lgún tiempo quedamos mirando aquel pasillo, que era maravilla de ver, mas recorrimos entre luces e brillos más de treinta metros hasta observar que del fondo venía algo de luz natural. Marinín apretaba mi mano y su cuerpo al mío; e más me pareció hacía aquello por recordar ciertas historias que por miedo o asombro. Así mesmo, y casi en la penumbra, me pareció me miraba don Juan con grande espanto.“Dicen algunas tradiciones – habló en el tramo final don Diego – que la primera parte del pasillo de la cueva estaba cubierta de piedras preciosas e que fueron arrancadas, quedando así sólo esta parte de cuarzo. Mas si he de deciros la verdad, fantasía me parecen las tales tradiciones. Salgamos por la otra puerta”.
Subiendo una pequeña pendiente húmeda fuimos saliendo al aire libre e fue don Diego recogiendo las lámparas. E la mía fue la última. E mirando luego al frente, fui yo el que apreté a mi hijo contra mí, pues bajando una pequeña pendiente, había un no muy grande valle en cuyo centro se encontraba una alberca cuyas aguas se llenaban de una fuente que al otro lado se encontraba; y a la derecha, en un pequeño llano frondoso e muy verde, veíase un grande e añejo árbol que parecía una encina.
“¡Dios Santo! – murmuró don Juan -, que este lugar paréceme haber visto en algún rincón de mi mente”.
“Yehuda Halevi – dijo Marinín con la mirada perdida -. Es el sitio”.
E por quitar importancia a lo que estábamos viviendo, dije sin preocupación:
“Bellísimo es el lugar, que bien pudiérase poner como estos que ponen hoy de visita e hay que pagar para poder contemplarlos”.
Mas en el fondo de mí había algo que me hacía estremecer, cuando dijo don Diego:
“Quedaos aquí todos un momento, que quiero vea el capitán primero algunas cosas”.
E haciéndome unas señas, le seguí. E dimos la vuelta al estanque por su derecha pisando hierba fresca como en invierno e, llegados a donde estaba la fuente, observé se escondía tras de ella un cántaro, e así dijo:
“Nunca deben beberse estas aguas, según me han dicho los físicos, pues pueden producir grandes males e incluso la muerte por no ser pura. No dejemos pues a los niños ni siquiera mojar sus manos en la alberca”.


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