olvimos en derredor hasta donde estaban todos, e advirtió don Diego en alta voz:“Vamos a bajar todos a ver el lugar de cerca, mas debéis hacerme caso, que nadie debe acercarse a las aguas a menos de un metro. Cuídense los mayores de que los pequeños no se separen. Por la senda difusa que rodea al valle daremos un paseo e luego, pararemos unos minutos bajo la encina. Después desto, rodearemos otra vez las aguas hasta venir a este lado. No penséis hay nada que esconder, sino que estas aguas son venenosas; el paseo es pues para que todos vean que dentro de una sierra que todo el mundo conoce hay un lugar que casi nadie conoce. Daos por privilegiados e, eso sí, os pediría no hicierais comentario alguno a nadie del lugar que vais a visitar, sino que lo disfrutarais para vosotros mesmos e tomarais en vuestras mentes las imágenes de lo visto. Vayamos todos pues”.
Con esto, bajamos en grupos pequeños e seguimos la senda que llevaba don Diego hasta la encina; e oíanse (en voz muy baja) comentarios sobre las plantas que allí había, pues estando a mediados de agosto, más nos parecía vivir un día de primavera. E llegados que fuímos bajo la encina, paróse don Diego e nos dijo observásemos ciertos promontorios en la tierra:
“Tumbas son, sin duda – dijo entonces –, mas ni mis antepasados ni yo hemos querido saber qué o quién hay en su interior. Observad agora la fuente, que no cesa de manar; e tras ellas podéis ver un cántaro que ha de tener muchos años e casi intacto se halla. Usábase éste, según he conocido, para beber esta agua, pues decíase que tenía poderes; mas hase analizado recientemente e no sería muy atinado beber un trago della, pues parece ser venenosa o hase convertido en venenosa, mas el cántaro parece indicar que era bebida muy a menudo”.
Luego desto, rodeando la fuente por su parte trasera e cerca del cántaro, volvimos a la puerta de la cueva, tomó don Diego las lámparas e volvió a encenderlas e a repartirlas. Así, tomamos el camino de vuelta, que (esto no puedo asegurar) me pareció mucho más corto e diferente al tomado antes a la ida.
Salimos a la sala principal, se apagaron las luces e puso don Diego las lámparas donde se hallaban, cerrando con un sonido seco el candado de la alacena; y este sonido se humedeció reverberando en la sala. Salimos luego de allí al cálido clima de la Serranía, cruzamos entre los árboles e volvimos a bajar hasta donde se dejaron los coches, e tomando éstos, volvimos por la senda que nos llevó a la entrada; e allí estaba otro coche con los criados para servirnos el almuerzo:
“¡Dios Santo! – espetó don Juan -, que de no saber que con mi propio cuerpo he estado en tal lugar, diría sólo existía en mi mente”.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario