asi se acercaba la hora del almuerzo, cuando apareció el doctor que había curado a mi pequeño e, dirigiéndose a nosotros, nos dijo podíamos llevarlo a casa e que hubiese reposo durante unos diez días e luego, el mesmo médico del pueblo, habría de quitar los cosidos que en su vientre había, e poco a poco debería ir comiendo sólido el alimento e, pasados esos diez días e quitadas las pequeñas costuras, podría volver a hacer su vida normal. E siendo yo un ignorante en esta medicina, le dije si debiera hacer alguna otra cosa, e desto dióme razones muy claras, pues quiso insistir en que, quitada ya aquella enfermedad nunca más iba a padecerla.Terminado lo hablado sobre mi niño, le dije si había sabido que su compañero de estancia llevaba una banda de tela (rellena ésta con algunas cosas), que yo mesmo le había puesto y, en diciendo esto, pidió excusas a Marcos e llevóme a un bufete muy cercano e invitóme a sentarme e, cruzando sus manos sobre la mesa, preguntó:
“¿Acaso tiene algo que ver esto del pañuelo con la mejoría que se ha notado en Marino Padilla? Es la primera vez en mi vida profesional que veo una reacción tal, que ha hecho retroceder su mal”.
“Con algo del pañuelo, como decís – espeté –, tiene que ver esa mejoría. No me hagáis preguntas agora, mas tomad mis números de teléfono, e pasados justo ocho días, según le veáis, me llamáis con urgencia, que si la enfermad se ha ido, habrá que destruir tal pañuelo e su contenido sin ser apenas tocado; debe quemarse hasta su destrucción”.
Extrañado el médico de lo que le decía, volvió a preguntar:
“¿Queréis decir que traéis a vuestro hijo para curar una simple apendicitis e poniendo un pañuelo al cuello de un niño elimináis en ocho días un cáncer de hígado?”.
Casi en risas, me dijo no creer lo que le decía si no fuese porque en la última prueba que se le hizo, casi la cuarta parte de su órgano enfermo se había curado de forma que no entendían. Así pues, le dije:
“Vuestra medicina es sabia e habéis curado enfermedad que para mí no es curable ¿Os importaría dejar ese pañuelo estos días donde os digo e ver si hay resultados?”.
“Tal cosa – contestó seguro – puedo prometeros agora mesmo, e órdenes daré de que no se retire de su cuello en momento alguno. Es más, quisiera yo saber, si tal cosa le cura, qué habéis hecho. En vuestras manos lo dejo, que no quisiera ser fatiga para vos por estos menesteres”.
E saludándome con grande reverencia y estrechando mi mano con fuerza me deseó lo mejor para Marinín.


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