ubimos de encender las luces por la mañana, pues del obscuro que se hacía con las nubes de lluvia, casi no se veía. Tampoco era agradable sentarse en la parte cubierta del jardín e los pequeños no querían baño. Me pareció día de invierno de los que viví hacía muchos años en el mesmo pueblo, que hasta tres meses hube de estar en casa por no cesar la lluvia ni día ni noche; e no caían chubascos sino lluvia fuerte e con centellas.Les decía yo esto a los niños sentados en el salón e miraba Marinín por la ventana descorriendo un poco los visillos, e así, preguntó:
“Papá, si tanto llovía y en tanto tiempo ¿no se anegaba el pueblo?”.
“Mirad lo que os digo, que está Grazalema en tal pendiente de la montaña, que el agua que cae por arriba y la que cae sobre el pueblo, corre como río por las calles e salta luego al vacío en el Tajo. Hace algún tiempo ya, era tanta la lluvia, que por encima de la tierra el agua ya no podía correr, pues no había lugar, e corría por debajo del suelo. E a estos ríos que no vemos les llaman «caños». Y cuando la lluvia ya era mucha, rompían los caños por las paredes del Tajo e saltaban enormes chorros de agua hasta el otro lado de la carretera; e levantaban los suelos”.
Y en oyendo Fermín esto, dijo:
“Eso que decís contaba mi abuela e lo refiere mi madre, aunque ella nunca lo ha visto. ¿Pasará alguna otra vez?”.
“Acaso ya nunca pase – les narré -, que el hombre ha tocado la naturaleza e ahora es diferente. Siempre hemos tomado el agua de las fuentes; mi padre hizo canales para llevarla a la casa. Se construyeron molinos que, con las corrientes del río, hacían girar enormes piedras pesadas que molían el grano e la aceituna para obtener harina e aceite en las batanas. Cuando el Guadalete se acercaba a Zahara, podían verse unas salinas, pues tomando el agua del río la hacían pasar a unos embalses e luego los cerraban. El sol e la tierra secaban el agua e allí quedaba la sal; e todo esto quedó bajo las aguas de la laguna moderna. Ahora no se usa lo que la naturaleza nos da, se transforma la naturaleza para que nos dé más. No, no; quizá ya nunca veamos romper los caños”.
Y en esto, sonó un fuerte trueno, que óyense éstos aquí como en ningún otro sitio, pues el eco de la sierra lo hace sonar más fuerte e más luengo. E vínose Marinín a mi lado aterrado e le dije:
“No siempre se ve, mas si hoy y mañana llueve sin cesar, nos asomaremos a la calle por ver cómo bajan las aguas. E de los rayos no temáis, que son tan altas las sierras e tantos árboles hay en ellas, que es dificultoso alguno caiga en una casa”.
E diego Jesús, en su inocencia, preguntó:
¿Y qué cosa tienen las piedras e los árboles para llevarse los rayos lejos de las casas?”.
“En los sitios más altos caen los rayos, así que si por el campo andáis e llueve, no debéis guarneceros bajo un árbol, que está más alto. Estas rocas están mucho más altas que las casas, pero además tienen árboles. Los árboles, e los rebaños e las personas, atraen a los rayos. Cualquiera hombre de campo sabe dónde debe ponerse si no quiere morir quemado por uno destos. Aquí también la naturaleza es sabia, pues cayendo un rayo e quemando un árbol, el agua de la lluvia apaga el fuego; malo es si caen truenos y centellas e no cae una gota”.
“Así en casa estamos a salvo – dijo Fermín -, que mi mamá siempre dice entre en casa cuando llueve mucho”.
“Los adelantos de hoy – quise concluir - no son todos malos. Hame referido tío Marcos, que en menos de una hora han caído en toda España más de 70.000 rayos. ¡Ahora no sé si éste adelanto es útil o es curioso, vive Dios!”.
En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.


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