asó el resto de la tarde entre el almuerzo e las pláticas, mas nadie osó mencionar cosa alguna de lo visto, bien por temor a que don Diego le reprendiese o bien por propia condición; que tal cosa me pareció, pues de lo visto no quería yo hablar.A buena hora volvimos para que Su Ilustrísima fuese a la misa vespertina de las ocho, mas, nos dijo esperásemos en la plaza una pieza, entró en la iglesia a ver a alguien e, saliendo luego muy quedo, dijo podíamos volver a Grazalema.
Apenas hubo comentarios en el camino de vuelta, sino aquellos que los niños suelen hacer, pues cada uno dellos llevaba en su bolsillo una piedra de cuarzo, cuyo brillo, me hacía pensar que alguna otra cosa contenían además del cuarzo.
E tomando un mechero (destos modernos que mecha no tienen) puse sobre la llama mi piedra e noté que, levemente, cambiaba de forma. Sólo el carbono puro del diamante arde y el cuarzo queda; mas desto no hice comentario.
Llegados a la casa, sonaron las chirimías del móvil de Marcos e vi hablaba algunas cosas que yo no podía entender, mas pregunta alguna le hice de lo hablado ni de quién le dio aviso; y él nada dijo. Mas, al poco de aquel llamado a Marcos, sonaron las chirimías de mi móvil, e abriéndolo, encontré un corto pero misterioso mensaje:
“Lugar localizado”.
No entendiendo muy bien lo que quisieran decir aquellas palabras, pasé el móvil a Marcos por que lo leyese e, volviéndose de espaldas, llevóse las manos a la cabeza:
“¡Dios Santo! – dijo – Los que querían saber el secreto creen ya saben dónde está”.
En Grazalema e a diez y nueve de agosto del año de dos mil e seis.


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