n el coche de la guardia fuimos llevados con escolta hasta el hospital, entramos por una puerta trasera e, tras recorrer numerosos pasillos de olores fuertes e penetrantes, llegamos a una sala con la puerta de metal brillante. Paróse frente a ella el jefe, e nos dijo:“Señores, este es el depósito de cadáveres. A las cinco víctimas se les ha practicado la «autopsia» (se me aclaró esto más tarde), e no hay señal en los cuerpos de violencia alguna, sino que parecen haber tomado las aguas por propia voluntad, pues tampoco hemos descubierto huellas que indiquen que alguien más hubiese allí e les obligase al suicidio. Comprendo, capitán, que aunque habréis visto cosas más desagradables que esta, lo que vais a ver no os guste mucho, pero nos sería imprescindible si pudiere averiguar quien es alguno dellos, o todos”.
E viendo yo la cara que se iba poniendo a Marcos, le pregunté al guardia jefe:
“¿Es también imprescindible entre mi abogado? No quisiera pediros le evitarais ver estas cosas, mas es posible que alguien tenga que sacarlo desta sala a orzas, que estas cosas le impresionan”.
E mirándonos a entrambos unos segundos, me dijo:
“Mucho me temo, capitán, que don Marcos debe entrar, pues si vos no reconocéis a alguno, tal vez él sí lo haga, e desto ha de dar fe”.
Y en diciendo esto, oímos un fuerte golpe e vimos el cuerpo desmayado de Marcos en el suelo.
Llevaron el cuerpo a alguna sala e, pasada una pieza, salió de allí por su propio pie (del color del mármol, mas andando). Habíanle puesto los médicos un remedio para calmar sus nervios e veíase dispuesto a colaborar en aquella desagradable labor.
Con esto, ordenó el jefe a un médico abriese la puerta, e recordé las palabras de Marinín: “Donde hay fantasmas hace mucho frío”.


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