22 agosto, 2006

Del cólico miserere e otros asuntos (1)

legado que fue el medio día, cerca de las doce, vino Marinín a mí casi en llantos, desnudo e mojado:

“¡Papi – exclamó – la tripa me duele! ¿No podréis hacer algo por remediar esto?”.

E al poco de decir estas palabras, vomitó e me pareció verle mareado. Así pues, púsele la mano en la frente e me pareció ardía. Toméle en mis brazos e llevélo al salón e allí lo puse cómodo; e como insistía le dolía la tripa, puse mis manos en su vientre e vi algo que me hizo sentarme en el mesmo suelo: ¡la muerte viene!”.

“¿Qué os pasa? – preguntó Marcos – Acaso lo que tiene el niño no es más que un cólico. Dejadle reposar e que arroje lo que hale hecho daño; el ayuno también le hará bien”.

“No es aquesto que decís, Marcos – dije cuando llegaba don Juan – que poniendo mis manos sobre él he visto tiene un mal que yo no puedo curar e que ha sido llamado durante mucho tiempo «el cólico miserere»; y es mortal”.

“Mirad – dijo don Juan – que la medicina de agora cura cosas que antes no eran curables, aunque vos curéis cosas que la medicina de agora no cure. Esa enfermedad que nombráis es agora remediable, mas deberíamos llevarle con presteza a Ronda. Un minuto, un sólo minuto, puede salvarle la vida. Paréceme, tal como decís, lo que llámase apendicitis”.

“Envolvedlo en algo e tomadlo en brazos – gritó Marcos –. ¡Sacadlo a la calle que he de tener presto el coche!”.

Desta forma, en el asiento de atrás del coche, llevaba yo a mi pequeño sobre mis brazos y en los asientos que delante quedan, iban Marcos e don Juan, que miraba casi constantemente atrás por ver cómo iba el pequeño. Es Marino niño de gran aguante e poco quejóse en el viaje hasta el hospital que en Ronda se halla e, al llegar a la entrada déste, salieron hasta siete personas preguntando qué ocurría. Lo arrancaron de mis brazos e lo llevaron”.

Abrazándome Marcos al verme en llantos, me dijo:

“No penéis, capitán, que tal he visto la color de sus labios, aún no parece haber llegado la enfermedad al punto de peligro. Tranquilizaos. Dejad haced las cosas a estos hombres e veréis a vuestro hijo salvo en pocas horas. ¡Creedme, por Dios!”.

En Ronda y a veinte y dos de agosto del año de dos mil e seis.

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