ublado e lluvioso amaneció el día, hasta tal punto, que restamos en el salón e hubimos de encender las luces en algunos momentos.El grupo de chicos hacía sus tareas, don Juan leía una cosa e Marcos otra e yo miraba simplemente al techo en mis meditaciones, cuando, levantando la cabeza, dijo Marinín:
“En esta casa hace frío, papá”.
E a esto dile las siguientes razones:
“Sabed que en Grazalema acaba el estío antes de lo que vos pensáis; mas sí es de extraño que dentro de la casa se note el fresco, que suelen estar estos muros hechos para mantener la casa fresca en verano e cálida en invierno. Subid, si es vuestro deseo, e poneos alguna prenda que os abrigue algo”.
“No es tiempo para encender chimeneas – razonó Su Ilustrísima – mas siento yo también un helor que de pronto ha llegado. Tal vez esto nos pase por las rogativas «ad petendam pluviam» que en toda España se han hecho porque vengan las lluvias e apaguen los terribles fuegos de Galicia. No es cosa de preocuparse – continuó – que aún nos quedan muchos calores que pasar hasta octubre; e de Sevilla no hablo”.
Y en bajando Marinín, incorporóse al grupo e siguió en sus tareas, mas pronto volvió a levantar la cabeza e dijo:
“Papá, en las claves que descifrasteis en algunos papeles aparecían claras dos fechas. Recordad que yo mesmo os ayudé a descubrirlas. Un año era el de 1540, que ya pasó hace mucho e…”.
Interrumpí lo que decía por no parecerme conveniente manifestar tales datos en presencia de todos:
“De tales cosas, si no os es estorbo, mucho hablaremos vos e yo cuando a solas estemos, que sobre esta primera fecha e la segunda he deciros todo detalle. Seguid agora lo que estáis haciendo e no dejad que el santo se os vaya al cielo. Personalmente corregiré los errores, si los hubiera, de las tareas de hoy”.
“Sin duda – comentó don Juan – tiene el niño razón, que más bien parece que queréis ocultarnos cosa alguna que un año habéis tardado en descubrir. E por otro lado, aunque en familia estemos (¡Dios no me oiga!), vuestro derecho tenéis a dejar que se sepan unas cosas e se callen otras, mas, si se trata de saber qué pasará en algún año venidero, he de deciros a todos, que ni siquiera sabemos lo que nos ocurrirá mañana, pues aunque Dios Nuestro Señor tenga trazadas nuestras vidas, ya veis cómo cambia el tiempo de caluroso a fresco en un día. E, además desto, nos deja a nuestro libre albedrío”.
E confuso Antonio por oír aquellas palabras, pidió la venia para hacer una pregunta:
“El pasado está escrito en la historia como ha ido sucediendo; el presente parece lo manejamos nosotros; mas ¿cómo pueden saber algunos qué va a pasar en los días venideros?”.
“A ciertos hombres e mujeres – dijo Su Ilustrísima – que hacen pasarse por videntes creo os referís. Preguntad a alguno dellos por vuestro porvenir e os dirá muchas cosas. Unas dellas es seguro que han de ocurrir, pues si os dicen que pronto conoceréis a alguien que cambiará vuestra vida, es seguro que no yerre; mas si pasado un tiempo no se cumple lo otro predicho, tomará el libre albedrío como arma para defenderse de su ignorancia”.
“Así me parece – apuntó Marinín -; que hoy, precisamente, que íbamos a los baños de agua helada de la ribera, se ha puesto el tiempo frío e lluvioso”.
E mirándolo sonriente por encima del libro, le dijo Marcos:
“Fijaos por dónde me he ahorrado dos viajes; uno para ir a buscar esos trajes de «ibuprofeno» y otro para llevarlos a Benaoján. E vosotros, habéis evitado tomar un buen constipado, que necesidad alguna había desos baños”.
“Jo, tío Marcos – dijo mi pequeño – a todo, lo malo e lo bueno, sacáis provecho”.
Así, concluí yo: “Abogado es e abogado ha de morir. Y en esto no yerro”.
En Grazalema y a diez y siete de agosto del año del dos mil e seis.


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