02 septiembre, 2006

De cómo fue asaz accidentada mi vuelta a Sevilla (1/3)

uedaron los pequeños en el jardín y empezaba yo a notar ya la falta de alguien en la casa, cuando tomamos cómodo asiento en el salón e prometí no hacerme de rogar para contar la historia acaescida. Parada cuando me pareció me llevaban a Constantina, continué mi narración:

“Creo ha quedado claro fui secuestrado en aquel almacén inglés de corte de Sevilla e alguien se tomó la molestia de dejar mi teléfono en la casa porque la guardia no pudiese dar con su paradero, e por ende, con el mío. Se me hizo perder el conocimiento al entrar en aquella villa e, cuando vine en mí, en una habitación espaciosa, sin muebles, muy sucia, de fuerte olor a humedad e con una sola lámpara en el techo como mobiliario estaba echado en el suelo e atado de pies e manos e amordazado con estas cintas que por uno de sus lados pegan. Me pareció esperar hasta dos horas e, por mucho que mirase a mi en derredor, no veía ventana alguna ni otra cosa que una vieja e pequeña puerta de madera que dejaba pasar luz natural por debajo. Abrióse la puerta violentamente e pasaron dos hombres cuyos rostros no podía ver por la luz del techo. Sabían éstos demasiado bien que deberían hacerme mucho daño para saber el secreto, mas que si un mal golpe me causaba la muerte, a la tumba iríamos ambos. Quitó uno dellos la ancha cinta pegada a mi boca e fui golpeado de todas las formas imaginables, pero nunca de modo que se me causase daño mortal. Viendo éstos que tras una larga tortura mi boca permanecía tan cerrada como con la mordaza, agachóse uno dellos e pinchó una desas agujas en mi brazo e comencé a notar cómo mi cabeza no podía controlar mi cuerpo ni mis pensamientos. Lo último que recuerdo en aquella sala es que uno de los hombres dio un aviso por teléfono e dijo algo así: «A este no hay forma de sacarle nada. Dejémosle libre e pensemos un mejor modo». Del tiempo que pasó luego no tengo noción alguna, sino que me hallé, de repente, tirado en medio del campo en la obscuridad e sin trabas en pies ni manos. Hube de tomar fuerzas y esperé una pieza larga hasta que pasaron los mareos”.

“¡Santo Dios, capitán! – dijo Su Ilustrísima – ¿Por esos momentos habéis pasado e no decís nada hasta agora? ¡Vive Dios que sois fuerte!”.

E tomó Marcos mi mano con tal fuerza, que hube de mirarle y, en sus ojos, corrían lenta e brillantemente las lágrimas.

En Grazalema y a dos de septiembre del año de dos mil e seis.

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