30 septiembre, 2006

De la tarde agitada del sábado agitado

or terminar aquella tarde entre los mayores, dije a los niños al terminar el almuerzo deberían hacer sus labores en una hora e tendrían la tarde libre para sus juegos. Con mi licencia, levantáronse todos de la mesa e subieron al dormitorio, que ya tenía yo pensado prepararles una estancia aparte para sus juguetes e sus máquinas.

E restamos los mayores ya sin los pequeños (dícese aquí «viejos» e «nuevos») e hubimos una larga plática. Luego desto e de tomar café, propuse a Marcos hacer una visita a la iglesia de San José por mostrarle algunas curiosidades, y en oyendo don Juan algo sobre «ir a la iglesia», dijo:

“No quisiera yo poner el oído donde no debo, mas paréceme haber escuchado algo sobre una visita a una iglesia”.

“Así es, Ilustrísima – le dijo Marcos – e, si ello os complace, podéis acompañarnos; mas habréis de saber que subimos hasta la iglesia de arriba, la de San José, e mucho hay que halar del cuerpo para llegar”.

“El esfuerzo haré – contestó – que ya he subido algunas veces por decir la misa de tarde allí arriba, aunque hoy, con un poco de exceso en el yantar, quizá me sea más dificultoso”.

Así, salimos juntos el tercio cuesta arriba e muy de espacio porque don Juan no se fatigara, mas llegando a una calle que se inclina tanto que las bestias no suben, vimos quedaba atrás agarrado a un cierro. Seguimos un poco más e paramos por esperarle.

“Seguid, seguid, hijos – dijo entre ahogos –, que ya yo os daré alcance”.

E volviéndonos hacia arriba dimos algunos pasos más, pero pasó entonces una mujer madura y enlutada hacia abajo e nos dio el saludo (cosa que en la ciudad huelga) y llegando luego a donde estaba don Juan, le dijo al pasar:

“¡Ay, padre!, que se notan los años e los kilos de más e «p’abajo las piedras ruean pero p’arriba, ¿quién las menéa»?”.

Echóse a reír don Juan con la gracia de aquella mujer, mas Marcos no entendió lo dicho e así le manifesté al ver su cara de asombro:

“Dejemos pasar unas semanas e aprenderéis cómo se habla aquí e lo que significan ciertas cosas”.

“Así será – espetó – mas hame parecido hablaba en árabe”.

En Grazalema e a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

Del yantar e la salud

rujo Dolores por sorpresa una bolsa con algo dentro, e hablando con María, supe era lomo en manteca, e así dijo María serviría unas piezas para ser catadas. Enterándose desto Su Ilustrísima, espetó:

“No quisiera repetirlo más, pero el corazón me empuja, que en esta casa me lleváis a la gula e tendré que considerarla diabólica o tentadora. No hay lomo en manteca como este que una vez pude catar en este pueblo, e siendo de la casa de doña Dolores, dolores creo tendré en la tripa tras el almuerzo. Tráigase con presteza que ha de ser bendecido”.

E sabiendo Marcos las aficiones al buen yantar de don Juan, le dijo:

“Un tanto obeso se os ve, aunque no enfermizo. Tomaría yo toda esta pringue con mesura aunque antes la bendigáis”.

“Sin duda – respondióle don Juan -; un tanto obeso me veo mas no me fatigo e han mejorado mucho mis dolamas con los remedios del capitán. ¿Acaso unos cuantos tacos de lomo deste me harán engrosar o volverán aquellos dolores que en las piernas tenía?”.

“Ninguna de las dos cosas, Ilustrísima – le dije –, que vuestras dolamas no eran del mucho yantar, sino de los muchos años. Mas procuraría yo andar todos los días dando paseos por Ronda, que es bella de ver, la gente os quiere, el aire es fresco e reduciréis esa barriga”.

Reían los niños al ver la panza de Su Ilustrísima e cómo tragaba, e con esto dijo Marino:

“Sabed, tío Juan, que dícese en mi tierra que «muera Marta, muera harta» y el ser obispo ni os librará de la muerte ni os prohíbe el yantar”.

E dijo Fermín que ese refrán también se dice por aquí, mas lo de «harta» suena a «jarta» e que le gustaría tío Juan viviese más años aunque menos comiese. E a esto volvió a intervenir Su Ilustrísima:

“¡Niño, niño! Que no sé si preferiría vivir más años si hubiera de hacerlo con ayunos”.

En Grazalema e a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

Del brote de los milagrosos rosales de Mañara

irando al jardín estábamos, que con tanta herida no habría baño en este descanso, cuando se acercó Diego Jesús al flanco donde plantase don Juan los esquejes de los rosales de Mañara, e llegando a ellos dijo en voz alta:

“Paréceme estos palos están echando bellotas”.

E salió don Juan a priesa a verlos levantándose la sotana por no caer e, al llegar al lugar, exclamó:

¡Oh, Dios Santo y Bendito!, que pensaba eran milagrosos estos rosales pero no hasta este punto, ¡que han comenzado a brotar!”.

E todos fuimos al lugar por ver aquello. En los palos de los esquejes veíanse brotes verdosos pareciendo así iban a salir hojas e flores.

“Os lo dije, Ilustrísima – comenté -; son los rosales del venerable. Cuando estuvo en Ronda sembró varios plantones en los arriates de la casa e siguen creciendo tres siglos después. Desas mesmas ramas se llevó luego a Sevilla hasta ocho al morir su esposa e los plantó en sendas macetas de cerámica en su palacio de la Calle Levíes y en el año de 1670. Dejando luego su fortuna e sus posesiones a la familia, mudóse al Hospital por vivir retirado e morando en una muy humilde celda en la parte alta. Allí se sabe puso hasta seis macetas florecidas. En 1802, se bajaron las macetas a un patio donde se puso su busto; e tres siglos después siguen floreciendo. Siempre he pensado esas rosas llegaron a Sevilla desde Ronda”.

“¡Dios Bendito!, que después de su vida entregada a los pobres, menesterosos e ajusticiados aún no se le ha subido a los altares. La Iglesia es muy estricta en eso, que no hay milagros demostrados deste hombre, mas esto paréceme prueba de su mano guiada por el Santísimo”.

“Así ha de ser – espetó Marcos –, mas aún no nos ha guiado el capitán a ver esos rosales milagrosos del Hospital”.

“En la casa de Ronda los habéis visto – respondíle -, mas también veréis los sembrados por él mesmo en las macetas que se hallan en el Hospital y, si esto no sabíais, en mi patio hay una maceta dellos”.

E oyóse desde la casa la campanilla que nos llamaba al almuerzo.

“Una misa he de hacer aquí en honor deste hombre venerable que ya debería ser santo – murmuró Su Ilustrísima -.”.

E Antonio murmuró a Fermín tras de mí:

“¡Pues no sé qué veis de milagroso en que brote un rosal!”.

“Esos palos de ahí – le contestó Fermín - deberían haber sido sembrados en febrero para que brotasen e no hace unas semanas. Y cada palo tiene trescientos años”.

“¡Joder! ¡Hijo de p…!".

En Grazalema y a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

De la visita a doña Dolores con los accidentados

pareció poco después Antonio con su nueva ropa e la cara lavada e recién «peinao», e abrazando a su padre, le dijo:

“Mirad, que son bonitas. No habed cuidado, que han de durar. Las usaré para estar con mis amigos e acompañarles a misa con Su Ilustrísima los domingos, si vos me dais licencia”.

“Licencia tenéis, que ya sois mayorcito – replicó el padre – e cuidad de vuestros amigos e aprended dellos, que bien paréceme son educados, obedientes e cultos”.

“La hora ha llegado de hacer visita a doña Dolores – dije al punto – que debe estar esperando a su hijo con ansias”.

“Conozco a doña Dolores desde pequeño – dijo el padre de Antonio – y es mujer trabajadora, de mucha devoción e de carácter muy agradable. No queriendo ser molestia para vuesas mercedes, he de retirarme a casa e dejaros seguir vuestro trazado”.

“Molestia no sois – aclaré –, mas vos sabréis lo que habéis por hacer, que allí estaremos una pieza”.

“A verla iré en otro momento – contestó – que así como ella consume mis frutos yo le compro a ella chacina”.

“Sea pues – gritó Marcos –, subamos a lo alto del pueblo ya o hemos de yantar más tarde de lo preciso”.

Subimos por aquellas calles empinadas dejando a don Juan en casa, que para el descanso e ver a los niños viene e no para andar subiendo cuestas; e así llegamos a la casa, el mismo pequeño llamó a la puerta danto unos toques que su madre ya conocía; e salió la madre al punto e, al ver a su hijo con esas ropas y esa sonrisa, no pudo contener su emoción, hasta el punto que no dióse cuenta de los rasguños que había:

“¡Mi niño! – dijo - ¡Cuánto os he echado de menos, que me parecía a la casa le faltaba tanto como a mí! ¡Dios Santo!, que no parecéis grazalemeño, sino niño de ciudad”.

“Puedo prometeos, señora – le dije –, que el niño es una bendición e muy listo e que aprende tan rápido como los demás; no debéis pensar que ser de Grazalema le hace inferior, que grazalemeño soy yo también”.

“¡Capitán; don Marcos; Antonio, hijo! – dijo entonces - ¡Cuánto me alegra veros! ¡No sabéis lo que me gusta ver así a mi hijo!, mas… ¿qué hales pasado que como heridos los veo?”.

E habló Marinín antes que nadie diera explicaciones:

“Jo, señora, que a veces uno piensa que jugando no pasa nada hasta que viene uno con otros a caer al suelo”.

“No tengáis cuidado – le dije – que ya han sido curados e yo mesmo he de estar pendiente de cómo van esos rasguños”.

“Así lo creo – respondió –, mas la herida de Marinín paréceme más importante.”.

“No temáis, doña Dolores – dijo Marcos – que todos cuando pequeños nos hemos dado golpes como estos o peores”.

“Sí, que así es – asintió –, e peores son estos golpes cuando se juega en el campo. No puedo apartar mi vista de la cara destos tres pequeños. ¿Cómo os apañáis para mantenerlos siempre tan ordenados, que han de ser de no parar?”.

“Un poco traviesos son, en efeto – le dije sin dar importancia -, mas no he tenido que hacer esfuerzo alguno porque en casa se obedezca, e, según se me dice de la escuela, son niños ejemplares. No puedo quejarme entonces dellos. Aquí tenéis un retrato de los tres con Marcos que os sirva de recuerdo; muy perfecto no está, que hice yo el disparo (se oyeron risas). Preparaos entonces que almorzaréis en casa con todos nosotros”.

“Perdóneme, capitán – dijo azorada –, pues algo he de arreglarme; bajen vuesas mercedes e yo iré pasados unos minutos”.

E todos comenzamos a bajar las calles e se la oía decir: “¡Ay, Dios mío, que mi hijo será hombre importante! ¡E mirad qué guapo se le ve!”.

En Grazalema y a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

De los frutos que nos ofreció don Antonio

entados ya los adultos en derredor de Su Ilustrísima e oyendo sus razones, fuése corriendo (cuesta arriba como es uso en este pueblo) a cambiar su atuendo. E preguntó don Juan al padre de Antonio:

“¿A qué cosa os dedicáis?, que vuestro oficio no sabemos e sí el de vuestro ejemplar hijo”.

“Una pequeña huerta tengo – dijo - e algún bicho que cuidar e que nos dé huevos e carne; e un puesto en el mercado, que buena fruta e legumbre poseo”.

“No quiero seros de estorbo – manifesté al punto – mas bien me gustaría trajerais vos esas mercancías vuestras que comprarlas a otro. Preguntad agora a María, nuestra cocinera, e acordad con ella lo que haya menester. E así, traed vos los alimentos que podamos consumir”.

“Al punto lo haré – comentó con entusiasmo – e yo mesmo os serviré a casa lo que necesitéis de lo que vendo”.

“No corramos tanto – le dije con un punto de humor -, que hay mucho día por delante e muchos días más en todo el año. Traed lo que penséis puede agradarnos e cobrad el precio del mercado; e un poco más por el servicio a domicilio”.

“Abusar no quiero deste servicio a domicilio – espetó don Juan – mas llevaríame yo para Ronda algunas legumbres e verduras e frutas… e si aún tenéis alguna «hinchona» que llevarse a la boca…”.

“Hinchonas me quedan, monseñor – dijo don Antonio –, e muy buenas; mas esas os las llevaréis como regalo que quiero haceros”.

“¡Dios Santo! – exclamó Su Ilustrísima –, que en mi vida he recebido tal regalo e tan apetitoso”.

“Os acompañaría – le dije al punto –, si ello no os es molestia, a vuestra propia huerta por ver lo que allí habéis e ayudaros a traer esos frutos”.

“No he de permitir – dijo con agrado don Antonio – que un capitán cargue con algo que no sea su espada (miró hacia la empuñadura), que tengo una bestia e ahí será puesta la carga. Si la huerta queréis ver e observar cómo tomo los frutos de la tierra en ese instante, mi pequeño terreno habéis a vuestra disposición”.

“Así sea – concluí –, mas permitidme que yo mesmo coja algún fruto, lo guarde, e lo coma sabiendo lo he tomado yo mesmo de la naturaleza”.

“¡Quién diría que a estas alturas del siglo XXI aún pueden hacerse cosas tales! - espetó don Juan -. Si por mis dolamas no fuese, yo mesmo tomaba un azadón e me traía algún fruto fresco de la tierra”.

En Grazalema y a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

De la llegada de Su Ilustrísima e de Antonio

aró el coche de Su Ilustrísima en la puerta de la casa e salieron los tres diablillos corriendo a recebillo, e viéndolos él de aquella guisa, miróme primero, extrañóse e recibiliólos con los brazos abiertos:

“Hijos de Dios e hijos míos – dijo mirando al cielo - ¡Qué alegría de veros otra vez e qué disgusto de veros maltrechos! ¿Os habéis cruzado con el diablo? Benditos seáis, que no conozco a otros como a vosotros. Capitán, don Marcos e compaña, no saben vuesas mercedes lo larga que háseme hecho la semana. Mas aquí aparezco”.

“Pasad Ilustrísima – dijo Marcos mientras el servicio entraba el equipaje – que como sé madrugáis por vuestras obligaciones, ya habéis en la mesa bocado e copa que saborear”.

“Relajado vengo del viaje – respondió –, que en siendo corto (aunque retorcido), me permite venir sentado e observando lo natural. Falta pues dar gusto también a la tripa, que ya os digo que acabaréis haciéndome pecar de gula”.

“Antonio está al llegar – dijo Marcos entonces -; le esperamos con sus nuevas ropas para ir a ver a doña Dolores e que ésta disfrute de su hijo”.

“Bien me parece se hagan las cosas así – espetó don Juan -, que ¡no sabéis en cuántas casas ignoran la disciplina!”.

E todos nos miramos con disimulo.

Así, e pasada una pieza, volvieron a llamar a la puerta e abrió Cayetano. Mas esta vez venía Antonio acompañado de su padre e quedaron fuera de la casa.

“Pasad, por ventura – les dije –, que es esta también vuestra casa, e bien me parece que acompañáis al chico por algún motivo”.

“Así es - dijo don Antonio e padre de Antonio – que motivo hay de venir e no es otro que conoceros, que háblame mucho de vuesas mercedes e de sus amigos mi hijo”.

“Pasad pues – le insistí – que también he de presentaros a Su Ilustrísima don Juan de Lobo, que es obispo emérito de Ronda e tío mío. Sentaos e tomad algo, que ya se agradece”.

“Quisiera – dijo en baja voz – comentar con vos alguna cosa”.

“Sea pues – le dije – que a nadie niego unas pláticas. Pasemos a mi bufete”.

Y entrando en la estancia, me dijo dudaba de la procedencia de la nueva ropa que había llevado Antonio a casa e así le dije:

“Bien me parece que dentro de vuestras normas de disciplina exijáis al niño os entregue su sueldo íntegro, que a esas edades mucho malgastan. Tal vez he sido yo el que ha cometido el error, que viéndole empapado de la lluvia e no teniendo cosa que ponerle, ordené se le comprase esa ropa”.

“¿Tres prendas de cada para que no estuviese mojado? – preguntó asustado –. De casa alguna sé de gente que ande cambiándose de ropa todo el día”.

“No es aqueso – dije entonces –, sino que dióme lástima sintiérase inferior por su ropa junto a mis niños e quise hacerle ese regalo. Si oportuno lo creéis, dejadlo aquí. Vos sois su padre e vos sabéis cuál es su disciplina”.

“Vive Dios – dijo al punto –, que no he querido molestar con insinuaciones o cualquiera otra cosa. Si es vuestra voluntad, capitán, que mi hijo lleve esas ropas, nunca he de prohibírselo, que nuestro pecunio no llega para comprar tales prendas”.

“Pedidle entonces – le dije con agrado – suba a casa e se ponga la ropa para pasar el tiempo con sus amigos”.

“Así he de hacerlo, capitán – concluyó -; e no sabéis bien el favor que nos hacéis con esto, que no tiene mi hijo prendas ricas para asistir a la misa”.

En Grazalema e a treinta de septiembre del año de dos mil e seis.

29 septiembre, 2006

De la madrugada de insomnio

o podía conciliar el sueño e noté la respiración de Marcos suave e cálida, así, levantéme de la cama e no encendí luz alguna, sino que salí muy quedo de la estancia e bajé al salón. La casa está ya casi remozada e la temperatura era agradable. Pasé de espacio a la cocina e encontré allí a María con Cayetano (que es su esposo) e así les dije:

“¿Aún a estas horas andáis entre cacerolas? Queja alguna puedo comunicaros del servicio en general, mas sí me gustaría saber si hay queja del servicio e cómo pudiera remediarse”.

“Quejas no hay, capitán – dijo Cayetano – que, según he oído de otros criados, hay grande diferencia en el trato que nos dais y en el que ellos reciben. Sabed que la gente que en esta casa trabaja para vos se siente como de la familia, bien pagada e con lugar lujoso para los aposentos”.

“Quiero deciros – manifesté – que aún sabiendo el servicio está a gusto, por haber agora más visitas e más tráfego en esta casa, desde mañana he de subiros la soldada, que me gustaría mantuvierais esta casa como palacio. La tendréis toda la semana para vosotros como si vuestra fuese; sólo los días que vengamos deberéis comportaros todos como criados. E gracias a vos, María, que sé que no habiendo hijos, tomáis al mío como vuestro; e tal cosa me place, que un niño necesita el cariño de una mujer y mi pequeño no lo tiene”.

Dejélos entonces a solas, pues sus cosas hablaban e subí las escaleras a obscuras viendo luz por debajo de la puerta del dormitorio de los niños. Con esto, acerquéme a oír alguna cosa e les oí hablar. Golpeando antes con prudencia en la puerta, abrí por ver si alguna cosa les sucedía. Marinín quejábase de dolores por el cuerpo e sus amigos le decían cosejos. Así, le pregunté:

“¿Habéis tomado esa pasta blanca e verde que llámase Nolotil? Esa es la que quita los dolores, según se me ha dicho”.

“Sí, papá, la he tomado – me dijo –. María me ha preparado leche con miel para tragarla, mas siguen los dolores”.

“Veamos – le dije –. Quiero ver esa espalda donde os dieron el golpe, ¿me la enseñáis?”.

E volviéndose con cuidado, levantó su camisa de dormir e pude ver estaba la herida tapada con finas gasas. Quitélas con sumo cuidado e, viendo la color que había la herida, le dije:

“Esperadme, que os traigo algo que os aliviará e dormiréis sin dolores”.

Los otros niños me miraban quedos e miraban la herida de mi pequeño. Al dormitorio volví e tomé mi bolsa con los remedios. Arranqué la capa de debajo de algunas hojas de […] e se las puse frescas sobre la herida:

“Dentro de muy poco os sentiréis mejor. Si no es así, me lo decís mañana, que hoy ya no puedo hacer otra cosa. Dormid todos agora, que mañana hemos de disfrutar el día”.

“Papá – me llamó Marinín cuando salía - ¿He hecho bien en defenderme?”.

“No querría tener a un hijo tan lelo que dejárase hacer daño sin poner pie. Veo tengo un hijo que se comporta como debe ser. Dormid”.

E volví al dormitorio a sentir la cálida respiración de Marcos.

En Grazalema y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

De la historia de la lid según Marcos

a retirados al descanso e leyendo un poco antes de dormir, manifestó Marcos lo siguiente:

“Es Fermín niño de palabra más suelta; menos se reserva. E hame dicho que Marinín evitó por los medios que le fueron posibles los ataques verbales y empujones deste tal Raúl e intentó incluso hablar con él por evitar «llegar a las manos», mas siendo el tal «un gallito» siguió empujándole e diciéndole cosas; incluso de vos habló queriendo dejarle en ridículo ante sus compañeros e insultándole, mas siguió Marinín sus juegos hasta que vio se acercaba el otro amenazante con una vara gruesa de palo. Todos los niños corrieron porque nada pasase, mas vuestro hijo púsose frente a él por platicar; e aprovechando un descuido, dióle fuerte en la espalda como si de una pica se tratase. Así, vuestro hijo hizo advertencia a Raúl, mas éste siguió amenazante. E lo que más hame asustado es que Marinín, en movimiento rapidísimo, desarmó al contrincante e dióle palos de tal forma, que hubieron de intervenir los mayores”.

“Haciendo tal cosa me veo – le dije –, con su padre; que vendrá agora enojado de ver a su hijo herido. Mas no sabe que más herido me siento yo que ambos niños. E no me importa sea coronel o general, que en el ejército también debe uno a veces salvar su honor”.

“Siento, amigo Marino – dijo entonces – que este entuerto no se deshace sino expulsando a esa criatura diabólica de la escuela, mas en eso tiene la palabra don Julio”.

“Esperemos pues su respuesta – concluí –. He de curar mañana las heridas con jabón natural y estas hierbas. Habrá que asear a los niños sin ponerlos en el baño. Ya luego lavaré la herida de la espalda de Marinín e pondré mis remedios. El lunes, pondré remedio a los otros asuntos si don Julio no los pone”.

En Grazalema y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

De un viaje de saltamontes a Grazalema

ije a Marcos parase a un lado de la carretera e me adentré en un pequeño bosque muy frondoso. A poco estábamos ya de Algodonales e habríamos de seguir hacia Grazalema por disfrutar el resto de la tarde e la noche. Tomé aquellas plantas que me iban a ser de utilidad e las puse en mi bolsa y, en ello estaba, cuando vi moverse a un pequeño saltamontes. Hacia él me fui de espacio y quedo e lo tomé con cuidado. Al entrar en el coche, dije:

“Ya parecíame que a alguno de vosotros iba yo a encontrar entre tanto follaje”.

E abriendo la mano, les enseñé lo encontrado e hubo gran fiesta e alboroto. Tomólo Fermín con cuidado en su mano e dijo:

“Paréceme saber qué nombre le vamos a poner, capitán”.

“¡Eh, tú! – le dijo Diego Jesús –; una lagartija he de buscar y bautizarla con otro nombre que yo sé.

“Erráis, Diego – contestóle Fermín –, que el nombre que tengo en mente es Raúl”.

E hubo grandes risas e hicieron planes para hacerle una casita a Raúl e así nos fuimos acercando a Grazalema y, en llegando a la casa, vino Cayetano y parte del servicio a ver a los niños e preguntaron lo ocurrido al ver las heridas, mas nadie dio explicación de lo sucedido, sino que se dijo se habían caído jugando. Así, saqué yo de mi bolsa algunas hojas verdes e mostrélas en diciendo:

“Yo mesmo he de curarlos, que estos médicos de agora o te pinchan o te hacen tragar amargas pastas e nada curan”.

E acercándose María a Marinín, lo abrazó e besó e le tomó la cara mirándole a los ojos y diciendo:

“Aún con esa costura en la frente, eres digno de ser admirado”.

En Grazalema y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

De la gallardía e valentía que demostró Marinín

l llegar el coche al apeadero de casa, bajaron los niños muy serios e cabizbajos e, yéndome hacia ellos, vi tenía Marinín cosida la frente e alguna herida pequeña traían Diego Jesús e Fermín. Los abracé con cariño e dejé hablasen. Así, me dijo Marinín:

“Papá, no ha pasado nada; esto sanará. Un golpe me he dado”.

E fue entonces, viendo también a los otros heridos, cuando dije:

“¿Y os dedicáis agora todos a daros golpes por placer? Contadme; e quiero seáis sinceros que deste asunto ya algo sé. Id agora a cambiaros sin mojar las heridas e os espero en el comedor. A la orden”.

Tras ellos iba hacia el gabinete cuando apareció Marcos, que al verlos así mudó la color:

“¿Qué cosa ha pasado? ¿Creéis las diferencias de pensamiento así se arreglan?”.

“Dejadlos agora – le dije – que van a cambiarse y ellos mesmos nos han de narrar lo ocurrido”.

E ya en el comedor, se adelantó Fermín e comenzó a hablar con rapidez:

“Capitán, ese Raúl es mal bicho e comenzó a insultar a Marinín e luego a vos, e Marinín quiso con palabras se retirase; mas asió el otro una vara gruesa e todos los que estábamos allí quisimos ponernos en medio e con la vara le dio en las espaldas un fuerte palo; e Marinín volvióse hacia él para hablar e a todos nos golpeó; e viendo nos iba a hacer daño, con movimiento rápido quitó Marinín la vara a Raúl e dióle varios golpes. Con esto, vino don Julio e los separó. Marinín fue curado e paréceme Raúl está maltrecho e castigado por hacer tales cosas”.

“¿Muy maltrecho – pregunté –, o sólo un poco?”.

No hubo respuesta y hablé yo:

“A don Julio iré a ver el lunes, que no me parecen importantes vuestras heridas, mas quiero saber las que tiene Raúl e qué es lo que pretende, que si va a seguir desta guisa también me veré cara a cara con su padre, que no debería haber coronel que no sepa educar a un hijo en la disciplina”.

“Dice don Julio – espetó Diego Jesús – que acabará ese niño en otra escuela”.

“¿E qué dice Marinín? – pregunté –. Muy quedo le veo”.

“No me gusta herir a nadie – dijo mirándome con tristes ojos – si a mí no viene a herirme de palabra e con arma. Perdón he de pediros por lo hecho, mas hecho está por defenderme e por defenderos. Si veis necesito castigo, ponedlo”.

“¿Castigo? – le dije alzando la voz –. Unos buenos azotes le daba yo mesmo a ese desobediente”.

“Ya los ha recebido – dijo Fermín mirando a Marinín -“.

De la agresión que sufrió Marinín

as doce serían del medio día, cuando me dieron aviso al móvil:

“¿Capitán? – dijo una voz que me era conoscida – Esta llamada es para hacerle una pequeña advertencia. Soy don Julio, de la escuela, por si no habéis conoscido mi voz”.

“Conoscida me era, mas no pensaba recebir llamada vuestra a estas horas – le dije preocupado -. ¿Acaso hay algún problema con los pequeños?”.

“No con su pequeño – contestó – que bien sabe lo que ha de hacer e lo cumple; mas hay en esta escuela un crío hijo de coronel del ejército que cree puede dominar a los demás e hanse enfrentado. Así, he llamado a este niño, de nombre Raúl, a mi despacho e veo es orgulloso hasta tal extremo, que incluso hame dado órdenes a mí. He hablado con su padre en urgencia (que no quería atenderme) e le he dicho me visite antes de que acabe el día, pues en esta escuela nadie da órdenes sino Dios Nuestro Señor y en la suya debería darlas él”.

“¿Hay daño del tal niño producido por el mío? – le pregunté con preocupación –. Marinín es niño harto tolerante e de mucho aguante, mas tiene un límite”.

“He aquí donde viene la advertencia – dijo –, que en la pelea que hubieron, Raúl golpeó a Marino e lleva herida en la frente: mas no preocupaos que también está advertido el padre de Raúl de que el niño será expulsado de la escuela durante dos semanas. E no quería yo os asustaseis al ver al vuestro. Por ventura, todo ha pasado”.

“Repito – le dije con paciencia –, si no es mucho estorbo, que si hay daño hecho al otro niño por el mío”.

Hubo una pieza de silencio e dijo luego:

“Capitán, (e mejor lo sabréis vos que yo) no vamos a medir agora la importancia de las heridas, sino quién incita al otro. Varios niños más han intervenido e todos tienen rasguños. Conozco ya bien a Marino e sé no quería entrar en lides, mas hubo de entrar. Si lo pensáis oportuno o lo creéis necesario, podríais venir a platicar conmigo, mas no veo yo tal asunto como batalla de Lepanto”.

“Gracias – terminé la plática – por avisarme desto, padre Julio, e advertid al padre del otro niño que si vuelve a tocarle un pelo al mío mediremos nosotros nuestras fuerzas”.

“No, vive Dios, Capit…”.

En Sevilla y a veinte y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

28 septiembre, 2006

Del primer recorrido por la casa (2/2)

iguiendo la galería de la entrada, dejamos a la derecha el paso al gabinete e a la izquierda el patio e fuimos luego al dormitorio de los niños, que casi al final de la galería queda.

“Esta estancia bien conocéis – les dije – que es la vuestra agora e una de las más grandes de la casa. Se puso en ella cuarto para el baño, mas no quise poner vestidor, sino dejarla de forma que puedan caber en ella hasta cuatro camas e cuatro armarios e la pequeña salita que hay a la entrada… Sí, esa donde hacéis vuestras tareas e vuestros juegos. Al frente, en esa pequeña puerta que se abre a una sala extraña, veremos lo que se llama trastero, que es habitación pequeña e deforme e abovedada por quedar justo bajo las escaleras. Es el lugar más seguro de la casa en sismos e guerras, pues no se hunde su techo”.

Abrí la puerta e asomaron sus cabezas por ver lo que allí había; muchos utensilios en desuso mas en perfecto estado.

“Esta preciosa caja que aquí conserváis – dijo Marinín - ¿qué cosa contiene?, que sólo de verla por fuera se ve hay alguna presea en su interior”.

E acercándome a ella, tomé la llave que encima se hallaba e abrí las puertas; y el asombro de los niños fue tal, que se acercaron e pegaron allí sus narices, pues en su interior se hallaban soldados de plomo con los uniformes de todas las épocas, conquistadores, reyes a caballo e mucho más.

“Jo, papá – exclamó Marinín entonces - ¿e tenéis esto aquí escondido o guardado porque os es de estorbo? Pues en nuestra estancia pondría tal presea para verla cada noche”.

“Órdenes daré de que se limpie e se ordene e se os ponga en vuestra salita, que ni está aquí escondido ni guardado por no tener valor ni me es de estorbo”.

“¡Vaya – dijo Fermín –, que cosa como esta no sabía existiera!”.

“Sigamos el recorrido – les dije – que otro día veremos más cosas de las aquí guardadas”.

Tomando entonces la galería frontera, que hasta el antecocina llega, pasamos la escalera de mármol blanco que sube al principal e luego llegamos a la puerta de la estancia de Marcos e mía.

“Esta estancia – les dije – alguna vez la habréis visto. Es la segunda más grande de la planta baja de la casa. Así como tiene su baño, tiene su vestidor e su bufete. Pasad e la observáis; e como la visita será larga e otras tareas hemos de hacer, haremos descanso hasta mañana antes de irnos al pueblo”.

Y estallaron en fiestas e les dije que aún cosas más bonitas habrían de ver.

En Sevilla e a veinte e ocho de septiembre del año de dos mil e seis.

Del primer recorrido por la casa (1/2)

staba Marcos más ilusionado que los pequeños cuando dije comenzaba el recorrido por conocer toda la casa, e así les dije:

“Iremos a la cancela, que el zaguán poco tiene que ya no conozcáis, e iremos viendo de primero la planta baja, luego la alta e luego la del servicio e las azoteas”.

“¿E nos iréis diciendo todo lo que veamos? – preguntó Diego Jesús –; algunas cosas no sabremos qué son e tendremos que hacer preguntas”.

“Cuanta pregunta necesitéis hacer – les dije – podréis hacerla e será contestada”.

Ya en la cancela e mirando hacia el interior, hacia la galería que da al patio, dijo Marcos:

“Una breve historia de la casa podríais hacernos también, pues deste tipo de construcciones no se ven por Castilla”.

“Comenzaré entonces diciéndoos – apunté para empezar – que es ésta casa palacio (también llamado galpón) del siglo XVII, aunque no sé el año de su construcción, sino que la compré a familia que necesitaba cubrir ciertas cuentas e no fueron gravosos. Coincidió el año de la compra con el año en que cosnocí al venerable don Miguel en su palacio de la Calle Levíes, en 1670. Antes de habitarla, hube de hacerle algunas reformas, mas conservé su vista e desta guisa sigue, que la veis como palacio antigüo mas tiene todas las comodidades. Da la fachada principal a la Calle Estrella, que dicen llámase así por haber habido antes en esta calle una imagen de la Virgen deste nombre. Tiene en la planta baja cochera o apeadero, recibidor e gabinete que bien conocéis e da este gabinete al patio cerca desta cancela; ya lo conocéis. Siguiendo las costumbres de siempre, hay dormitorios en la planta baja, más fresca, para el verano y en la planta alta para el invierno; así lo conservo. Creo no equivocarme en el número, pues cuento hasta ocho dormitorios en la planta baja e diez y seis en la alta. Mas no todos son agora dormitorios como podremos ver. Volví a rehacerla en el año de 1856 e luego en el año de 1970, cuando ya puse las comodidades que toda casa tenía entonces. Poco a poco he ido poniendo otras comodidades más: maderas e ventanas nuevas, el «aire acondicionado» [que no sé qué es lo que acondiciona] para las temperaturas de Sevilla e otras muchas cosas. Comencemos entonces un viaje al pasado que llega hasta el presente”.

De cómo la gente comenta cosas por darse importancia

omía Marinín con grande apetito e, dejando el yantar, quedóse una corta pieza mirando al artesonado del techo e dijo así:

“Papi, Raúl dice que no es posible tener un padre como vos; dizque nadie vive tantos años, ni es capitán de capa y espada ni…”.

Interrumpí lo que decía e le manifesté con cariño:

“Hijo, ¿qué os importa a vos que Raúl crea o no lo que vivís cada día? Imagino es este chico un compañero de estudios, con padre e madre e casa rica e buena inteligencia, mas hacer creer lo que decís a alguien sin pruebas me parece dificultoso. Creedlo vos, que con eso basta. Cuanto menos digáis destas cosas que parecen cuentos, menos habréis de dar razones e menos os tomarán por loco. Seguid comiendo eso que rico está e se ve tenéis apetito”.

Mas habló también Diego Jesús e dio estas explicaciones:

“No ha dicho Marinín hubiese padre longevo ni que sea capitán ni estas cosas, sino que ya en la escuela se habla de tal, e paréceme que a este Raúl no le gustaría esto fuere cierto”.

“Alguien entonces – les dije – anda por ahí diciendo lo que no debería. Diría yo a todos eso es cuento, que hay muchos alumnos en la escuela e no es de razón que perdáis el tiempo aclarando lo que para vosotros está claro”.

E habló por fin Fermín:

“También a mí han venido diciéndome cosas, mas como no sé cómo explicarlas, he dicho nada sabía”.

“Bien habéis hecho – le razoné – que si hay alguien por ahí diciendo esas cosas, mejor sería ir diciendo que nada deso sabéis, así, el que quiere que todos piensen sabe más de la cuenta, acabará quedando por mentiroso. Estudiad vosotros para que seáis hombres importantes cuando crezcáis e dejad eso a un lado como si un cuento fuese. E agora comed lo que os apetezca, haced vuestras tareas tras un corto descanso e haremos con tío Marcos una visita a toda la casa”.

E dijo Marinín mirándome con picardía:

“Nada de lo que veamos habremos de contar, que no creerán luego lo que digamos”.

En Sevilla y a veinte y ocho de septiembre del año de dos mil e seis.

27 septiembre, 2006

De la próxima inspección a la casa

alía del baño e iba a ponerme una camisa por secar bien la espada, cuando entró Marcos por saber si me había hecho algún daño.

“Daño ninguno tengo – le dije – que más me preocupa esta hoja de acero que este codo contuso. He de secarla bien, que aún debe durar otros quinientos, según veo”.

“¿Sabéis he localizado ya el domicilio de don Rodrigo en Toledo? – me preguntó entonces -. Es una tarjeta con dibujo de espada e tiene unos números de teléfono”.

“Agradecido os estoy de haberos acordado de cosa tal – respondíle –. Le llamaremos por la mañana por ver si le place la idea de venir”.

“¡Así lo creo! – dijo Marcos –, mas ¿no iréis a enseñar a ese hombre las preseas que conserváis cuando ni yo ni los niños las hemos visto aún?”.

“Esta casa entera – le dije – es tan vuestra como mía. Perdonad no sea yo un buen anfitrión, que he olvidado que debería haberos mostrado eso que decís e otras cosas. La casa conoceréis desde la cancela hasta las azoteas. Yo mesmo he de enseñárosla. Los niños disfrutarán tanto como vuesa merced”.

“¿E tenéis muchas armas? - siguió preguntando –. Nada desto me habéis dicho, como nada me habéis dicho de otras cosas”.

“Todo se andará – dije - mas no agora que han de facer los niños sus tareas. Antes de que venga don Rodrigo, si ello le es posible, conoceréis todo eso y todo lo demás. Emplacemos la visita a la casa para mañana por la tarde, que más me parece de razón aprovechar desde el viernes para irnos al pueblo”.

E Marcos, imitando a Marinín en sus palabras e sus gestos, dijo:

“¡Jo, Marino, deseando estoy ya llegue la tarde de mañana!”.

En Sevilla e a veinte y siete de septiembre del año de dos mil e seis.

Del retrato accidentado en el patio

uiso Marcos le hiciera un retrato con los niños en el patio, pues me negué a salir en él (que esto también es posible). Mostróme entonces cómo debería hacer para que todos nos viéramos dentro del marco e, viendo yo que no cabían todos muy bien, di un paso atrás alejándome e supe cabían mejor. Por hacer que aún mejor cupiesen di otro paso atrás, mas sin advertir que pisaba el arriate de rebosadero de la fuente e fui a caer con uniforme y espada dentro de la pila. Vi a Marcos se asustaba por lo ocurrido, mas rieron los niños por verme dar un baño tan inesperado; e así me vi e así les vi, dije en levantándome:

“¡Vive Dios, que hace calor hoy en Sevilla!”.

Mas viendo luego la intención de los pequeños de meterse en las aguas mientras Marcos me ayudaba a ponerme en pie, les dije:

“¡Cuídense vuesas mercedes de acercarse a las aguas con esas ropas!, e mucho menos con esos uniformes, que no es de razón tener que comprar otros cuantos”.

“Papá – preguntó Marinín -. Si se os malogran la capa y el sombrero ¿quién os lo arreglará?”.

“No tened cuidado por eso – respondíle – que muchos siglos han aguantado e muchas veces han tenido que hacerme alguno nuevo, mas no tienen estas prendas el valor desas, que paréceme me han cobrado más por el escudito que lleváis en el pecho que por las telas e los calzados. Alejaos agora al lugar donde estabais e haremos el retrato”.

Mas veía yo que con las manos mojadas y el sombrero goteando no iba a verse muy bien el resultado; con esto, dejé mi capa, el sombrero e la espada en una silla e pulsé el botón me dijo Marcos.

“Secaré bien la blanca que no la quiero con orines – concluí gravemente retirándome al dormitorio -”.

En Sevilla y a veinte y siete de septiembre del año de dos mil e seis.

De los conocimientos e los títulos

reparado el almuerzo, pasamos al comedor. Comíamos agora un poco más tarde por esperar a que llegasen los niños. E habían ido éstos a dejar sus cosas e lavarse las manos, cuando le pregunté a Marcos:

“¿Os parece más de razón sanar a un niño moribundo aunque haya que discutir con los médicos o no entrar en su profesión e dejar al niño morir?”.

“¿Qué pregunta es esa, Marino? – me dijo con extraño - ¿Valen más el título y el orgullo del médico o la vida del niño? No me preocuparía por tales fideos”.

“Veréis – le comenté -. También cuando estuve en Madrid haciéndome las pruebas, me pidió don Fernando haber reunión con los mejores médicos de aquel hospital porque les mostrase alguna cosa de mis conocimientos. No me opuse; muy al contrario. Mas viendo que entre los médicos allí sentados (incluyendo a mi sobrino) ninguno tenía el don necesario para aprehender lo que se me enseñó, lo dije con claridad e con respeto. E aún así hubo disgustos. ¿Qué les pasa a estos doctores? ¿Se creen en posesión de la vida de los demás?”.

“Os lo repito, Marino – me dijo con rapidez oyendo venir a los niños -. Prefiero al niño vivo que al muerto de orgullo”.

E mientras los pequeños tomaban asiento en sus sitios e hablaban de sus novedades de hoy, le dije:

“Entre los médicos nuevos que vi luego, había uno de poca experiencia en medicina, mas con sólo mirar a sus ojos, supe había nacido con el don; así, notó le transmitía con la mente alguna cosa e le pedí mirase si en la sala había alguien con algún mal. E fuése directamente al único enfermo que allí había; se le hicieron las pruebas modernas e se descubrió lo que le aquejaba. También don Fernando molestóse por tal cosa. Pienso sería mejor no usar más mi don e dejarles a ellos usen sus conocimientos”.

“Dejemos las cosas como están – concluyó -, que si vais por ahí diciendo sois abogado sin serlo, yo mesmo me sentiría molesto, mas si me demostráis sois capaz de resolver un caso con más presteza e precisión que yo, os felicitaría por vuestra labor”.

“En verdad os digo que no sois como los demás”.

En Sevilla y a veinte y siete de septiembre del año de dos mil e seis.

De la conversación con don Francisco en casa

ería el medio día de hoy cuando recibí aviso por teléfono de don Francisco. Manifestóme alguna cosa sobre Fran, que iba ya incorporándose e tomando alimento e, sin mucho más comentario, con preocupación, díjome haber habido discusión con su amigo, el doctor don Sebastián, mas prefería hablar esto conmigo en persona. Propuse ir a su casa en pocos minutos e me aclaró no estaba allí, sino más cerca de casa e que si no era molestia, me visitaría él mesmo. Y en oyendo esto e sabiendo ya el tema a tratar, le ofrecí venir a mi domicilio.

Sentados en el gabinete, volvió a decir estaba agradecido por la salud de Fran e que su madre estaba casi siempre a su lado e lo miraba e le daba todo cuanto quería. Mas al hablar sobre su amigo el médico me dijo hubo de pedirle callase e no hablase más del tema, pues también le dijo que quién era yo para jugar con la vida de una persona, e viéndose don Francisco en una situación de compromiso le dijo que probar a sanar a un muerto era más difícil que intentar sanar a un enfermo. E así, aquel médico de orgullo comenzó a decir improperios e terminó don Francisco la discusión en diciéndole:

“E si sois médico ¿por qué no lo habéis curado vos?”.

“Mal me parece que haya que discutir por esto – le dije -, que yo no he entrado en su terreno, pues dábase ya al niño por muerto. Si agora se siente inferior, que aprenda a echar el orgullo a las aguas del río y a conocer la humildad. Mirad, don Francisco, que lo único que siento es agradecimiento por haber creído en mí e alegría por tener con nosotros a Fran”.

“Así siento yo mi agradecimiento – dijo –, que aún siendo éste médico e amigo, siempre pone la mano por cobrar su trabajo e vos no habéis pedido nada”.

“Nada he pedido – le dije –, eso es cierto, mas os pido agora me dejéis visitar a Fran hasta que bien se encuentre e llevar a mis niños e que jueguen con él”.

No hubo respuesta de aquel hombre, sino que levantándose e volviendo a agradecerme mi interés, despidióse e marchóse”.

En Sevilla y a veinte y siete de septiembre del año de dos mil e seis.

25 septiembre, 2006

De la casa de los pobres

ntré en el Hospital por acompañar a los acogidos y se acercaba ya la hora de la cena. Cerrándose las puertas a las nueve y media de la noche, nadie puede ya ni entrar ni salir de allí hasta llegada la mañana, así que ayudé a dar la cena a estos que no pueden ya valerse por sí solos. En esto estaba, cuando apareció el hermano mayor e me hizo algunas señas porque le acompañase. Así, fuimos a su bufete, cerró la puerta e me dijo sólo platicaríamos una corta pieza, pues uno de nuestros acogidos habíase caído e rompióse la cadera e tenía grandes dolores e dijo el médico estaba en edad muy avanzada para arreglar aquel hueso.

“¿Podríais hacer algo por él? – me preguntó –. Sé que aún estáis terminando esos asuntos que os han mantenido alejado de nosotros, mas si fuere posible hacer algo…”.

Así, y pensando en la falta de humildad del doctor amigo de don Francisco, le dije:

“No soy médico, señor. Si ellos dicen que el enfermo es mayor para curar esa rotura, no puedo sino deciros que ya ha comenzado este pobre a subir la escalera que le llevará al cielo. Vayamos pues a la capilla e oremos ambos porque su sufrimiento sea leve”.

E me miró el hermano con tristeza e me pidió hablase con él e le consolase una pieza, e obedeciendo aquellos sus deseos, le pedí me llevase a verle. Era un hombre de cuerpo muy castigado e veíasele la luz apagarse.

“Hermano – me dijo aquel hombre con un hilo de voz -, ¡cuánto me alegra poder ver vuestro sombrero e la pluma antes de irme! Pedid porque mis últimos momentos no sean muy dolorosos”.

Con esto, el médico de allí se acercó a mí e me dijo muy quedo:

“Impotente me veo, hermano. Algo quisiera hacer mas es imposible. Hase llevado al Hospital General e ha vuelto, pues también aquellos médicos piensan no tiene edad para curar ese hueso”.

“No soy médico – le dije – ni curandero, sino que conozco ciertos remedios para algunas cosas que vuesas mercedes creen enfermedades y no son sino males, mas sí sé que habéis remedios para calmar el dolor. Ponedle uno desos remedios porque no sufra en sus horas postreras e antes de que pase. Sé habéis cumplido vuestra misión”.

E cuando salimos de allí, a la capilla de San Jorge fuimos a pedir fuese su tránsito poco penoso, e orando, me preguntó el hermano mayor:

“¿Cómo sabéis que va a morir por esta rotura?”.

“Cuando entréis mañana en el Hospital leed el lema, que no dice sino «Domus Pauperum Scala Coeli». Este hombre ha vivido en la casa de los pobres mas ya ha dado el primer paso para subir la escalera. No penéis, porque esto es lo que vais a ver aquí mientras entréis por esa puerta”.

E antes de las nueve y media, volvía yo para casa.

En Sevilla y a veinte y cinco de septiembre del año de dos mil e seis.

De la visita a Fran y el enfado del doctor

aró el coche en la puerta de la casa y entramos todos con nuestras mejores galas y sonrisas por ver al sanado e hacer compaña a sus padres. Hubo grande fiesta e alegrías e subimos de espacio las escaleras y, acercándonos a la puerta, la empujó don Francisco porque se abriera y entraron los niños a ver al enfermo e allí les dejamos, que se preguntaban los nombres e jugaban e reían.

Con esto, bajamos los mayores al salón e ambos padres no sabían cambiar el gesto de su faz e ocultar su alegría, mas el médico, don Sebastián, me miraba con gesto grave e de desagrado.

Trujeron luego algo de beber e bocados que eran manjares e así, le dije a los padres con otra segunda intención:

“No preguntad si soy curandero, que serlo no lo soy; ni milagrero, que para eso están los curas e no todos los hacen. Si el niño hase curado aceptarlo tal como está. Pronto, cuando su cuerpo recupere las fuerzas, lo dejaremos salir a jugar al jardín y, en otro poco, ya arreglaré yo las cosas para que vuelva a la escuela, que su vida ha de seguir”.

“Prometednos, capitán – dijo la madre –, que nos veremos como familia, que paréceme sabe vuesa merced lo que siente una madre cuando ve a su hijo en las puertas de la muerte e luego lo ve vivo e feliz”.

“Así ha de ser, señora – manifesté -, que mi hijo Marino estaría en la tumba agora e conozco esos sentimientos”.

Mas al levantarnos e despedirnos, me tomó el doctor muy de cerca e me dijo casi con enfado:

“¿Qué cosa habéis hecho, vive Dios, que lo que Fran tenía no había remedio alguno?”.

E viendo el camino que llevaban sus intenciones, le dije:

“Decidme vos cómo curáis un resfriado e puediera yo daros algunas pistas”.

“¡En la Facultad de Medicina he estudiado muchos años para ser médico! - gritó. ¡Haced lo mesmo e aprenderéis!”.

E con esta agresiva frase, le respondí en tono suave:

“En la Facultad de la Vida e la Caridad e la Humildad, aprehendí todos estos conocimientos. Id allí, e si pasáis examen (cosa que dudo), estudiad. ¡Son sólo dos siglos de aprendizaje!”.

En Sevilla y a veinte y cinco de septiembre del año de dos mil e seis.

Del primer día de la escuela e la curación de Fran

e mañana, e muy temprano, estaban ya los niños levantados e preparando sus cosas para asistir a la escuela a sus estudios. Ayudóme Marcos a prepararlos, se les dio el desayuno e me fui con ellos en el coche por ser el primer día. E conocí así a Valeriano, el cochero que contratara Marcos y el nuevo coche que había de ser usado sólo para estos menesteres.

Llegados a la escuela, vi en la puerta a don Julio (ya con sotana) sonriente recibiendo a los niños, apeéme del coche e fui a saludarle; desta forma, pudo comprobar con más seguridad quién sería la única persona que podría recoger a los niños, e – dato curioso - levantó Valeriano un poco su pantalón en la pierna derecha e dejó ver una pequeña malformación en diciendo: “Un falso Valeriano que viniese, habría de mostraros esto”.

Entraron los niños con gran contento e volvimos a la casa a buena hora, que no quería dejar mis menesteres sin dejar pasar más tiempo.

Fue así, que yendo por el Postigo del Aceite, sonaron las músicas de mi móvil que me llamaba don Francisco Ibarra con gritos de alegría.

“¿Puede saberse qué os pasa – le dije – que tan fuerte es vuestra voz que todo el Arenal va a saber las nuevas?”.

“Mi amigo Sebastián – dijo con presteza -, que es médico y lo ha tratado algunas veces, vino a verlo no hace muchos días e ya me dijo que no creía posible la enfermedad hubiese parado. No hace más de una hora ha estado aquí e, viendo no sólo que sigue vivo, sino que ha mejorado, va a hacerle unas pruebas para asegurarse de que es curado”.

“Mucho me alegra oír tales cosas – le dije con más calma – que la medicina moderna es la apropiada para saber si la enfermedad se ha ido antes de ver al niño jugando por el jardín; e una cosa quiero aseguraros, pues de ser cierto que la enfermedad se ha ido, no morirá Fran della sino de cualquiera otra e cuando llegue su hora”.

Dijo alabanzas e parabienes e quiso los visitásemos; y en ello tanto insistía, que le dije que esa mesma tarde nos tendría allí con los niños para que jugasen un poco.

No supe luego qué más dijo, pues era tal su contento, que en vez de oír voces, oía ruidos.

En Sevilla y a veinte y cinco de septiembre del año de dos mil e seis.

24 septiembre, 2006

De cómo preferían estar en un sitio o en otro

o llovía, mas estaba el día poco apacible para salir de paseo e decidimos restar en casa. Tornóse el salón en sala de reuniones de niños e mayores e todos ellos querían dar sus opiniones; e insinué no se hablase de lo ocurrido pocos días atrás. Así, se habló desde la fiesta de los toros en Ronda hasta la vuelta a la escuela de los pequeños. Y en esto estábamos, cuando dijo Diego Jesús:

“Así como hemos podido ir una semana más tarde, podrían ser dos, que juntos gozamos de la estancia en esta casa, que la de Sevilla es más bella e más lujosa, pero estaríamos todo el día en la escuela”.

E oyendo tal razón, le respondí:

“En la escuela conoceréis a nuevos amigos e os enseñarán cosas e luego, por la tarde, disfrutaréis de la casa e de todos vuestros juegos. Mejor que aquí estaremos”.

“Cierto es eso – contestó – que los tres estaremos juntos siempre, mas aquí ha de quedar Antonio hasta que volvamos a verle”.

“Antonio – le dije – disfrutará de vuestra compañía desde el viernes hasta el domingo; e os prometo (e no me gusta prometer) que pasaréis unos momentos muy bonitos, que pronto se acercan los fríos y se encenderá la chimenea. Mas esto no debe hacer dejemos de salir a ver e disfrutar de la naturaleza; e os llevaré a la Ribera e os contaré cosas nuevas que aún no sabéis”.

“Si papá lo dice – espetó Marinín – es porque ha de ser así. Asistiremos a la escuela durante la semana para aprender cosas e vendremos luego para el descanso. Así, podremos jugar también con Antonio. Haced los cálculos; no tenemos que asistir a la escuela sino cinco medios días e sin embargo, estaremos aquí tres días seguidos”.

“Así será – manifesté – que tanto de un sitio como de otro habréis de gozar. Tal vez conozcáis allí a nuevos amigos e no queráis venir”.

“Lo que vos digáis – dijo Su Ilustrísima – se hará, que a estos niños les soltáis mucho la correa. Ya sabéis a qué me refiero”.

“Lo que ellos decidan – dije – fuera de las horas de sus obligaciones, eso se hará”.

Con extrañeza, oímos la campanilla que nos llamaba a la cena.

En Grazalema y a veinte y cuatro de septiembre del año de dos mil e seis.

De cómo comenzó el día con noticias de Fran

as llamadas de don Francisco Ibarra eran diarias e, a veces muy continuas, mas, por los datos que me daba, parecíame todo iba hacia donde yo quería llevarlo. Sin embargo, la llamada desta mañana fue distinta, pues viendo los padres que Fran iba admitiendo el alimento, sus ojos despertaban e hablaba mucho de cosas que había visto, quisieron consultarme si hicieron bien en quitarle el pañuelo ayer (al octavo día); e le dije al padre que todo parecía ir como estaba planeado. Tomó Fran el teléfono e saludóme e pidióme fuese a verlo e prometióme un regalo por quitarle aquel mal. Su voz ya no era tan débil y su mente parecía más lúcida e darse cuenta de lo que había acaescido e de cómo iban cambiando las cosas. Jugando estaba con sus muñecos e tomó el teléfono su madre, Soledad, en llantos e dióme las gracias de forma muy particular, pues quería fuese a estar con Fermín un día. E con esto, prometíle llevar a mis niños porque jugasen juntos e le hiciesen compaña, que aún vencida la enfermedad, debería ir tomando fuerzas poco a poco antes de moverse.

Observó Marcos de nuevo mi mirada perdida por la ventana e así me dijo:

“¡No os dais cuenta de lo que hacéis, vive Dios! No valoráis lo que hacéis. No sólo salváis la vida de unos niños de la muerte segura (o de la tristeza), sino que conseguís, sin esfuerzo aparente, sean felices”.

“Vuesa merced lo ha dicho, que en verdad, en verdad os digo, que aunque es para mí un orgullo e una satisfacción poder ser de ayuda… esto quema parte de mi vida. Mas también puedo deciros que ver sus ojos e sus rostros e sus sonrisas felices, me levantan el espíritu. Quiero agora, si no os es estorbo, cuidéis de los pequeños, que necesito confesar con Su Ilustrísima e pedirle consejo, que es día de la Merced, aunque yo no la merezco; e algunas dudas me asaltan. No tengáis cuidado, que, según paréceme, ya hemos pasado lo peor. ¿Me dais un beso?”.

En Grazalema y a veinte e cuatro de septiembre del año de dos mil e seis.

23 septiembre, 2006

De la invitación al armero toledano

irando estaba por la ventana la incesante lluvia, cuando recordé ciertas cosas que escondidas estaban en mi cabeza e le dije a Marcos:

“¿Recordáis acaso a aquel hombre que vendía armas en Toledo, don Rodrigo, e al cual le dije estaba invitado a mi casa por ver mis armas antiguas? Tiempo me parece, que ya esta noche empieza el otoño, de darle aviso e decirle que puede venir, con todos los gastos pagados, a ver lo que tanto deseaba”.

“Mala época paréceme ya – farfulló – que todos los negocios empiezan agora a funcionar”.

“Si bien es cierto lo que decís – contestéle – más me parece oportuna esta época, que en verano van muchos forasteros por ver Toledo e hacen sus compras. Estando agora el tiempo más lluvioso, tal vez pueda dejar a alguien al cuidado de su tienda. No han de ser muchos días, sino los que él pueda; aunque mucho tendrá para ver e gozar”.

“La nota que dióme con sus señas en la casa de Sevilla está. Recordadme, os lo ruego, la busque e lo llame. Tampoco a mí me gusta prometer cosas e no cumplirlas”.

“Cierto es eso; por tal motivo nunca me gusta prometer nada”.

En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.

De cómo se convirtió la casa en casa de locos

ruje una campanilla para que se avisase de la hora del almuerzo, mas no estando Cayetano acostumbrado a tales usos, interrumpió nuestras pláticas para que pasásemos a la mesa del comedor (que comedor no hay, sino que todo está en una mesma sala).

No quiero ponerme a contar agora a todos los asistentes, sino que además de Marcos e yo, estaban los cuatro niños, los abuelos rondeños, doña Dolores e Su Ilustrísima.

Puso el servicio una mesa como pocas veces había visto e le dije a don Juan la presidiese. Mucho murmullo se oía ya antes de que se trajesen los platos e, tosiendo fuerte intenté acallar las voces, mas viendo nadie dejaba de hablar, púseme en pié e dije:

“Señores, silencio y respeto que se va a bendecir la mesa”.

Todos callaron e comenzó al punto Su Ilustrísima a bendecir los alimentos, mas, antes de concluir, añadió alguna frase, pues aquella familia se hacía ya tan grande que pronto habría que cambiar la mesa por otra mayor; e aquesto le pareció buena señal e también dio gracias a Dios.

Terminadas las oraciones, se sirvió un delicioso cocido que por una «pringá» venía acompañado e, mientras las bocas estuvieron llenas, mucho silencio hubo, mas comenzando a servirse la «pringá», comenzaron también los murmullos. Parecióme ver un cierto disgusto en la cara de don Juan e, alzando la voz, les dije a todos:

“¿Saben vuesas mercedes que al igual que en la casa de Ronda aquí parece haber un fantasma?”.

E fue así que se hizo un silencio total; e todos comían y esperaban la continuación de mi historia. Seguí comiendo e les miraba con gesto de terminar lo que había comenzado a narrar. Llegados los postres, tomamos todos las servilletas e se pusieron luego sobre la mesa.

“Dice Marinín que en su cuarto hay un fantasma, pues donde hay aparecidos hace frío. ¡Quizá Grazalema esté llena dellos! Bienvenidos todos a esta casa de locos que espanta fantasmas”.

En Grazalema e a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.

De la ropa empapada de Antonio

legó Antonio empapado en agua a pesar de venir cubierto e, por no mojar todo el salón, le dije pasase al cuarto del baño e se secase, mas volviendo luego, vi a don Juan mirarle por encima de las gafas e le dijo:

“¡Ay, éramos pocos e parió la abuela!”. ¿Qué forma de secarse es esa que aún os veo mojado?”.

“Dizque ha caído un rayo en la casa de «la completa» - manifestó – e ha entrado por una ventana e por otra ha salido e ha quemado todos los muebles. Mas ella no le da importancia”.

“Mirad – insistió don Juan -, que anda «el patio» revuelto e sería más prudente hablar de otras cosas”.

“No padre – dijo Antonio – que esta mujer tiene la casa en sitio muy malo y un día viene subido el Guadalete y se la lleva flotando hasta Chiclana”.

Hubo de contener don Juan la risa, pues dióse cuenta de que el chico tenía su gracejo. Con esto, le dije a Marcos volviese con él al cuarto del baño, le desnudara e le secara poniéndole algunas de nuestras ropas. E salió el chico contento de llevar aquello (que tan grande le quedaba) puesto que, según decía, su padre le pedía «el sobre cerrado» e no podía comprar estas cosas.

Tomé a Marcos aparte e le dije fuese con el chico a una de las tiendas del «lamparuche» e le comprase toda la ropa que más le gustase pero que mejor se ajustase a su talla.

“¿Estáis loco acaso? – dijo Marcos - ¿Pensáis salga agora a la calle con esta lluvia con el chico a comprarle ropa? ¡Dejad esto para otro día!”.

“Mañana es domingo – repuse -. Obedecedme en lo que os digo, que lo único que deberéis hacer luego es volver a secaros ambos. El resto de lo que tengo en la cabeza os lo diré terminado el recado”.

E así lo dije, así se hizo, que volvieron entrambos empapados e hubieron de secarse e cambiarse. Viéndose el chico con su ropa nueva, acercóse a mí a darme las gracias como ya se las había dado a Marcos, e aproveché tal momento por ver el número de su talle e, tomando a Marcos otra vez aparte, le dije: “Tomad buena nota de su talle, que no es esta la ropa que ha de llevar”.

En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.

De algunas curiosidades de la lluvia

ubimos de encender las luces por la mañana, pues del obscuro que se hacía con las nubes de lluvia, casi no se veía. Tampoco era agradable sentarse en la parte cubierta del jardín e los pequeños no querían baño. Me pareció día de invierno de los que viví hacía muchos años en el mesmo pueblo, que hasta tres meses hube de estar en casa por no cesar la lluvia ni día ni noche; e no caían chubascos sino lluvia fuerte e con centellas.

Les decía yo esto a los niños sentados en el salón e miraba Marinín por la ventana descorriendo un poco los visillos, e así, preguntó:

“Papá, si tanto llovía y en tanto tiempo ¿no se anegaba el pueblo?”.

“Mirad lo que os digo, que está Grazalema en tal pendiente de la montaña, que el agua que cae por arriba y la que cae sobre el pueblo, corre como río por las calles e salta luego al vacío en el Tajo. Hace algún tiempo ya, era tanta la lluvia, que por encima de la tierra el agua ya no podía correr, pues no había lugar, e corría por debajo del suelo. E a estos ríos que no vemos les llaman «caños». Y cuando la lluvia ya era mucha, rompían los caños por las paredes del Tajo e saltaban enormes chorros de agua hasta el otro lado de la carretera; e levantaban los suelos”.

Y en oyendo Fermín esto, dijo:

“Eso que decís contaba mi abuela e lo refiere mi madre, aunque ella nunca lo ha visto. ¿Pasará alguna otra vez?”.

“Acaso ya nunca pase – les narré -, que el hombre ha tocado la naturaleza e ahora es diferente. Siempre hemos tomado el agua de las fuentes; mi padre hizo canales para llevarla a la casa. Se construyeron molinos que, con las corrientes del río, hacían girar enormes piedras pesadas que molían el grano e la aceituna para obtener harina e aceite en las batanas. Cuando el Guadalete se acercaba a Zahara, podían verse unas salinas, pues tomando el agua del río la hacían pasar a unos embalses e luego los cerraban. El sol e la tierra secaban el agua e allí quedaba la sal; e todo esto quedó bajo las aguas de la laguna moderna. Ahora no se usa lo que la naturaleza nos da, se transforma la naturaleza para que nos dé más. No, no; quizá ya nunca veamos romper los caños”.

Y en esto, sonó un fuerte trueno, que óyense éstos aquí como en ningún otro sitio, pues el eco de la sierra lo hace sonar más fuerte e más luengo. E vínose Marinín a mi lado aterrado e le dije:

“No siempre se ve, mas si hoy y mañana llueve sin cesar, nos asomaremos a la calle por ver cómo bajan las aguas. E de los rayos no temáis, que son tan altas las sierras e tantos árboles hay en ellas, que es dificultoso alguno caiga en una casa”.

E diego Jesús, en su inocencia, preguntó:

¿Y qué cosa tienen las piedras e los árboles para llevarse los rayos lejos de las casas?”.

“En los sitios más altos caen los rayos, así que si por el campo andáis e llueve, no debéis guarneceros bajo un árbol, que está más alto. Estas rocas están mucho más altas que las casas, pero además tienen árboles. Los árboles, e los rebaños e las personas, atraen a los rayos. Cualquiera hombre de campo sabe dónde debe ponerse si no quiere morir quemado por uno destos. Aquí también la naturaleza es sabia, pues cayendo un rayo e quemando un árbol, el agua de la lluvia apaga el fuego; malo es si caen truenos y centellas e no cae una gota”.

“Así en casa estamos a salvo – dijo Fermín -, que mi mamá siempre dice entre en casa cuando llueve mucho”.

“Los adelantos de hoy – quise concluir - no son todos malos. Hame referido tío Marcos, que en menos de una hora han caído en toda España más de 70.000 rayos. ¡Ahora no sé si éste adelanto es útil o es curioso, vive Dios!”.

En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.

De la historia según don Marcos

maneció el día nublado e lluvioso, de viento e de frío. En la ventana estaba sentado cuando despertó Marcos e comprobó yo no estaba ya en la cama, e mirándome con asombro que preguntó qué hacía allí. E no hacía sino pensar en lo que el niño me había dicho por la noche.

“Por ventura, ¿os pasa cosa alguna? – preguntó Marcos –. Nunca os he visto así. Parecéis preocupado”.

“Cuando os levantéis – le dije – quisiera yo haceros alguna consulta. Seguid agora durmiendo un poco más, que es sábado”.

Mas al oír esto, se levantó de la cama e vino hasta mí e sentóse a mi lado e me miró con extraño a los ojos. Entonces, sin dejar de mirar afuera, le dije cuanto Marinín me había contado e me dijo él su versión desta manera:

“No creí necesario deciros todo esto. Este niño es vuestro hijo legalmente, mas todos los trámites realizados a su en derredor están corruptos. Las gentes, aunque sean del Estado, están corrompidas e hacen todo aquello que les beneficia. Veréis. Murió la madre de Marinín en el parto e quedóse su padre muy solo con un bebé e una gran fortuna que administrar. Contrató a una nodriza e dióse a la bebida un tiempo e frecuentaba las mancebías. Era Nicolasa una desas putas que andaban con él casi todas las noches e, sabiendo su fortuna, comenzó por pedir más dinero por sus servicios, luego por la sisa e, tal vez pensándolo mejor, decidió casarse con él. Llevó poco tiempo una vida rica e regalada e no puede decirse que no quería a su marido e a su hijo, que siempre pendiente dellos estaba. Mas apareció el mal deste buen hombre pasados los tres años (o casi cuatro) e murió en pocos meses. Puso su vida Nicolasa en el pequeño como si suyo fuera, mas pasado otro poco, comenzó el pequeño a dar signos de tener la mortal enfermedad de su padre. Ahí aparecisteis vos, que vive Dios, la vida le salvasteis. Mas llegaron a las manos de Nicolasa unos documentos donde se decía claramente, que quedábase ella con bastante poco y el niño, siendo el resto de sus palacios, casas e fincas exclusivamente para su hijo, pero siendo muy pequeño, dejó la custodia destos bienes en usufructo a su hermano (para mí desconocido) hasta la mayoría de edad del pequeño. Así, un hermano que no conocía al otro si se cruzaba con él en la calle, dispone agora destos bienes hasta dentro de once años. Nicolasa hubo de mudar a la casa que (¡Dios me ampare!) conocimos un día. Sin dinero, el niño comenzó a serle una carga y…”.

“¡Parad!” – le dije -; sé el resto”.

En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.

De cómo me narró Marinín lo que recordaba

l sueño no me llegaba e hube la necesidad de levantarme e, muy quedo, bajé hasta el jardín e noté el aire era muy fresco y llovía suavemente. Extrañóme ver la luz del rincón cubierto estaba encendida. E allí encontré a Marinín oyendo su MP3. Solos, casi por primera vez, mi hijo e yo, sentados entrambos en el jardín, miré sus ojos brillantes e vi en su rostro una sonrisa:

“¿Qué hacéis aquí e a estas horas? – le dije -. Bien veo os habéis abrigado que la noche es fría”.

“No puedo dormir – contestó susurrando -; muchas cosas nuevas han ocurrido e prefería estar solo e oír esta mi música”.

“Si solo necesitáis estar – le espeté levantándome -, solo os dejaré, que hay mucho sitio en esta casa para ambos”.

“No, no, - suplicó -, quedaos aquí conmigo, papá, que estar con vos es para mí mejor que estar solo”.

“Así lo deseáis, así lo haré – le contesté – mas sabed que habremos de estar aquí sólo una pieza corta, que la noche es fría y en vuestra cama estaréis mejor. Aunque no podáis dormir, rezad, oíd música o cualquier otra cosa en la cama ¿Me obedeceréis?”.

“Sabéis que sí – contestó conforme -, que así como digáis he de hacer”.
E de mi interior salió una frase perdida: “¡Qué más quisiera yo que ser vuestro verdadero padre!”.

“¡Lo sois! – me miró incrédulo - ¿Qué cosa decís?”.

“Mirad, pequeño – le expliqué -; está Diego Jesús con sus abuelos porque sus padres no le quieren; agora pasará un tiempo junto a nosotros. E Fermín también estará con nosotros e no es porque su mamá no lo quiera, que trabajo le cuesta tenerlo lejos, sino porque aprenda tanto como vos”.

E resté mudo cuando empezó él a hablar:

“Mi mamá de verdad murió cuando nací e papá quedóse solo conmigo muy pequeño e casóse luego con mamá Nicolasa. Mas una enfermedad muy mala se lo llevó con Dios; ya sabéis yo tenía aquella enfermedad e me iba, e vos me pusisteis a salvo. E luego oí a mamá decir cosas muy feas de mi papá muerto e yo no sabía por qué. E nos fuimos a aquella casa. Bebía mucho e decía cosas raras e me zurraba, me encerraba e me dejaba solo; e me prohibió ir a la escuela. E todo esto no entiendo, sino que fuisteis a por mí, como era mi deseo. Sois mi padre e os quiero (también a tío Marcos). No sé otra cosa”.

Pensando un poco, e con mucho trabajo, le pregunté:

“¿Y qué era esa cosa tan fea que decía mamá de vuestro papá muerto?”.

Hubo un silencio largo e tenso e su mirada se perdía en la obscuridad del jardín.

“¿No me lo decís? – pregunté casi asustado –. A nada os obligo en esto, sino que si queréis decirlo por sentiros mejor, podéis hacerlo en confesión”.

“Decía: cabrón, hijo de puta, que no me dejas sino esta carga”.

En Grazalema y a veinte y tres de septiembre del año de dos mil e seis.

22 septiembre, 2006

PARTE QUINTA

21 septiembre, 2006

Nota final a esta aventura (continúa)

ízose Marcos aún más comprensivo con mi modo de actuar e más insistía en que nunca me dejaría; dióse aviso a don Pedro de Monteliz e doña Montserrat porque viniesen a ver a su nieto, e aquí restaron unos días con nosotros; se avisó a doña Dolores e fue invitada a comer con nosotros en casa; así también se dio aviso a Chuti e también al inspector leonés, que dijo se lo daría al madrileño. E muchas otras cosas se hicieron, pues avisamos a Antonio porque disfrutase de un tiempo con sus amigos, mas entrando en la casa le noté algo asustado e me dijo: “Ahí, un poco más abajo, paréceme haber visto a dos hombres que algo vigilan”.

El Capitán Alacaída y González Cabeza de Vaca


En Grazalema y a veinte y uno de septiembre del año de dos mil e seis.

20 septiembre, 2006

Del cómo se fizo la celada (2/2)

sí pues, eliminados los dos últimos obstáculos, tomé unas mantas del coche e lleváronse los restos a la colina que me señaló «el chusco». Había ya allí preparada una a modo de estructura de palos y en ella se pusieron los pedazos. En acabando la faena (que muy agradable no fue), volvióse hacia mí «el chusco» sonriente e me dijo:

“¡Ay, capitán! Que tal como habéis dicho «endenante» e yo bien lo he oído, en el infierno debemos tener amigos y en el cielo habremos de haber enemigos”.

E abriendo una especie de zurrón, sacó una placa de metal como la del inspector, me la mostró, e dijo:

“Ser de campo, no es ser ignorante ni inútil. Buscadme si os hace falta; preguntad por «el chusco» e conmigo daréis, que en la Ribera del Gaidóvar que pisáis, estáis a salvo”.

E dando luego la vuelta, comenzó a bajar la trocha, detúvose e volvióse gritando:

“¡Mis recuerdos para el leonés!”.

Y caminando lentamente, sacó un móvil e hizo una llamada.

Corrí al coche e vi primero cómo se encontraba Marcos. Rociéle la frente y el cuerpo con agua fresca e grité: “¡El capitán ha acabado su faena! ¡Todos fuera!”. E le dije a Marcos diese aviso al Hospital por decir «todo se había arreglado mas sin dar detalles.

E de debajo de las mantas e sábanas, salieron mis tres pequeños e Su Ilustrísima con la sotana llena de vómitos de Fermín.

“En quitaros esa sotana – le dije – hago hincapié muchas veces. Por vuestra comodidad e por la nuestra… Subamos hasta la fuente, refresquémonos e descansemos hasta el domingo en la casa”.

Llegados que fuimos al pueblo, pidió don Juan entrásemos en la iglesia de Santa María por dar gracias a Dios e pedir también por el alma de aquellos enemigos (aunque a mí siempre me habían parecido desalmados).

Subimos a la casa e nos aseamos todos. El servicio no creía lo que veía, que estar allí no era de razón. “Ya os daré las razones necesarias, les dije”.

E como así se dice que el agua purifica el cuerpo y el alma, todos nos dimos un baño, mas tuvo don Juan que ponerse otra ropa adecuada mientras le lavaban la sotana para sentarse en los mimbres del jardín y distraerse en sus lecturas..

En Grazalema y a veinte de septiembre del año de dos mil e seis.

Del cómo se fizo la celada (1/2)

l trazado fue simple, pues no había más que ir todos al Hospital de la Caridad a primeras horas de la mañana, de forma que se nos viera claramente desplazarnos juntos al salir del apeadero llevando yo mi vistoso uniforme. E así fuimos hasta entrar con el coche en el Hospital. Luego, escondidos en la parte más baja del coche (y de forma no muy cómoda) se puso a los niños e a don Juan en la parte trasera. Cambiéme a las ropas modernas, dejé el móvil encendido allí ofreciéndose un hermano a contestar a las llamadas que se hicieran desde el teléfono de Marcos; deste modo, parecería yo seguía en el Hospital. Escondíme en el suelo de la parte delantera del coche e fui tapado con unas sábanas. Partiría Marcos solo (aparentemente) a Grazalema teniendo siempre mucho cuidado de si era perseguido. Los Hermanos de la Santa Caridad pusieron a mi disposición todo cuanto nos hizo falta. Sólo quedaba saber si estas dos carroñas perseguirían a Marcos por capturarlo estando ya solo en la carretera o en el pueblo.

El riesgo era grande, el viaje poco placentero. Sabíamos nuestros teléfonos iban a estar controlados e los hombres tenían siempre un coche cerca para desplazarse a un lado o a otro con los artilugios necesarios para todas estas labores.

Mas, creyendo les era imposible entrar en el Hospital, decidieron ir al secuestro de Marcos. Desta forma, hizo éste un viaje a poca velocidad, paró en la Venta del Tikutín (no sin riesgo) dejándonos en el coche e haciendo una llamada a mi teléfono e diciendo dónde estaba. Siguió luego camino a Grazalema rodeando la laguna de Zahara e, viendo luego se acercaban al coche peligrosamente, puso una marcha muy rápida e giró en el Cruce de los Perales tal como ya lo hiciera una vez. Desta forma, esperaban volviese hacia abajo para encontrarse de frente con ellos, como así se hizo en el otro viaje, mas puso freno al coche quedando éste en medio de la carretera e no permitiendo paso alguno ni hacia arriba ni hacia abajo; no parecía ibamos el capitán ni los niños ni don Juan con él, que viaje así es dificultoso de soportar. Al retorcer la carretera en una loma, viéronse con el coche parado e Marcos junto a la puerta mirando hacia ellos e hicieron una parada al punto. Detuvieron el coche e intentaron entonces acercarse por retenerlo, mas fue cuando se abrió la otra puerta y asomó primero la punta de una brillante espada e luego el capitán con sus ropas modernas e con un puñal en la otra mano. E dando dos pasos hacia ellos les grité ( e mi voz la repitió el eco de los montes):

“A la Pá e Dio [A la Paz de Dios], señores. ¡Sorpresa! Habréis de cambiar los planes que en mente traíais. Os lo aclaro; intentad agredirme e os haré rodajas apetitosas para los buitres, que si disparáis hacia mí, sin capitán ni secreto os quedáis. Intentad otrosí hacer daño a don Marcos e os haré, mejor, carne picada. Otra oportunidad os doy como sugerencia: volved e intentad entrar en el Hospital por capturar a algún niño”.

E con voz titubeante dijo uno dellos:

“¿Capitán, qué decís? ¡Que de la guardia somos!”.

“Sin duda – le dije –, que hasta en el infierno hay amigos y en el cielo enemigos”.

Y en diciendo esto adelanté otros dos pasos, de tal forma, que avanzando una pierna llegase mi espada hasta ellos. Hicieron gesto de retroceder, mas levanté bien visible mi puñal, lo arrojé con fuerza entre los dos, e lo dejé clavado exactamente en el centro del escudo que delante traía su coche, e viendo entrambos esto, quisieron correr atrás, mas no pensaron tendrían que dar la vuelta en tan estrecha carretera para huir, e quedaron vacilantes. Adelantando entonces mi pierna en paso largo, no tuve más remedio que cortar los dedos que sujetaban cada uno de los pistoletes que portaban con la punta de mi espada; e quedaron suspensos mirando sus manos sangrantes. Y en menos de un segundo, ambos estaban atravesados por donde no hay cura posible.

En esto, pasó por allí el gentil campesino llamado «el chusco»:

“¡A la Pá e Dio, capitán! ¿Traéis ya más comida para los pajarracos? ¡Mirad que muy gordos van a ponerse e harán nidadas más grandes! Os ayudaré a preparar la carnaza, que veo la color de la cara de vuestro compañero e solo será mucho peso para vuestras espaldas”.

E mirándome Marcos suspenso, blanco e agarrado al coche, le dije:

“Pasad e sentaos en el coche porque os de el fresco. El resto lo haremos nosotros; no habed cuidado”.

19 septiembre, 2006

Del recibimiento feliz e de mis secretos

yendo Marcos llegaba a la estación de Santa Justa a hora tardía, dejó el cuidado de los niños a Chuti, al servicio e a la guardia apostada en la puerta y en las azoteas, tomó el coche e salió muy a priesa a buscarme. Esperábame en lo alto de aquellas escaleras que solas andan e no tienen escalones e, llegando arriba, dióme tal abrazo e tan largo, que la gente que nos rodeaba quedó suspensa pensando pasaba algo. Así, le dije en alta voz:

“¡Ay, hermano!, que no por siempre vive uno e debemos aceptar que la muerte es parte de nuestras vidas, pues no es un castigo, sino el final natural que debemos aceptar. Llevadme agora a casa e ya os referiré más detalles”.

Ya en el coche, me dijo temió por mi vida en cada momento, pero que solucionado el problema, nuestra vida empezaría a ser normal. Fue entonces cuando hube de ocultar que aún en la calle había dos hombres buscando, ya por su cuenta, el secreto. Sin saber corríamos este peligro, volvimos a la casa.

Di allí órdenes de que todo siguiese igual e usando la mesma seguridad. Tomóme aparte un guardia e me dijo ya sabía por llamada del inspector (y del inspector madrileño) lo ocurrido e lo que habría que vigilar agora. Con esto, decidí decir que yo iría diariamente al Hospital de la Caridad a continuar con mis asuntos, pero quería en realidad hacerme ver caminando por Sevilla todos los días, por las mesmas calles e a las mesmas horas; era el reclamo.

Hubimos una cena muy feliz e los niños no dejaban de contar las cosas que habían hecho e se les notaba cansados. Así pues, tras una pieza de reposo en el gabinete, dije a los pequeños deberían ir ya a dormir e que el director de la escuela me había comunicado fuéranse preparando en la casa hasta el lunes.

En Sevilla e a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

De cómo fue el jaque

o sabía si era yo el que me movía sobre la tierra a tal velocidad o si era la tierra la que me iba rodeando. Me sirvieron algún bocado e púseme a pensar, pues cosas como estas no había vivido en siglos. No entendía lo ocurrido, aunque sí sabía con claridad de día que el hombre muerto en aquella máquina voladora era peligroso para nuestras vidas e para el Mundo, tal como dijo el inspector. E pensando en eso estaba cunado sonó la música de mi móvil e oí estas palabras:

“La vida de un pobre hombre de buen corazón, entregado a los demás, bien ha valido salvar a la humanidad de un peligro muy grave, capitán. No os sintáis culpable dello por lo tanto, que ya bastante castigo sería; sentiros orgulloso de habernos librado a todos de un mal inimaginable”.

“Ayyy, inspector – le dije - ¿Quién no conoce ya vuestra voz a estas horas y en estos días? ¡E qué bien sabéis lo que me apena el haber matado a alguien por enviar a ese diablo al infierno!”.

“Sois cristiano, capitán; más que yo e que muchos juntos. Ya sabéis que a veces es necesario mueran justos por pecadores. Era este hombre don José Aguilar, humilde y entregado a su trabajo. Rezad por él a menudo, que su muerte ha permitido salvar otras muchas e… ¡cosas peores! Así pues, en este jaque han caído otras piezas; sólo una, pero valiosa”.

“Aliviado me siento más que nunca de que así haya sido – le aclaré -. Por este hombre pediré a diario hasta el fin de mis días e seguiré mi vida como otro ciudadano español”.

“Un momento – advirtió el inspector -, que hay dos carroñas en Sevilla que aún no han desaparecido. Dejad a los niños donde están hasta que yo os lo comunique, que éstos saben del secreto e van a ir a buscarlo con o sin ese Andrés”.

“Nada diré pues cuando llegue – manifesté -, que si ha de seguir todo como estaba, ya me encargaré yo desos pájaros; si puede ser, por supuesto”.

“Puede ser, capitán – rió-, pero no es tan fácil. Guardia tenéis e habréis de buscarlos, entrarlos en una celada y… vuesa merced decidirá. El jaque aún no es mate”.

En Sevilla e a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

Del tercer movimiento de la partida

a en tierra y dentro de la casa cuartel de la guardia, acercóse uno dellos e quitó de mis manos el arma que había tomado. El inspector leonés entró al despacho del madrileño e hablaron una pieza; mientras pasaba ese tiempo, tenía yo a dos guardias cuidando de mí.

Terminadas las pláticas entre inspectores, vino el leonés e así me dijo con gesto grave:

“Mucho me temo, capitán, que la disciplina en el ejército es muy estricta. El inspector está muy a disgusto por lo ocurrido, pues en ese aparato iban otras dos personas y esto tiene mal remedio, ya lo sabéis. Os habéis apropiado de un arma e habéis destruido otra matando a tres personas. Sabed que esto tiene una pena”.

“Cumplirla no me importa – le dije con gesto amenazante -, pero habéis de saber que al salir de presidio, buscaría a cualquiera otro Andrés e volvería a mandarlo a la tumba”.

“No os equivocáis – me dijo volviéndose de espaldas -, que era ese tal Andrés el que viajaba en ese «helicóptero». Por un lado, según pienso, habéis librado a la humanidad de un terrible apocalipsis; por otro, debéis cumplir las órdenes que se os den y tal como se os den”.

“Sea así – respondíle gravemente -, que prefiero a ese pájaro en la tumba que a ciento volando”.

E tomando un sobre de color gris, me lo entregó e dijo:

“Una hora, al menos, habréis de estar donde ahí se dice. No falléis, que las órdenes, órdenes son”.

“Así lo haré, inspector – repliqué un tanto resignado -, que sabía me asomaba a la boca de un pozo profundo e peligroso”.

Salí de allí solo e pedí un ¡taxi!, mas al subir a él, me preguntó el cochero a dónde debería llevarme y, abriendo el sobre, encontré un papel que parecía billete de «AVE» mezclado con billetes de euros. Asombrado e mirando la hora de salida del otro volador, le dije: “A Atocha AVE, por favor”.

En el AVE a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

Del segundo movimiento de la partida

ieron así qué grupo de aparatos recorría cada sitio e de dónde a donde iban, e a los pocos viajes que se realizaron, se sabía en qué «helicóptero» viajaba nuestro buscado e ficticio Andrés. Desta forma, e con el fusil apuntando al suelo siempre, pregunté si sería posible tomar uno destos voladores por nuestra cuenta e seguir los pasos «del caballo» (que de salto en salto iba).

Dentro de menos de diez minutos, pasamos a una llanura muy grande donde había uno destos aparatos en el suelo, haciendo un ruido infernal e despidiendo un aire caliente que nos empujaba hacia atrás. Llegamos a él con dificultad e subimos a unos asientos como los de los coches modernos. En pocos segundos, comenzó a moverse como nave en mar enfurecida e fue elevándose del suelo. Mal asunto para mis sentidos, que despegándose de la tierra me hacen mal juego. Así, con esta sensación de vértigo como nunca antes había tenido, aguanté el corto vuelo que nos separaba del aparato donde se suponía iba el tal Andrés. E, por hacer tiempo, dije a gritos al inspector:

“Son curiosos estos aparatos, que teniendo el lugar donde va la gente sentada, llevan atrás una cola larga. Más me parecen libélulas que otra cosa”.

“Así es – contestó a voces – que la cola es la que lo mantiene en el aire, pues lo mantiene flotando sin que se ponga a dar vueltas y caiga”.

“Curioso es – le dije –. Sí, señor”.
E poco después, oí aviso de tener a la vista al sospechoso e, mirando a un lado e a otro (e nunca abajo), vi frente a mí a uno destos aparatos e oí en ese instante decir: “¡Parece el sospechoso, mas no se localiza su teléfono!”.

E tomando el fusil de asalto tan peligroso con disimulo, lo apunté a la cola del aparato. ¡Dios Santo!, que los fusiles e trabucos de antes te dejaban caer hacia atrás e iba el disparo a otro sitio. Una gran explosión de fuego e humo negro rodeó a aquél artilugio y el inspector me miró como el que quiere matar a alguien.

Seguimos el vuelo e volvimos a la gran pista donde paramos (vomité como era de esperar), mas pasados treinta minutos, me dijo el inspector:

“Es curioso. Ya no localizamos el teléfono que buscábamos. Habráselo tragado la tierra”.

En Madrid y a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.

Del primer movimiento de la partida

n el que llamaba el inspector el Cuartel General, hicimos unas consultas por saber si el «pájaro» estaba volando. En cierto momento, apareció la señal que le localizaba en Barajas, e volviéndose con prontitud el inspector, dijo:

“El pájaro empieza a moverse. Id haciendo un trazado por muy complicado que os parezca”.

E mientras esto decía, observé sobre una pared un mueble lleno de armas modernas. Corrí hasta allí e vi algunas estaban atadas con cadenas e otras sueltas, e destas, tomé una e apunté el cañón al techo.

“¡Capitán! – gritó el inspector - ¡Por Dios Bendito e todos los santos! ¡Soltad eso!”.

E con toda tranquilidad le dije:

“Acaso pensáis nunca he tenido arma de cañón en mis manos; erráis. Esta, esta mesma, en estando bien cargada me será de utilidad”.

“¡Y tanto! – respondió el inspector -, que habéis tomado un «fusil de asalto» bien potente e cargado está. Apuntad siempre arriba, por el amor de Dios, que cargado está a tope e con munición potente y es capaz de atravesar hasta diez hombres en fila o hacer desaparecer un coche”.

“E lo mesmo que desparece el coche – le dije – desaparece cualquiera aparato que vuele, si no yerro”.

Se acercó a mí el inspector e me dijo con prudencia:

“Capitán, sé deseáis resolver este problema cuanto antes, mas sed cuidadoso por que no mueran personas inocentes. – hizo una pausa e continuó -. Si pudiera, os obligaría a dejar esa arma en su sitio, pero para mí sois capitán; e yo soy teniente”.

“Bien pudiera yo dejar esta arma donde digáis – le respondí – y entregar mi otra «arma» al enemigo. Ambas cosas dan la solución”.

E restamos varios segundos mirándonos hasta que se oyó gritar: “¡Objetivo en Castellana!”.

E pensando un poco la estrategia, dijo el inspector con su acento leonés:

“Investigaría yo una «cosina», que siendo estos aparatos contratados, sabríamos cuál está haciendo qué recorridos”.

Del movimiento del alfil

manecía en Madrid cuando di aviso al móvil de Su Ilustrísima, que andaba ya preparándose para el día, e me dijo:

“Ayyy, capitán, ¡cuánto echo menos a esos niños! E ya los imagino en sus clases e aprehendiendo desde el primer día. Buenos días nos dé Dios a todos e haga pasar esta semana rápido, que en falta echo a esos pillines”.

“Siento deciros algo que no os va a gustar e os puede tranquilizar – contestéle -. Los niños no han podido ir a sus clases, que tenemos en Sevilla moros y eso que no tenemos costa. En Madrid me hallo con el inspector para solucionar este entuerto y llevarlo a cabo. Hay trazado como estrategia de ajedrez que ha de ser muy pronta, e vos sois el alfil”.

“¿Qué cosa decís que la sangre me hiela? ¿Los niños en peligro, o vos o yo?”.

“Nada deso, Ilustrísima – le dije -. Recebiréis visita de un guardia a media mañana. Tenedlo todo listo e partid con él a Sevilla, no porque los niños estén en peligro, sino porque sé que con vos e Marcos son felices”.

E con voz angustiada, dijo:

“¿E qué será de vos?, que yo mesmo os he metido en estos fideos y no se sale de uno cuando ya se ha entrado en otro”.

“Erráis, Ilustrísima – le dije -, y excusad os lo diga con tanta claridad, que vos me enviasteis a una misión que acabose bien, mas della surgieron otras que a mí atañen. Sólo os pido deis a los niños lo que a ellos les gusta. Yo estaré de vuelta en Sevilla mañana, no penséis me perdéis de vista un mes”.

“Así lo haré si el la voluntad de Dios Nuestro Señor e la vuestra; que también es la mía”.

En Madrid y a diez y nueve de septiembre del año de dos mil e seis.