or ventura, jugaban los niños en el jardín, que me advirtió don Juan que estas historias no deberían oír, pues son sus sentimientos mucho mayores que los nuestros e sus fuerzas muy pocas:“Dejadlos allí – dijo don Juan muy preocupado – e si observáis alguno entra, comenzad a hablar de otra cosa. Cuando sepamos lo ocurrido, podremos narrarles todo esto quitando ciertos detalles”.
“Así lo haré, Ilustrísima – le dije –, que no he querido sino cumplir la palabra que di de que todos supiesen lo acontecido; mas, como decís, ciertos detalles desta historia podrían herirles en lo profundo”.
“Sea así e que Dios nos ayude – replicó – que mucha ayuda me temo habremos de haber e así sea misericordioso con nosotros como le pido día y noche. Continuad agora si os parece conveniente”.
Con esto, tomando un poco de agua, continué el relato que recordaba:
“Sé la Iglesia no considera a Miguel de Mañara como santo aún, sino como venerable, mas mi fe en él, habiendo compartido momentos inolvidables, me hizo rogarle intercediera a Dios Nuestro Señor por mi humilde persona, e dando pocos pasos, tropecé con piso duro e quedé suspenso. Dentro de menos de un minuto, aparecieron tras una suave colina dos luces de un coche y, pasando este muy cerca de mí, paró bruscamente unos metros más adelante. Nadie tiene hoy en día la caridad como costumbre, e sé este hombre ponía su vida en peligro, que mucha picardía hay. Acercóse e ayudóme a llegar hasta el coche e, viendo mi cuerpo e mi cara, abrió la puerta trasera e allí me puso echado e comenzó luego a moverse e me dijo si quería ir a Sevilla. Así, le dije que me dejase lo más cerca que le fuese posible, pero insistía en llevarme al hospital, pues desta forma, decía, la guardia sabría de lo sucedido. Mas no queriendo yo la guardia supiese nada, le insistí me acercara hasta el Arenal si sabía dónde se hallaba. No hubo respuesta o perdí de nuevo el conocimiento, mas cuando desperté, en la puerta de El Baratillo me hallaba. Y aquel hombre insistía en llevarme al hospital e yo le decía que dejándome allí, me había salvado la vida. Así pues, allí me dejó. E poco después, caí al suelo sin conocimiento.
En Grazalema y a dos de septiembre del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario