abía el hermano Federico que el capitán es persona de poco hablar de sus cosas, mas nos apuntó que, paseando por la mañana el hermano Ignacio por el Arenal, vio a un menesteroso yaciendo junto a la puerta de la capilla de El Baratillo.“Tomó – continuó el hermano -, siguiendo el ejemplo del venerable, a este hombre en sus brazos e llevólo muy de temprano al hospital. Maltrecho parecía, mas no tanto, que lavando el médico sus heridas, pareció comenzar a reaccionar”.
“¿Siempre hacéis – preguntó don Juan – la Caridad desta forma?”.
“No tal – contestó –, que lo que os digo es dificultoso. Mas estando el Arenal muy cerca de nuestra sede, así quiso hacerlo el hermano; e allí se halla”.
“Entiendo ahora muchas de las palabras del capitán – dije pensando en voz alta -, que nadie se entrega como a él mismo le he visto entregarse”.
Mas advirtiendo las palabras que acababa de decir aquel hombre, le pregunté de inmediato:
“¿Decís que allí se halla? ¿Quién, dónde? Decidme de quién habláis”.
“A todos los hermanos – dijo – nos extraña lo que dice el menesteroso recogido e la ropa que usa. Diríase que parece ser el capitán, mas eran sus ropas modernas e ricas, aunque muy deterioradas; y habla de su compañero e de su hijo. ¡Y el capitán jamás ha usado sino sus ropas antiguas, no tiene compañero e mucho menos le conocemos un hijo!”.
“¡Es él! – le dije seguro –. Es él. Al capitán habéis encontrado sin duda. Las cuestiones sobre la ropa o su hijo podrían aclararse más tarde, pero ¡llevadnos a ver a ese hombre!”.
“Caminando iremos – dijo el hermano –, que andan las calles de Sevilla todas levantadas como si una bomba hubiese caído y es mejor no mover el coche”.
En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.


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