Fue preparado el dormitorio de abajo e ofrecióse don Juan a velar cada noche e a pedir en su misa diaria por su salud, mas veía yo que el pequeño no parecía enfermo, sino que teniendo algo de dolor en algún momento, tomaba una pasta pequeña e blanca con un sorbo de agua e así se le pasaba el dolor.“¡Paracetamol! – dijo Marcos –. No es sino una medicina que le calma el dolor y es muy corriente. Vos mesmo podéis tomarla si os viene una jaqueca, que ni daña el estómago ni efecto alguno produce; sólo quita el dolor”.
Observé entonces a Diego Jesús sentado en el salón mirando al muñeco Agustín con seriedad e, sentándome a su lado, le dije:
“Sé que penáis, mas no sé el motivo, que aquí tenéis ya a vuestro amigo salvo”.
E contestó sin levantar la vista:
“Por dos cosas peno, mas no mucho, pues en durmiendo agora Marinín abajo he de dormir yo solo; e Fermín en su casa está e dice su madre que llora día e noche”.
A fe que no os entiendo – le dije – pues sabiendo está ya aquí a salvo vuestro amigo, deberíais haberle avisado. ¿No lo pensáis así?”.
“¿Me dais la venia para ir a su casa e darle la buena nueva?”.
“¡Pues claro está, criatura! – le dije - ¿Cómo os voy a prohibir tal cosa? Vuestro abuelo os hubiese dicho ya que deberíais haber ido antes a darle aviso. ¿No pensáis que debería Fermín saber esto ya? E desto de que durmáis separados, no habéis de tener cuidado. Ya veremos qué cosa podemos facer”.


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