use a los niños algunas ropas frescas tras el baño preparándolos así para ir al hospital a que le fuesen quitados los puntos cosidos a la tripa de Marinín. Al patio salimos al punto e por allí andaba Chuti ordenando muebles, preparando la vela e limpiando la fuente. Le dimos los buenos días e nos advirtió no tardásemos en volver, pues habría de ser día de mucho calor en Sevilla. En una pieza corta, hizo aparición también Su Ilustrísima e también a todos nos dio los buenos días e así, nos sentamos cerca de la puerta del comedor por esperar a don Diego, que partiría ya para Ronda.Todos en el patio ya, pasamos al comedor a desayunar e vi jugar bajo el mantel de la mesa a Marinín con alguna cosa. Al instante, oímos sonar la música del móvil del capitán a lo lejos:
“¡Dios Santo! – espetó don Juan - ¿Qué es esto que hame puesto los vellos de punta?”.
“Lo siento, tío Juan – dijo el pequeño –, he dado aviso al teléfono de papá por saber si respondía, mas ya veo que su móvil en la casa está”.
“Raro es esto – le dije – que pensé lo llevaba consigo cuando fue a los almacenes”.
“Así lo creí yo – dijo don Diego – que aunque sé no lo usa a diario era ocasión para llevarlo”.
Desta forma, le dije a Marinín volviese a dar aviso e yo iría a encontrar su paradero; e así hizo el pequeño e, saliendo a priesa al patio, lo oí sonar en nuestra estancia; y en ella estaba sobre la pequeña mesilla de su despacho e junto al estuche portátil, mas no lo había visto allí antes.
Volví de espacio al comedor atravesando el patio e oí entonces sonar el móvil de Chuti, pensando Marinín hacía pruebas también con él. En el comedor me entré e fui a sentarme, cuando contestó Chuti al llamado que tenía con gesto de sorpresa por no saber, quizá, quién le daba aviso.
Estuvo oyendo a quien llamaba, mas no decía palabra alguna; sólo recuerdo un “no”. Despidiese y excusóse por haber una corta plática aparte conmigo; y esto fice e con mucho temor, que ya me esperaba malas noticias:
“Don Marcos, la llamada recebida no es corriente, pues era aviso del hermano don Federico, de la Hermandad de la Santa Caridad a la cual pertenece el capitán desde el siglo XVII. Hame pedido no hablase e preguntado si el hermano Marino aquí se halla e luego me ha dicho esperemos su visita a lo largo desta mañana, que el Hospital de la Caridad no está lejos”.
“De lo que habláis – le dije – vive Dios que no entiendo palabra, pues nada desta hermandad se me ha dicho”.
E pensando un poco sus palabras, dijo luego:
“Sólo se me ocurre una idea. Dejemos, si ello es posible, a los niños con don Diego e pasemos al gabinete donde os narraré algo desta historia antes de recebir tan importante visita”.
“Sea pues – le dije –. Hagamos esto presto, mas no demos señales de nerviosismo. Yo diré a don Diego entretenga a su nieto e a mi sobrino; él es hombre de razón e sabrá comprenderlo”.


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