25 agosto, 2006

Del pudor e sus impedimentos

olvió Su Ilustrísima a entrar en el salón tras pasar discretamente por el cuarto del baño, secar su cuerpo e volver a vestir su sotana, como si la humedad de sus cabellos no le delatasen.

“Caluroso está hoy el día – espetó – mas no sé qué aires corren que ¡hasta me han abierto el apetito!”.

“Pues debéis saber, Ilustrísima – le dije al punto –, que habremos mañana judías hinchonas otra vez para el almuerzo, que Marinín quiere probarlas aunque sea pasadas en puré; e hoy habremos de almuerzo un fresco gazpacho y esas chuletillas de lechal que tanto os placen”.

“¡Dios Santo!, capitán – contestó mirando al techo –. A fe que uno destos días me haréis pecar de gula si no he pecado ya”.

E continuó luego balbuciendo: “Gazpacho, costillitas, hinchonas; Dios me perdone estos abusos”. E tomándome luego aparte, comentóme que el baño le había dado vida e apetito e que si fuese posible, todos los días se sumergiría en aquellas aguas.

“No lo dudéis – le dije – que yo he de encargarme de que podáis tomar vuestro baño, pues estando Marinín en la cama e sus amigos rodeándole os sentiréis más tranquilo”.

“Pues hasta en eso he estado meditando – contestó – que llevando esas calzonas, no me importaría compartir un baño con vuesas mercedes… aunque ya sabéis me desagrada vuestra completa desnudez”.

“Hagamos un trato pues – le propuse –. A la hora en que compartáis el baño con nosotros, todos usaremos las calzonas”.

“¡No, vive Dios!, que no quiero ser incordio a vuestra holganza”.

“¿Incordio decís? – le dije con extraño - ¿Sabéis la ilusión que esto hará a los pequeños? ¡Ay, Santo Dios, que a veces este pudor que no podemos quitar de encima, nos impide disfrutar de aquello que más nos complacería!”.

En Ronda y a veinte y cinco de agosto del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario