sustado don Diego, dejó a los niños una pieza con Catalina e presentóse en el gabinete. Así pues, le hice resumen de lo narrado por Chuti e pidió, si ello fuese posible, estar presente en la visita del hermano Federico. Dije se encargase el servicio de distraer a los pequeños, e yo mesmo, les pedí fuesen obedientes por tener que haber nosotros asuntos de importancia que sólo los mayores debemos resolver. E siendo, como son, de natural obedientes, en juegos se pusieron con Catalina e las otras criadas del servicio.Oímos la campana de la cancela, que alguien agitó con fuerzas, e salió Chuti a ver quién venía, mas todos nos acercamos a las puertas de cristal por ver si ya llegaba el hermano; y allí vimos a un hombre canoso, de unos sesenta años, de no mucha altura e buen porte, que vestido con traje de colores obscuros, saludaba a Chuti: “Es él”, se oyó.
Volvimos a nuestros asientos y esperamos la entrada en la estancia. Chuti le abrió la puerta e lo hizo pasar con solemnidad: “El hermano Federico, del Hospital de la Santa Caridad de Sevilla”.
Así, nos fuímos acercando a él, saludándole con grande reverencia e presentándonos. E parecióme le sorprendió e le agradó ver allí a un sacerdote de los de sotana. Acabado tal protocolo, le pedimos tomase asiento e preguntó Su Ilustrísima (muy atinado) por el motivo de su visita. Así, este hombre habló parco:
“Sólo me han traído a esta casa malas noticias, pues aquí me acerco cuando uno de nuestros acogidos fallece porque el capitán asista a su humilde entierro. No es este el caso, que noticia ni buena ni mala traigo, sino cuestión que habría que aclarar”.
“Hermano – le dije –, exponed los hechos con calma e veremos qué es menester hacer”.
Hizo reverencia e comenzó su corta explicación:
“Háseme dicho, en la llamada, que el capitán aquí no se encuentra. Quisiera yo saber, viendo tanta persona reunida en su casa, por qué no está él aquí”.
“Mucho nos tememos – dijo don Juan – que alguien pretende hacer daño al capitán, e aún sabiendo es hombre fuerte e difícil de doblegar, ha desaparecido no ha mucho. Esperamos nos informe de su paradero la guardia, que seguros estamos seguirá salvo por muchos más años, si Dios Nuestro Señor así lo desea”.
Sonrió aquel hombre, que aunque de vestimenta seria, no era tan serio, pues agradóle lo dicho por nosotros. Con esto, dijo:
“Habréis de saber que cuando vinieron a España los momentos malos de guerra, vióse en la necesidad de disfrazarse de mendigo e menesteroso; y la Hermandad de la Santa Caridad le dio acogida unos años, que ha hecho este hombre tanto por nosotros como si hubiese continuado la labor de nuestro venerable don Miguel. Háseme dicho otrosí, que debería resolver algunos asuntos familiares, e desto quisiera yo tener alguna razón antes de dar las mías, si ello no os es estorbo”.
E sabiendo ya que la su voz era escuchada con mucho respeto, dijo Su Ilustrísima:
“Obispo de Ronda emérito soy, e yo mesmo he de daros aquestas explicaciones que pedís”.
“Monseñor – respondió el hermano –, permitidme os sea sincero, que viéndoos con esa sotana tan humilde nunca hubiese pensado sois obispo”.
“Por ostentar otros títulos – dijo don Juan con humildad – trátaseme como Ilustrísima, mas no digo esto por pediros así me tratéis, sino que quiero sepáis mi rama es de la nobleza e mis antepasados eran tíos del capitán; así pues, él me considera su tío como hermano de su padre”.
“¡Cosa tal no he oído jamás!”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario