erminados los aperitivos, anduvimos hasta la casa e teníamos otro desayuno preparado. Reparos no le puso el inspector ni tampoco Su Ilustrísima ni tampoco los niños; así nos sentamos en el comedor e hubo tiempo para luengas pláticas, tanto, que salieron los críos a jugar al patio e comenzó el inspector a hablar más claro:“Alguien que os quería muerto por evitar – quien sabe – algunos entuertos, bien vivo os quiere ahora. El motivo se me escapa; sólo sé que esta gente se halla en Madrid y es dificultosa su búsqueda”.
“Así pues – le dije – los que muerto me querían vivo me quieren ahora. Alguna cosa ha cambiado en mí que les ha hecho cambiar a ellos”.
E mirándome con gravedad, dijo a media voz:
“Algo tenéis ahora que antes no tenías. E con esto no me refiero a cosas materiales, sino a conocimientos. Yo pensaría en qué cosa sabéis ahora que antes no sabíais”.
E no quise decir nada, pues al leer las cartas de mi tío don Álvar (e con una buena ayuda de Marinín) había descubierto ciertas cosas que nadie sabía; ni siquiera mi compañero Marcos, a quien debería darle disculpas sino fuese por la importancia de lo descubierto.
“Métodos nuevos tienen agora estos para saber cómo encontraros – dijo el inspector - , que sabiendo cuándo os movéis, fácil es dar con vos. Dadme permiso para mirar vuestro coche, pues cuando lo movéis de sitio, ellos comienzan sus búsquedas. Y estas búsquedas se realizan desde Madrid”.
E tomándome luego aparte Marcos, dijo estas palabras:
“Nadie en Madrid sabe cosa de vos sino vuestro sobrino Fernando. Perdonadme si me he equivocado, pero no hay otra cosa que dé más vueltas a mi cabeza: Amnesia”.
En Grazalema y a quince de agosto del año de dos mil e seis.


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