enos de una hora tardó una criada en traer una bandeja con alimentos para el nuevo amigo de mi niño, y éste, debería guardar ayuno algún tiempo por el remedio puesto para su cólico. E cuando el pequeño compañero vio la bandeja llena de viandas sencillas, me miró e sonrió diciendo:“Mire señor, que mucho apetito no tengo, mas un esfuerzo haré por comer algo de lo que aquí viene”.
E sus padres se miraron primero con grande asombro, e luego me miraron a mí. Viendo que el pequeño comía algo de lo que yo le daba con la cucharilla, vino su madre hasta nosotros, se colocó a mi lado e me miró confusa diciendo:
“¡Esto que veo no han de creerlo los médicos!”.
“Señora – le dije con mucho respeto – no penséis que un pañuelo atado al cuello abre el apetito; tampoco la cruz en él bordada. Pensad en que en su interior lleva un remedio que yo mesmo he preparado y que, si Dios Nuestro Señor lo cree conveniente, vuestro hijo mañana comerá con más normalidad. Dadle ahora ocho días y ya os dirá el médico qué debéis hacer con él. ¿Me haréis caso?”.
E no hubo respuesta, sino una mirada donde se veía que no podía creer lo que estaba viendo. E dijo luego:
“No sé quién sois, pero, si sólo aliviáis el mal que aqueja a mi hijo, he de agradeceros esto durante toda mi vida”.
En Ronda y a veinte y dos de agosto del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario