orto fue el viaje e revuelto, como otras veces, mas al entrar en la finca, no nos detuvimos en la arboleda de la entrada, que es la que se encuentra cerca de la cerca que da a la alberca, sino que seguimos por un camino pedregoso y estrecho que en algunos momentos llegaba a estar cubierto por las ramas de los árboles, como si por un corredor de tenue luz e fresco pasásemos. Se abrió el camino, recorrido un buen trecho, e vimos una a modo de plaza natural; e a su lado diestro, bajo unos árboles, dejamos los coches. E fue entonces cuando apercibíme de que venía la comida e la bebida con nosotros e no venía servicio; todos los criados quedaron en la casa.Era el aire fresco e limpio, como sólo en la Serranía puede respirarse, y esto lo delataba un grupo de pinsapos que al fondo hacían una pared. Advirtió de seguido don Diego que nadie encendiese fuego alguno e dejamos bien cerrados los coches.
Subiendo luego por una trocha, que extrañamente frondosa e verde se hallaba, llegamos a un pequeño descanso en la ascensión e nos dijo don Diego mirásemos la vista que de Ronda había desde aquél escondido o arcano lugar. Luego, advirtiéndonos entrásemos entre algunos pequeños e frondosos árboles, vimos frente a nosotros un hueco en la piedra como cueva. E no era otra cosa, pues a ella nos acercamos e nos explicó don Diego que aquella boca tuvo tiempo ha una reja traída de algún lugar que desconocía, mas trasladada a otro sitio, quedó la entrada franca. Agachando un poco la cabeza (los mayores) entramos en una a modo de sala muy húmeda e fría e obscura, mas cuando nuestros ojos hubieron costumbre de aquella obscuridad, vimos era el techo bien alto e lleno de pequeñas estalagmitas e tenía la sala un diámetro de unos quince metros. En la parte diestra de aquella sala, tenía don Diego una antigua alacena de madera vieja cerrada con buen candado e, acercándose a ella, la abrió produciendo un sonoro eco de metales que parecía melodía. Sacó de allí hasta tres lámparas de carburo e, preparándolas con esmero, tomó una e nos dio una a Marcos e otra a mí.
Hicimos grupos para recorrer el corredor que nos esperaba, de forma que iba primero don Diego con su esposa, tras ellos Marcos con Diego Jesús e Fermín e, cerrando la comitiva, mi hijo e yo con don Juan.
Recorrimos obra de veinte metros en la obscuridad viendo en las paredes e techos caprichosos dibujos producidos por el agua durante siglos, mas, al acercarnos a un recodo de aquel pasillo, comenzaron a brillar las paredes de forma que todos quedamos mudos e dejaron de oírse los ecos de las voces e de las pisadas. E se oyó en el silencio la voz de don Diego:
“No asustaos; nada extraño estáis viendo, sino que las paredes están cubiertas de cristales de cuarzo. Cuando volvamos, una pieza de ellos arrancaré para que la llevéis de recuerdo de este diez y nueve de agosto”.


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