26 agosto, 2006

Del aviso que cambió parte de nuestra incógnita (y 5)

cuando despertó Marcos casi del todo hizo este razonamiento:

“Veamos, capitán. Supongamos que no os confundís con otro hombre que no es doctor. ¡Éste, es forense! Debería saber (o haberse asegurado) de que las aguas no eran venenosas. Por otro lado, vuesa merced aún no conocía la existencia del tal lugar e dél no le hablasteis. ¿Quién le ha dicho entonces que viniese a Ronda, a ese lugar casi oculto, a beber esas aguas?”.

“Dos cajones quedan aún por ver, Marcos – le dije –. No preocupaos que yo los miraré con sumo cuidado e, si hubiese alguien más conocido, os lo haré saber”.

E con esto volvimos a la sala e vi el cadáver de la puerta 4 y el de la 5 (que, por cierto, aún estaba en peores condiciones), mas no pude reconocer a nadie más. Temiendo entonces que don Fernando hubiese hablado algo desto, pedí se me dejara hablar a solas con mi abogado, entramos en una sala e platicamos más de media hora.

Al salir de la sala, dirigíme al jefe de la guardia e hícele señas de querer hablar con él; e con esto, entró en la sala donde nos esperaba Marcos:

“Pongamos – dijo mi compañero – a estos muertos en pie. Los cinco querían encontrar esa Fuente de la Eterna Juventud que no es sino un mito. Esto lo sabemos por haber hecho muchos estudios intentando descubrir el motivo de la larga vida del capitán, mas ha descubierto el capitán mesmo, que ha vivido tantos años por haberse dado un cúmulo de extrañas circunstancias e no por beber agua alguna. Más tarde, supimos deste lugar curioso y escondido en la finca de don Diego, que prestóse a mostrárnoslo por ser maravilla de ver (asintió el jefe). Tiene este lugar mucha e muy curiosa similitud con una desas historias que hablan de fuentes con poderes, mas también tiene, según nos advirtió don Diego (y en sus precauciones lo comprobamos), el poder de hacer enfermar a la gente o matarla; a la vista… está el resultado. Sigamos los estudios por mí mesmo hechos. El capitán, e incluso los que le rodeamos, hemos sido motivo de amenazas de muerte; alguien, tal vez, quería saber el secreto. Descubrió un inspector leonés con el que nos une grande amistad (don Ernesto, dijo el jefe) una pequeña cajita escondida en un antigüo reloj del capitán; una desas cajitas GPS que iba diciendo constantemente dónde nos encontrábamos. Aquél entuerto fue deshecho. Pasado un tiempo, parecióme que allá a donde íbamos, se nos seguía. Desta forma e manera pensé habría otro GPS en nuestro coche propio, pues yendo a Sevilla en coche ajeno no se nos siguió, mas buscando en él, no lo hallé; alguien ya lo había retirado una vez visitado el lugar, o nunca lo había puesto. ¿Un delator entonces? ¿Sabéis que ni siquiera el servicio de don Diego vino con nosotros a aquel lugar e no lo conoce? ¿Creéis que alguno de los allí presentes, todos familia e niños, dijo dónde se encontraba el valle e la fuente? ¿A quién lo dijo?”.

Asustado por oír tanto dato, el jefe de la guardia, nos invitó a café, mas puso Marcos como condición no se hablase de «ciertas» cosas mientras tomábamos algún bocado.

“Muchos – dijo el guardia principal –; muchísimos son los enigmas por resolver”.

“¡Hace hoy un buen día! – comentó Marcos - ¿No lo pensáis así?”.

E luego de tomar el café le pedimos nos hubiese bien informados de cualquier novedad e mientras tanto, nosotros seguiríamos las investigaciones. Nos despedimos de don Diego e pensamos en ir a Sevilla el lunes por hacer las compras pendientes.

En Grazalema y a veinte y seis de agosto del año de dos mil e seis.

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