03 septiembre, 2006

De cómo decidí tomarme la justicia por mi mano (1/2)

la iglesia de Santa María de la Encarnación acudimos por la mañana todos. Don Diego dio aviso a su señora antes de la cena de anoche, de forma que supiese nada pasaba de importancia e que iba a quedarse en Grazalema por evitar aquellas peligrosas carreteras por la noche. Así, todo el grupo fue junto e teniendo siempre el ojo avizor por si se veía a alguien que pudiese causar sospecha, que se llena Grazalema los domingos de forasteros para pasar el día.

Llegados a casa, le dije a Marino que, acompañado por Su Ilustrísima buscaran a un hombre llamado Joaquín «el jopo» dándole su dirección, que estaba cercana a nuestra casa. Era este hombre el barbero del pueblo con quien no dejé de tener amistad desde que era muy pequeño. E así me dijo Marcos:

“He de confesaros que aunque tengáis amistad con este hombre e lo necesitéis, tengo cierto recelo a salir a la calle, aunque en buena compaña vaya, que me parece que también estoy en la diana destos malintencionados”.

“Por cosa tal no habréis de tener cuidado – le aseguré – pues tras vuesas mercedes he de ir yo mesmo e os puedo asegurar que bien acompañado. Nadie se atreverá siquiera a acercarse de vos a diez metros sospechosamente si no quiere que los demás vean sus tripas esparcidas por los suelos”.

E viendo comenzaba a cambiarle la color, llamé a don Juan:

“Ilustrísima, hacedme el favor de ir de compaña de Marcos a casa de Joaquín «el jopo», ya sabéis quién es, el barbero que vive dos calles más arriba”.

“Y ¿he de ser yo precisamente quien acompañe a don Marcos? – preguntó –. Mirad que mis piernas no están para mucha cuesta y en este pueblo siempre se va cuesta arriba”.

“Según veo – dije – tengo esta casa llena de valientes hombres. Le pediré a Cayetano vaya a buscarle, que deste entuerto no sabe mucho, tiene las partes gemelas de sus entrepiernas bien puestas e bien se defiende e bien conoce a «el jopo»”.

Y entre dientes, iba diciendo don Juan:

“No entiendo yo esta manía del capitán de buscar a un barbero en pleno domingo. Le cobrará horas extras, trabajo en día festivo e habrá de regalarle el paladar”.

Poco después, llegó Cayetano con Joaquín e sus herramientas, sentáronse en cómodo sillón en el jardín e comenzó el barbero su tarea. Salió Cayetano a ofrecerles una copa fresca e un bocado porque lo fuesen tomando mientras hacía el barbero su trabajo e dijo bromeando:

“Bien parado os veo hoy salir desta casa, que además de pensar seréis invitado al almuerzo e quién sabe qué otra cosa, bien me parece que cobraréis lo que es de razón por trabajo en día y en momento tan especial”.

“Erráis, Cayetano – dijo Joaquín – que al capitán he de dejar el corte de su pelo de forma que sea el mejor de su vida e, os lo puedo asegurar, más le debo yo a él que él a mí. Hablar con él un rato será bastante recompensa”.

Así, seguimos en pláticas mientras trabajaba e dijo en cierto momento:

“Estrenara yo esa piscina que veo en el jardín, que aún conociéndola desde el día en que comenzó a construirse (era yo muy pequeño) no la he catado”.

“Vuestra es por el tiempo que quisiéredes – le dije – e avisad a casa diciendo que tenéis hoy una obligación que cumplir muy importante, pues aquí os quedaréis al almuerzo con mi familia”.

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