26 agosto, 2006

Del aviso que cambió parte de nuestra incógnita (4)

os dirigimos entonces a la tercera puerta o cajón e tiró el médico con fuerzas para sacarlo. Como en los casos anteriores, apareció la bolsa obscura en su interior e, sin esperar a ser abierta, cayó don Marcos al suelo. Fue retirado de allí por reanimarle, cuando se abrió la bolsa de repente y, esta vez, ante mí, parecióme ver un rostro que me era conocido: “Esperad, esperad, doctor – le dije – que a este le conozco; le conocía”.

“¿E le conocíais bien – preguntó el jefe – o acaso le visteis en alguna ocasión?”.

“En dos ocasiones le vi – contesté – y en las dos mostró mucho interés por mi persona e mi larga vida, pues no me parece este hombre sino el médico forense que me examinó en Madrid”.

“¿En Madrid, decís? – volvió a preguntar el jefe – ¿Acaso necesitasteis algún forense allí o sólo era amigo vuestro?”.

E pensando un poco mis palabras, contesté:

“Ni necesité forense en Madrid, ni le conocí en la calle, sino en el grande hospital que llaman de don Gregorio Marañón, pues fueme presentado por mi sobrino, don Fernando, que allí ejerce, e parecióme interesarse por mi longevidad. Al terminar el día, me llamó a casa, me hizo una visita e platicamos una pieza; mas no le conozco de otra cosa alguna”.

“Raro es esto – dijo el jefe –, que bien pudiendo ser una coincidencia más, me parece extraño ese interés por vuestra longevidad ¿No creéis?”.

“Extraña es la coincidencia sin duda – repuse – mas, ¿qué hacía este hombre aquí y bebiendo tales aguas ponzoñosas? Tal vez alguien le habló dellas”.

“¿Vuestro sobrino el doctor – preguntó el jefe – o vos mesmo?”.

Así pedí se le dijese a mi abogado (tras despertarlo) que uno de los aparecidos era el forense de Madrid e que diese su opinión.

“¿El forense que os hizo las pruebas? – preguntó casi en sueños – ¡Tal cosa no me parece de razón!”.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario