25 agosto, 2006

Del embeleso de Su Ilustrísima por las aguas

u Ilustrísima miraba la superficie apacible del agua de la piscina, pues estaban los chicos en la casa con Marinín, e a su lado me senté un rato e le dije:

“Raro me parece no veros en lecturas; alguna cosa habréis en la mente, e mirad que observar el agua tranquiliza”.

“Así parece – dijo – e creo que ya no pasan las golondrinas a beber en su vuelo raso. Aviso de que se nos va el estío. En esto pensaba; en que ya queda poco para que llegue septiembre e otro poco para que entremos en otoño. Mucha aventura (no muy agradable) hemos vivido en estos días, mas las que hemos gozado juntos e con los niños, me hacen olvidar los malos ratos”.

“Para el día uno – le dije - , y ya sin más dilación, quiero mudarme a Sevilla. No penéis por dejar de ver a vuestro niño, que bien sé lo echaréis en falta, pues vendremos por la sierra siempre que sus clases se lo permitan. E también estáis invitado a pasar en casa cuanto tiempo queráis, que sé tenéis mucho de sobra. Tomad un buen paquete con libros e veníos a veces por seguir educando al niño, que en eso me complazco”.

“Las obras que hacen en esta casa – comentó don Juan - no son molestas agora para Marinín ni para nosotros e no impedirán gozar del descanso destos pocos días que faltan. Luego, habrán de construir las ventanas nuevas, que según me han dicho, irán dobles por evitar tanto el calor como el frío. Cuando volváis algunos días seguidos, ya todo estará acabado. Veréis como la casa se hace confortable”.

“Creo miráis el agua añorándola – continué – e no porque nos vayamos, sino porque no os habéis sumergido en ella. Mirad que un baño es muy bueno para todo el cuerpo”.

“¿Qué decís? – preguntó casi asustado - ¿Acaso pensáis que desearía nadar en la piscina?”.

“Eso pienso, Ilustrísima – le afirmé – que no veo raro que un cura se sumerja en el agua; a diario os aseáis según me parece. Tal vez, agora que los críos rodean a Marinín en su lecho e juegan dentro, podríais aprovechar…”.

“No creo que nadie hubiese en esta casa unas calzonas de mi talla – contestó como excusa – e ¡no pensaréis voy a bañarme vergonzosamente como los hacéis todos!”.

“Erráis, mi ilustre tío; que tengo calzonas, e de colores discretos, para vos. ¡Bañaos!”.

En Grazalema y a veinte y cinco de agosto del año de dos mil e seis.

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