17 agosto, 2006

Del frío, de la causa e del remedio

stando el tiempo cambiado, sirvióse una deliciosa sopa de Grazalema por hacer entrar el cuerpo en calor, mas, casi concluido el almuerzo, manifestó Su Ilustrísima:

“En verdad, en verdad os digo, que con el caldo caliente y el resto de las viandas, en calor me entraban los pies, e casi terminado el refectorio, vuelvo a sentir se hielan. ¿No tendréis por ventura alguna puerta o ventana abierta que haga corriente e llene la casa de aíre frío? Comprobadlo e, si no es así, bien harías en consultar con el arquitecto, no sea que este tal «lamparuche» os haya dado gato por dos buenas liebres, que siendo las vuestras casas más cercanas a la plaza, mejores negocios podrá hacer allí”.

“El vecino de dos casas más abajo – apuntó Fermín – paréceme a mí es arquitecto. Bien podría echar un primer vistazo e buscáis luego al que teníais contratado, capitán”.

“Algo así se hará – le respondí – que no es de razón andar con calcetas en pleno agosto e, siendo como es la casa, bien pudiéramos aprovecharla también en invierno aunque hubiese entonces que encender la chimenea”.

E pasado el almuerzo y la hora de la siesta, bajé dos casas a buscar a don Alfonso Chacón e con él di. E haciéndome pasar a su cálido salón por no quedar empapado, comentéle el tema, e dióme estas razones:

“No fui yo quién hizo la restauración desa casa, mas bien sé que tiene ese problema, que hasta más frío hace dentro en invierno que en el mesmo jardín; e dificultosa es de calentar”.

“Buenas razones me dais, pues, e hace ello que en vos confíe para que tal mal se arregle. Si este problema del frío conocéis, decidme cuándo y cuánto costarían los arreglos, que quiero también disfrutarla en invierno”.

“Esta mesma tarde, dentro de una hora, ¿sería buen momento para visitaros?”.

“Buen momento me parece – dije con gran contento -, que estando el cielo tan negro, cayendo esta lluvia e con esta obscuridad, creo no haremos ninguna excursión. E a un buen café estáis invitado o cualquiera otra cosa que gustéis”.

Así, vino el arquitecto a la casa a la hora prevista e, asomándose primero a la chimenea, advirtióme tenía el tiro abierto e lo cerró. E luego, mirando acá e acullá, propuso arreglar primero una parte del portaje de la casa porque la otra fuese habitable e, terminada esta obra, se concluiría el resto.

“Bien me parece el trazado y el presupuesto – dije -. ¿Cuándo podrían empezar las obras?”.

“A partir de mañana, vos decidís, que yo mesmo he de buscar al personal que haga los trabajos. E acertáis en comenzar agora, que aunque las obras no han de ser largas, os queda mucho calor del que huir en Sevilla mas sin venir al pueblo a pasar frío”.

E oyendo estas palabras don Juan, murmuró:

“¡A Dios gracias, mi casa no tiene estos problemas!”.

E volviéndome a él e hablándole muy poco en serio, le dije:

“Gracias a mí, tenéis aquella casa, Ilustrísima”.

En Grazalema y a diez y siete de agosto del año de dos mil e seis.

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