llegó la hora del yantar e acudimos todos a la mesa e me pareció miraba Marcos a Joaquín con cierto extraño. Así, acercándose a mí con discreción, me dijo:“Barbero, soltero, fuma rubio e os regala el corte. Nada insinúo, sino que me lo parece”.
“Guardad vuestro sitio – respondíle -, tanto a mi lado como en la mesa; que cumple este hombre con su profesión e no hay nada parecido a lo que pensáis. Vuestros prejuicios, Marcos, a veces llegan a extremos muy lejanos”.
Entre primer e segundo plato, comentó don Diego dudoso:
“A fe, que por lo que me habéis dicho, vuestra vida no vale nada para estos infelices, mas creen que las vidas que sí valen para vos – más que la vuestra – podrían ser la solución a su problema”.
“La solución, don Diego – le dije -, no nos engañemos, no es otra sino resolver uno mesmo el caso aunque con los huesos vaya uno luego a dar en una mazmorra. Mi pelo adecentado, mi uniforme de capitán e mi toledana en el sitio donde siempre debería haber estado, espantarán a muchos moscones; y desto no quisiera dar mucho detalle en la mesa ni ante los pequeños. Recordadme os lo detalle luego”.
E miróme Marcos con asombro en diciendo:
“¿Habláis de buscar y eliminar vos mesmo el estorbo que se presenta?”.
“Dos veces – le dije – no quiero repetir las cosas; mas tened por seguro que cuenta daré desto al señor inspector leonés; aunque tal como veo se va poniendo «el percal», caro me parece me va a salir este «negocio». Quizá se lo detalle al inspector una vez terminado todo”.
“Eso es tomarse la justicia por propia mano – dijo Marcos -, ateneos a los resultados”.
“Así será – repuse –; tal vez haya mucha carroñera que quede bien alimentada”.
En Grazalema y a tres de septiembre del año de dos mil e seis.


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