22 agosto, 2006

Del cólico miserere e otros asuntos (3)

ntregóme don Juan un pañuelo de fino hilo, que una cruz de tenue color llevaba bordada, dije a Marcos mis intenciones, pedimos permiso al médico para poner aquel pañuelo al pequeño e salimos con priesa de Ronda buscando la finca de don Diego. E Marcos no entendía muy bien lo que hacía:

“¿A la finca de don Diego? – preguntó - ¿No pensaréis tomar aquellas aguas e dárselas a un pequeño que poco remedio tiene? No os entiendo a veces, capitán”.

“Ni vamos a tomar agua alguna, ni voy a dar bebedizo a este niño, sino que sabiendo que en la finca de don Diego puede encontrarse cierta planta, voy a buscarla. Pensad en vuestros problemas ahora e resolvedlos e dejad resuelva yo lo que creo puedo resolver”.

E a esto no hubo respuesta alguna, sino que fuimos al lugar que le dije, tomé las plantas e piedras que me eran necesarias e, vuelto de espaldas a Marcos, sobre una roca, preparé mi remedio.

Con esto, volvimos al hospital y, entrando en aquella estancia, hubo gran alegría de mi pequeño e con él estuve hablando una pieza e le dije que, así como los médicos le habían curado, quería yo poner remedio a la enfermedad del otro niño. E riendo e apretándome la mano, me dijo:

“¿Sabéis cómo se llama este nuevo amigo? ¡Vamos, adivinad!”.

E no sabía que pensar.

“¡Marino! – dijo a media voz y cerca de mi oído - ¿Buscáis acaso siempre a gente que tenga vuestro mesmo nombre?”.

Estas manifestaciones me dejaron mudo e, pidiendo la venia de sus padres, me acerqué a aquél «nuevo» Marino e le dije le iba a colocar una banda especial en derredor de su cuello e que si en pocas horas no le abría el apetito, podría quitarla. Así, el niño, me dejó poner la banda en su cuello e luego esperamos una pieza en la estancia e me dijo la madre:

“¿Sois brujo o curandero? Veo lleva ese paño una cruz bordada”.

En Ronda y a veinte y dos de agosto del año de dos mil e seis.

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