rometí a don Juan estar ausente durante su baño e avisar al servicio de que no saliesen al jardín; esto mesmo, aunque con otras palabras, le dije a Marcos e a los niños, e vi en los ojos de mi compañero una mirada de alegría.Sentéme en una silla cerca de la cama (que la tenían los niños llena de juguetes de colores) e púseme a jugar con ellos. Así, les pregunté cuál era el juguete que más le gustaba a cada uno, e cada uno dellos fue eligiendo el suyo:
“Esta caja con juego de preguntas e respuestas – dijo Antonio -, aunque siempre que jugamos pierdo. Dícenle «Trivial Pursuit»”.
“No entiendo – le dije – que un juego de preguntas sea una «persecución sin importancia»; jugaremos luego e me explicaréis cómo se hace”.
“Este «robot» de colores que hace ruidos e habla – dijo Fermín – he de echar de menos cuando partáis para Sevilla, pues es mi juguete preferido”.
“Acaso haya otro igual por ahí escondido e os podáis llevar este que ya bien conocéis”.
“¿Eso creéis, capitán? – preguntó Fermín con extraño –. Nunca pude imaginar hubiese más de uno como este en esta casa”.
“E vos – me dirigí a Diego Jesús -, que muy quedo restáis, ¿no elegís ninguno?”.
“El juguete que yo quiero – dijo – paréceme nunca voy a poder tenerlo”.
“¿Qué cosa decís? – le pregunté intrigado - ¿Acaso vuestro abuelo os prohíbe tener alguna clase de juguete?”.
“No es aqueso, señor – respondió cabizbajo – sino que hay juguetes que no se pueden tener”.
“La razón que me dais – le dije gravemente – no la creo. Veamos pues. Venid conmigo al salón e me decís cuál es ese juguete si no queréis que nadie más lo sepa”.
“No, no, no – dijo a priesa –. No importa eso agora, que con esta caja de fichas de colores bien me conformaría”.
“Sea pues – comenté en alta voz – que cada uno va a quedarse con su juguete preferido desde este momento e ya le traeré yo otro a Marinín, que por tener estos e otros no habrá problemas. ¿Os parece bien lo que hago, pequeñín?”.
“Todo lo que hacéis me place, papá – contestó Marinín - ¿Por qué lo preguntáis? De otra forma debería ser, que tendría yo que pediros la venia para regalárselos a mis amigos, que tío Marcos e vos los habéis comprado, mas ya sabéis tengo un fondo a provisión”.
“Nunca más deso se hable – le dije al punto –. Dejad ese fondo para otros menesteres más importantes; nunca se sabe qué puede ocurrir ¿Lo haréis?”.
“Lo haré – respondió –. Daremos agora éstos a sus nuevos dueños, mas antes de llevárselos a sus casas, bien podríamos jugar un rato con ellos”.
“Así ha de ser – dije –; no tengáis cuidado, que hemos de disfrutarlos todos mientras estemos juntos”.
E luego, no estando los pequeños presentes, le dije a Marcos comprase uno de cada uno de los juguetes elegidos. E no supe cuál era el juguete presente que querría haber Diego Jesús.
En Grazalema y a veinte y cinco de agosto del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario