31 agosto, 2006

Del retorno del capitán a la casa (2/2)

i aviso con el móvil a un taxi que dentro de los diez minutos en la puerta estaba. Había ya tomado Marino la primera pieza que dióle el doctor para los dolores e, con nuestro ayuda, púsose la poca ropa que yo le llevaba, que ya el calor comenzaba a hacerse poco soportable.

Llegados a la casa, dije al cochero pusiese el coche dentro del apeadero, donde nos esperaban con grande ilusión el servicio, don Diego e sus niños (así les dice él). Bajóse del coche sin dificultad e fuése como rayo hacia Marinín e, tomándole entre sus brazos, así estuvieron abrazados una pieza larga e muchas cosas se decían en baja voz. Saludó luego al pequeño Diego Jesús, que no había dejado de observarle desde que llegase y, en otro largo abrazo se fundieron. E fue dando cumplimiento a don Diego, a Chuti e a todo el servicio como si su familia verdadera fuese. Algunas cosas narró de lo sucedido, pero nada de importancia, sino hechos que tranquilizasen a los presentes y, excusándose luego, pidió la venia para retirarse a su dormitorio a descansar un buen rato.

”Quedaos en la cama, señor – dijo Catalina –, hasta la hora en que necesitéis incorporaros. Yo he de serviros allí mesmo el almuerzo e luego dormís una buena siesta, que os hará muy bien”.

“Así como lo decís – contestó – he de hacerlo, mas quiero se sepa que si alguno de los presentes quisiere pasar a verme, podrá hacerlo. Decidlo a don Marcos y él os dejará entrar”.

E luego, cuando entramos en la estancia, se dirigió primero a la ventana hasta ver que yo entraba e cerraba la puerta, e viendo estábamos ya entrambos solos, abrazóse a mí en llantos e fuíle llevando muy de espacio hacia la cama, le despojé de su ropa e lo acosté con sumo cuidado. “Os lo he de narrar todo, creedme. No os voy a ocultar cosa alguna, decía”.

“Desto no es momento de hablar – le dije con ternura –. Descansad bien agora e sabed que aquí, a vuestro lado, en este sillón, habréis de encontrarme para cualquier menester”.

“Cuando descanse otra pieza – dijo – llamaréis a mi hijo, que no quiero me vea tan maltrecho. Recordad vos de darme esas pastas de remedios para los dolores cuando sea su momento, pues tales nombres aún no sé”.

“De ninguna cosa destas habréis de preocuparos – le insistí – que siempre voy a estar aquí a vuestro lado. Llamadme para lo que necesitéis por poco importante que esto sea”.

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