30 agosto, 2006

Del encuentro con el capitán en el hospital (2/2)

e negaba el doctor a llevarlo cual estaba a su casa mientras él insistía en que no había motivo de preocupación. Desta forma, nos apartamos todos del lecho e acercóse Su Ilustrísima e tomóle la mano:

“Sobrino, qué susto nos habéis dado a todos. Mas veo que Dios os quiere con nosotros ¿Queréis confesión? Decidme qué necesitáis”.

E todos salimos de la habitación e restaron ellos solos hasta que saliendo don Juan nos dijo:

“Creo nada hay que temer. Mal lo ha pasado, pero todo se acabó. Cuando el doctor lo crea, o lo vea conveniente, debería ir a casa, que es lo que mejor podría curarle. No temáis; es el mismo que antes”.

No entendía muy bien el doctor la seguridad que había aquel extraño sacerdote en la palabra del enfermo, mas, dejó bien claro, que una vez saliese del hospital, él no se haría responsable de cualquier dolencia que hubiese.

“Así debería hacer yo con los que a mí acuden enfermos del alma – le dijo Su Ilustrísima -.

Vinieron muchos ancianos (algunos con grandes problemas para moverse) e todos ellos querían ver al hermano Marino.

“Apartaos, apartaos – les dijo el hermano Federico – que el hermano Marino ya ha vuelto y está repuesto. En pocos días vendrá a visitaros como siempre e os traerá una sorpresa, pues hame dicho un pajarito que tiene un hijo de siete años que ha de haceros felices un buen rato”.

En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.

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