ran para mí los viajes más cortos e más placenteros. A Sevilla llegamos entrando la noche, hubo gran recibimiento e dijo Chuti que si tenía pensamientos de poner un colegio de acogida para chicos, pues viendo agora a Fermín se sintió feliz. Fue corta e pronta la cena e fuimos todos a descansar esperando el día de la procesión. Y estando ya en la cama, comentó soñoliento Marcos:“Bien se ve que mantenéis el aspecto antiguo de la casa e cuidáis las comodidades de los dormitorios, mas, ¿por qué tienen todos una sola cama?”.
“Sencilla es tal explicación – le dije – que si dos personas duermen juntas es porque no se odian. Habitaciones tengo, de sobra, para separar a las que no puedan estar juntas”.
Y entre risas, apuntó:
“En tal cosa acertáis, que siendo estas camas las más anchas que haya conocido jamás, hasta los tres niños dormirán juntos”.
“Así es – repuse – e bien cómodos; que cama les sobra para dar vueltas en toda la noche”.
E después desto se apagaron las luces y en sueño entramos hasta oír las campanas de la Giralda llamarnos. Nos aseamos e nos pusimos las batas e, desta forma, fuimos a asear a los niños, que aún siendo tres, bien cabían en el baño. Les pusimos sus mejores ropas e volvimos al dormitorio a ponernos nuestros atuendos. ¿Quién iba a decirme a mí que saldría una mañana de agosto a ver a Nuestra Señora en ropas modernas?
E ya todos reunidos en el patio, vino Chuti a avisarnos de que el desayuno estaba servido:
“¡Nada de eso! – dijo Su Ilustrísima – O ¿acaso no sabéis que hasta después de la misa hemos de restar en ayuno?”.
“Ilustrísima – dije con calma –. Desde ahora hasta la comunión mucho falta e, terminada la procesión tomaremos alguna cosa en el Bar Giralda, que bien sé os place”.
“Así sea – dijo por no despreciar tales manjares – que tiempo habremos hasta la comunión que ha de impartir Su Eminencia. Sea desayuno leve”.
E tras dar buena cuenta a dulces, tostadas, café, leche, e algún otro manjar, partimos hacia la catedral.


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