os llegamos por la calle que llaman Dos de Mayo hasta una pequeña que queda a la izquierda, la Calle Temprados, donde se encuentran la Capilla de San Jorge y el Hospital de la Caridad. Pasando por la Calle Dos de Mayo, nos indicó el hermano Federico que los edificios que allí se veían no eran sino las antiquísimas atarazanas que construyera don Alfonso X el Sabio e que utilizara más tarde don Miguel Mañara como naves para el hospital hasta su construcción más moderna.“¡Dios Santo! – dije al ver la capilla –, que cosa así no esperaba en lugar tan escondido”.
“Sabed – dijo el hermano – que si el exterior os impresiona, ha de dejaros mudo lo que contiene, que no es sino la mejor muestra del arte barroco que se conserva en el mundo”.
Pasamos un tramo y cruzamos una antigüa puerta donde había un hombre guardia vigilante que saludó con respeto al hermano e nos dio paso franco. Del interior de aquel sitio aún no quiero hablar, sino que fuimos hasta una habitación como la de un hotel e, avisando a una criada, entramos en ella. En la cama se hallaba un hombre de espaldas. ¡Era el capitán! Volvióse al punto al oír el ruido e, mirándome, rompió en llantos: “¡Marcos, Marcos, sois vos! ¿Dónde está mi pequeño Marino?”.
“Tranquilizaos, capitán – le dije acercándome a él e tomándole la mano –. Aquí me tenéis a vuestro lado y no debéis haber cuidado por Marinín, que en la casa está como siempre ha estado”.
“¿No lo habéis traído? – dijo – ¡Quiero ver a mi niño!”.
La cara del hermano Federico iba cambiando en cada momento, mas, sacando fuerzas quizá de donde no las había, acercóse al lecho e le dijo:
“Hermano Marino, no es este lugar ni momento para traer a vuestro hijo. Esperad un poco, que pronto estaréis otra vez en casa y a salvo”.
El doctor que lleva el hospital, acercóse también a la cama e le dijo con mucha calma:
“Hermano, no excitaos. Habed calma, pues todo va bien. Me gustaría, si dais vuestro consentimiento, trasladaros al Hospital General sólo por saber si habéis daño interior; ya sabéis desto. No quiero huesos rotos”.
“Puedo aseguraros – contestó con gesto grave – que no hay hueso en mi cuerpo quebrado ni parte interna dañada. Dadme un remedio para el dolor e otro para las heridas e partiré para mi casa”.


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