legó don Juan muy de mañana para pasar varios días con nosotros, e tomamos el desayuno, dimos nuestros paseos e sentados en el salón platicábamos al fresco casi a medio día, cuando entró Marinín corriendo e mojado e paróse frente a nosotros desnudo y temblando:“En la casetilla del jardín ha entrado, saltando la verja, un hombre que dice Fermín es aquí llamado «el patas» e dedícase a robar por las casas. Venid, capitán, que en vuestra casa han entrado a llevarse enseres”.
Con esto, me levanté sin priesa e salí al jardín e rodeé el borde de las aguas y, en llegando a la caseta que guarda ciertas herramientas, vi la puerta entreabierta y a ella asoméme con calma. Un joven hombre, un adán, buscaba entre las cosas allí guardadas, e le dije con calma:
“Acaso pudiera yo seros de ayuda en encontrar aquello que buscáis, que muy bien se dónde se encuentra cada cosa”.
E asustado, quedó inmóvil mirándome e dijo:
“Pensaba en esta caseta se hallaba algo que me pertenece, mas veo que he errado en mis cálculos”.
“No pienso halláis errado – le dije – que cualquiera cosa de valor que ahí dentro se halle, bien pudierais pensar es vuestra. Elegid aquello que os sea menester, mas hubiérame parecido más atinado llamaseis a la puerta principal e pidieseis permiso para tomarlo”.
“Señor – dijo confuso – perdonad mi intromisión, que el trabajo anda corto y el hambre se hace larga”.
“El hambre – aclaré – podréis satisfacer en esta casa, que sus puertas tiene abiertas al menesteroso. Venid conmigo e todo lo que necesitéis se os dará”.
Reticente, desconfiado, vino a mi lado aquel joven de apodo «el patas» y e la casa entramos, e siendo ya próximo el almuerzo, le dije a Cayetano buscase ropas nuevas e le diese aseo antes de sentarse a la mesa. E así dijo el joven:
“Aseo no necesito ni ropa alguna, que esto llevo siempre puesto e nunca nadie hame aseado”.
“Tal parece – apunté – mas si lo que necesitáis es llenar vuestro estómago, en esta casa podréis hacerlo siempre que queráis”.
Los presentes me miraron con extraño e los pequeños (cubiertos como yo les había enseñado) miraban desde el pasillo que da al jardín.
“Preferiría – dijo el joven -, agradecido de vuestra amabilidad, volver a la calle, que hay gente que me espera”.
“Nadie os va a impedir tal cosa; mas sabed que cuando necesitéis algo, sólo habréis de llamar a la puerta y se os dará”.
Salió el joven con presteza de la casa e, acercándose los pequeños, dijo Fermín:
“Acaso no sabéis que este hombre es «el patas» e que otro interés no tiene sino robar”.
E acercándome aún más a los pequeños, le dije:
“El intruso necesita las puertas cerradas, abrirlas sin ser visto e tomar lo que le parece de utilidad. Si abrimos nuestras puertas, le invitamos, e le damos lo que ha menester, deja de ejercer su oficio e se siente inútil. Abrid vuestras puertas a los intrusos”.
En Grazalema y a ocho de agosto del año de dos mil e seis.


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