as llamadas de don Francisco Ibarra eran diarias e, a veces muy continuas, mas, por los datos que me daba, parecíame todo iba hacia donde yo quería llevarlo. Sin embargo, la llamada desta mañana fue distinta, pues viendo los padres que Fran iba admitiendo el alimento, sus ojos despertaban e hablaba mucho de cosas que había visto, quisieron consultarme si hicieron bien en quitarle el pañuelo ayer (al octavo día); e le dije al padre que todo parecía ir como estaba planeado. Tomó Fran el teléfono e saludóme e pidióme fuese a verlo e prometióme un regalo por quitarle aquel mal. Su voz ya no era tan débil y su mente parecía más lúcida e darse cuenta de lo que había acaescido e de cómo iban cambiando las cosas. Jugando estaba con sus muñecos e tomó el teléfono su madre, Soledad, en llantos e dióme las gracias de forma muy particular, pues quería fuese a estar con Fermín un día. E con esto, prometíle llevar a mis niños porque jugasen juntos e le hiciesen compaña, que aún vencida la enfermedad, debería ir tomando fuerzas poco a poco antes de moverse.Observó Marcos de nuevo mi mirada perdida por la ventana e así me dijo:
“¡No os dais cuenta de lo que hacéis, vive Dios! No valoráis lo que hacéis. No sólo salváis la vida de unos niños de la muerte segura (o de la tristeza), sino que conseguís, sin esfuerzo aparente, sean felices”.
“Vuesa merced lo ha dicho, que en verdad, en verdad os digo, que aunque es para mí un orgullo e una satisfacción poder ser de ayuda… esto quema parte de mi vida. Mas también puedo deciros que ver sus ojos e sus rostros e sus sonrisas felices, me levantan el espíritu. Quiero agora, si no os es estorbo, cuidéis de los pequeños, que necesito confesar con Su Ilustrísima e pedirle consejo, que es día de la Merced, aunque yo no la merezco; e algunas dudas me asaltan. No tengáis cuidado, que, según paréceme, ya hemos pasado lo peor. ¿Me dais un beso?”.
En Grazalema y a veinte e cuatro de septiembre del año de dos mil e seis.


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