manecía y esperaba la guardia al juez antes de tocar los cadáveres, mas uno dellos que parecióme el sargento, en mirándolos, supo había ocurrido algo más, miró cómplice al inspector e dijo: “¡Estos ladronzuelos hijos de puta!”.Con esto, advertí que había perdido de vista a Marcos e luego hallélo en la casa mudada la color, que desde que oyó el primer «saco» golpear la carretera, junto a los pequeños estaba en una manta liado. Todo el servicio estaba junto a ellos e se habían encendido las luces, aunque ya amanecía. Agora era mi turno para calmar algunos ánimos.
Fuimos llamados antes a la casa de la guardia e hubimos de escribir e firmar muchos papeles, mas en todos ellos se hacía referencia a «accidente por intento de allanamiento de morada temerario».
Dije a Cayetano no pasase más un día esa parte de la verja sin ser reforzada e diese aviso también al arquitecto de construir un suelo irregular sobre el bordillo, de forma que no pudiese caminarse sobre él. También se sembrarían, ya en su momento, zarzas crecidas mezcladas con las tullas que formaban la pared que al precipicio da. No quería a nadie entrando ni saliendo por tal sitio.
Aún seguían mis niños (ahora tres), Su Ilustrísima (en blanco y negro) y Marcos (con su manta) sentados juntos en el asiento grande (que llaman sofá) e tomaban algo caliente: un buen vaso de leche los niños e unas copas de licor los mayores.
Acercándome a Marinín, le dije:
“Decidme exactamente qué os asusta; todo. Tal como lo sentís”.
“No temo por la vida desos asesinos – dijo a media voz -, ni por la mía propia, sino por la de los demás e por la vuestra, que nada quiero os pase”.
“Pasado el susto – le dije – he de haceros a todos, e a plena luz del día, una demostración de lo que puedo hacer con mi espada. Luego deso, me decís si seguís temiendo por mi vida”.
E tomándole el rostro entre mis manos, sequé sus lágrimas e repartí besos entre todos.
En Grazalema y a diez de septiembre del año de dos mil e seis.


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