04 septiembre, 2006

De cómo cambiaron algunos comportamientos

oté en el gesto de Diego Jesús un cambio, pues ya su mirada no era triste ni tan callado de hallaba. Estaba seguro de que, en sus pláticas, habían aclarado aquel problema que algunas angustias producían.

Pasado un buen rato después del desayuno, pidieron permiso a Su Ilustrísima para ir al baño e tal cosa me extrañó. Así pues, le dije a Marinín llamándolo aparte:

“¿Es agora el tío Juan quien da los permisos para los baños, o acaso no queréis que ni don Diego ni yo desto sepamos?”.

E mirándome cabizbajo, dijo:

“Ya habéis dicho que deberíamos saber atar los cordones de los zapatos; e fácil se desatan, mas ya sabemos el tiempo que hay de espera entre comida y baño. Tal vez, si le preguntamos a él, le entren ánimos de bañarse con nosotros”.

“Pillo – le dije – que intentáis engañarme. Hora del baño es e podéis tomarlo, mas hacédmelo saber. Ya convenceré yo a tío Juan se bañe con vosotros”.

Así, pasó una media hora e oía yo grandes risas en el jardín e, saliendo en un paseo por ver que acontecía, vi a Su Ilustrísima en las aguas, con sus calzonas e a los niños desnudos. Pasé a la casa e le dije a Marcos viniese a ver tal cosa.

Servidos que fueron unos refrescos, salió don Juan del baño (que bocado alguno se le escapa) e, con algo de disimulo, preguntéle:

“Paréceme no llevan los niños sus calzonas de colores, ¿acaso no lo habéis advertido?”

E respondió sin dar importancia al asunto:

“Pequeños son, e tal como están los trujo Dios al mundo. Dejadlos disfrutar destos baños, que en habiendo probado esto de las calzonas, ya sé que incomodan”.

E les vi luego sobre la hierba ponerse los ungüentos para el sol, e así como lo hacían, vi cómo besaba Diego Jesús a Marinín e luego reían.

En Grazalema y a cuatro de septiembre del año de dos mil e seis.

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