18 agosto, 2006

Del aviso de invitación de don Diego

ablaban Fermín e mi niño sentados en el jardín e le decía el primero al otro:

“¡Qué suerte habéis teniendo un padre que posee dinero para todo lo que os es menester!”.

E a esto le contestó Marinín:

“¡Qué suerte tengo agora!, que no sabéis los quebrantos por los que he tenido que pasar antes. A Dios gracias, a mi papá encontré en la plaza vestido de capitán e luego él puso remedio a una enfermedad que iba matándome. Podría deciros que yo no lo he buscado a él, sino él a mí y que de muchos males me ha salvado”.

“¿Queréis decir entonces – preguntó Fermín - que el capitán no es vuestro padre? Diríase, si no lo mencionáis, que además de padre es de los buenos, que también los hay que os hacen de la vida un martirio constante”.

“Diríase – contestó Marinín – que Dios me ha puesto por delante al padre que uno tiene en sus sueños; bien decís”.

En esto, sonaron las chirimías de mi móvil, e sabiendo ya cómo había de hablar por él, levanté la tapa e vi el nombre de quien me daba aviso:

“¡Hola, don Diego! – le dije -, que ya echaba en falta una conversación con vuesa merced”.

“Así mesmo os digo – contestó -, que no llamo por saber cómo anda mi saltamontes (que ahora parece tranquilo gusano), sino porque una cita tengo pendiente con vos e alguna cosa quiero proponeros”.

“A tal no he de negarme, vive Dios – le dije – que ya sabéis que a este vuestro servidor podéis pedir cuanto necesitéis y en mi mano esté. ¿Qué cosa os hace llamarme?”.

E parecióme doña Montserrat le decía algunas palabras e respondió luego:

“Dos días de lluvia e frío han pasado, mas parece que, aunque vuelve el calor, es más suave el tiempo, e como tengo con vos un compromiso, cumplirlo quiero”.

“¿Compromiso? – pregunté -. Tal no recuerdo, que más me parece estamos en paz, que ni yo os debo ni vos me debéis. ¿Es así?”.

“No lo es – contestó -, que no recordáis os dije un día que por la mejoría que ha tenido mi esposa, os iba a mostrar un paraje casi secreto e maravilloso que guarda mi finca. Si cosa alguna tuviéredes trazada para mañana, buen día sería para ese almuerzo campestre”.

“Que no, no os digo por dos razones – aclaré -, pues es para mí un honor (y una sorpresa) esto que proponéis; e para los niños, Marcos e Su Ilustrísima lo será también. Quisiera saber, sin embargo, si no os importa, sería estorbo se una a esta fiesta Fermín, el nuevo amigo de mi hijo en Grazalema”.

“¡Por Dios Santo! – exclamó -, que no vamos a dejar a un pequeño sin su compañía e también a éste le gustará la visita”.

Desta forma, le dije iríamos a Ronda a primera hora de la mañana, tras el desayuno, pasaríamos primero un minuto por nuestra casa e iríamos luego a la suya. Así trazado, nos despedimos e dije a los tres mocosos que andaban ante mí en juegos:

“Mañana veremos al abuelo Diego e iremos todos a comer al campo”.

E tal fue el estruendo, que pasé a la casa para anunciarlo a Marcos e a don Juan.

En Grazalema y a diez y ocho de agosto del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario