n un salón lleno de sillas con personas que llevaban en sus caras el símbolo de la tristeza, esperamos una buena pieza. Di luego órdenes al servicio de Grazalema por teléfono, de forma que se sirvieran la judías a Diego Jesús, Fermín e Antonio e que dellas comiesen ellos cuanto les apeteciese. Así mesmo, les dije no deberían preocuparse por lo que estaba aconteciendo, pues ya Marinín se encontraba en manos destos médicos modernos (aunque poco dellos me fío).Hasta siete horas pasaron, cuando entró en la sala un hombre vestido de verde e levantóse Marino por ver qué decía. E volviéndose luego a mí e apretando mis manos, me dijo que Marinín estaba ya fuera de peligro e que podíamos subir a verle a su habitación. Con esto, entramos en una pequeña sala a modo de dormitorio donde había dos camas; y en una dellas estaba mi niño sonriendo. Acercándome a él le tomé con sumo cuidado entre mis brazos e me dijo estaba bien. Unos tubos colgaban desde una barra de hierro y entraban en sus venas, pero él sonreía.
Desta forma, estaba el otro pequeño que en la otra cama se hallaba, mas, al mirarle con detenimiento, vi en sus ojos la enfermad que estos médicos no curan. Hablamos una pieza con sus padres, que sentados en unos sillones, allí se encontraban desde hacía más de un mes. E, pidiendo la venia primero a su padre e luego a su madre, acerquéme a él e toméle la mano:
“Mucho tiempo lleváis aquí, según se me dice. ¿Cómo os sentís?”.
“Unos remedios han puesto que me han quitado los dolores, señor, mas comer no puedo”.
“¿Estáis seguro? – le pregunté - ¿Y si yo os dijese que os pongo un remedio que os abre el apetito? ¿Me creeríais?”.
Sonrió el pequeño, me miró profundamente a los ojos, apretó mi mano e miró luego a sus padres.
“¡Esperad! – le dije – que a buscar ciertas cosas voy que no sólo os abrirán el apetito, sino que en pocos días, os llevarán a casa”.
Sonreía el pequeño sin saber si lo que yo decía era cierto e me acerqué a don Juan discreto:
“¿Traeríais un pañuelo o cualquiera otro paño que pudiese usar… como bufanda?”.
“¿Qué cosas decís, capitán? – respondió con extraño –, traer, traigo pañuelo, e con cruz bordada, mas ¿para qué queréis esto agora?”.
“Dádmela, por Dios, e no preguntéis en este momento, que ya sabréis para qué he de usarlo e, si os es menester, os será devuelto”.
En Ronda e a veinte y dos de agosto del año de dos mil e seis.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario