19 agosto, 2006

Del descubrimiento de un paraíso (1)

emprano partimos para Ronda por la carretera que dicen «del monte» y que al puerto de Montejaque llega. E tomando luego la otra (que tienes menos vueltas en tan poco sitio), fuimos a la casa e saludamos a todos e nos dieron las nuevas (que pocas o ninguna había). Aprovechó aquellos momentos Marinín para mostrar a Fermín algunas de sus cosas, e Diego Jesús les seguía con gran contento e muy quedo.

Ya en la casa de don Diego (que más que casa parecióme galpón de gran lujo), nos invitó a pasar al salón que en la planta baja se halla y en él entrando, dijo Su Ilustrísima:

“La misa matutina no hemos oído allí ni aquí la oiremos. Pronto habrá que volver del campo por llegar antes de las ocho”.

Y en oyendo esto, le dijo don Diego:

“La misa vespertina del sábado bien vale para la del domingo. Os aseguro que no querréis volver temprano por estar aquí a esa hora”.

“Olvida vuesa merced, don Diego – contestó don Juan -, que como sacerdote que soy es mi deber la misa diaria; mas ya veremos cómo lo hacemos, que tampoco quiero fatigaros con mis obligaciones en día que como presente por delante nos ponéis”.

E miraban los niños a los techos e las paredes; a los primeros por tener artesonados que en pocos sitios podían verse; en las segundas, por estar cubiertas de tapices de colores maravillosos e motivos misteriosos. Más me parece a mí que anduve yo observándolos que ellos mesmos.

Sentados luego en unas a modo de poltronas, se nos sirvió algún bocado e, como siempre, fue gran contento para Su Ilustrísima. Explicó entonces don Diego que el tal paraje que íbamos a visitar poca gente lo ha conocido e poca gente lo conoce e que, si en algún momento fuera nuestro deseo hacer más corta la estancia, fuese avisado e volveríamos a la ciudad tras el almuerzo.

Extrañas me parecieron aquellas palabras de don Diego, pues advertencia me parecieron de ir a ver un lugar un tanto extraño.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario