadie vive tantos años, ni es capitán de capa y espada ni…”.
Interrumpí lo que decía e le manifesté con cariño:
“Hijo, ¿qué os importa a vos que Raúl crea o no lo que vivís cada día? Imagino es este chico un compañero de estudios, con padre e madre e casa rica e buena inteligencia, mas hacer creer lo que decís a alguien sin pruebas me parece dificultoso. Creedlo vos, que con eso basta. Cuanto menos digáis destas cosas que parecen cuentos, menos habréis de dar razones e menos os tomarán por loco. Seguid comiendo eso que rico está e se ve tenéis apetito”.
Mas habló también Diego Jesús e dio estas explicaciones:
“No ha dicho Marinín hubiese padre longevo ni que sea capitán ni estas cosas, sino que ya en la escuela se habla de tal, e paréceme que a este Raúl no le gustaría esto fuere cierto”.
“Alguien entonces – les dije – anda por ahí diciendo lo que no debería. Diría yo a todos eso es cuento, que hay muchos alumnos en la escuela e no es de razón que perdáis el tiempo aclarando lo que para vosotros está claro”.
E habló por fin Fermín:
“También a mí han venido diciéndome cosas, mas como no sé cómo explicarlas, he dicho nada sabía”.
“Bien habéis hecho – le razoné – que si hay alguien por ahí diciendo esas cosas, mejor sería ir diciendo que nada deso sabéis, así, el que quiere que todos piensen sabe más de la cuenta, acabará quedando por mentiroso. Estudiad vosotros para que seáis hombres importantes cuando crezcáis e dejad eso a un lado como si un cuento fuese. E agora comed lo que os apetezca, haced vuestras tareas tras un corto descanso e haremos con tío Marcos una visita a toda la casa”.
E dijo Marinín mirándome con picardía:
“Nada de lo que veamos habremos de contar, que no creerán luego lo que digamos”.
En Sevilla y a veinte y ocho de septiembre del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario