a noche había entrado y nos hallábamos sentados en el jardín. Marcos miraba en silencio el firmamento; don Juan un rosario rezaba en silencio; los tres niños hablaban sin parar de algún lugar donde podían tomarse baños de agua helada e yo los oía sin prestarles mucha atención. Esperábamos que la obscuridad del cielo nos dejase ver alguna estrella fugaz mientras tomábamos un jugo fresco de fruta.Alguien llamó a la puerta e pensé en la madre de Fermín, que quizá alguna cosa le traía, mas, transcurrida una pieza, salió al jardín Cayetano acompañando a un tío del pequeño grazalemeño (hermano de su madre) que saludó a media voz e se acercó a nosotros con prudencia creyendo dormíamos. Levantóse Fermín a besarle y le alzó su tío en los aires diciéndole lo que a que cualquier niño le gusta oír.
Dirigiéndose luego a mí, dijo con el acento que por aquí se habla:
“A la pá e Dio, capitán, que molestia no quiero ser a estas horas, pero subiendo voy a ver a mi hermana y sabía estaba aquí este mocoso. E más cosas sé, que hame dicho el niño que quieren ir a bañarse a las aguas frías de la ribera”.
“Buenas noches – respondíle –. Tomad asiento si os place, que esperando andamos por ver si alguna estrella cruza el cielo”.
“Muchos años las he visto e siempre casualmente, que eso de yacer en la tierra durante horas por ver alguna siempre me ha reparado. Sabed que en estas tierras, con el calor, salen los alacranes a dar un paseo y a veces tropiezan con uno mesmo. Bien hacéis en esperando alguna estrella echados en las «tumbonas»”.
“Decidme – pregunté - ¿cosa alguna os trae que haya que resolver o preferís con nosotros yacer a ver algún meteoro”.
“Nada importante me trae – manifestó muy serio – sino que he oído a Fermín decir que quería llevar a vuestro hijo a los baños de agua helada de la ribera, e siendo que el agua es tan fría, como creo bien sabéis, usa la gente a veces trajes de «ibupofreno» por paliar tan baja temperatura”.
Y en aquel mesmo instante, rompió Marcos en sonoras risas (sin poder remediar su extraño), levantóse e fue con priesa hacia la casa (desde donde se oían venir sus risas).
“Esos trajes que decís… ¿pueden comprarse aquí, en Grazalema?”.
“No es así – respondió -, que mucha gente los alquila por ser de gran valor, mas no habiendo por aquí muchos baños de aguas heladas, va la gente a tomarlos en renta a Benaoján, que allí sí se encuentran a buen precio porque muchos hay, que las gentes los toma por día para sumergirse en las aguas de la Cueva del Gato sin salir con un gran constipado o con los músculos doloridos, que estos trajes mitigan el helor de las aguas”.
“Allí habrá que ir pues a buscarlos – respondí -, que siendo del material que decís, a buen seguro impedirán que los niños me tomen un constipado”.
E saliendo de la casa al poco, volvió aún en risas e llorando don Marcos; e todos le miramos con grande extraño e manifestó Diego Jesús:
“De vuestras risas sé la razón, que no son estos trajes de material analgésico ni antiinflamatorio”.
E volvieron a reír ambos mientras los demás nos mirábamos confusos.
“No son los trajes de los que habla este hombre de «ibuprofeno» - aclaró Marcos -, que es medicamento para el dolor, sino de «neopreno» que es materia que aísla el cuerpo del frío”.
E por quitar importancia al error sin intención, le dije a Marcos e a los presentes:
“Ni una palabra ni la otra conozco, mas ambas suenan a materia especial. Sea ibuprofeno o neopreno, si su misión cumplen, a Benaoján iremos a buscarlos”.
“¡Mirad! – gritó Su ilustrísima –. Grande e brillante ha caído”.
En Grazalema y a doce de agosto del año de dos mil e seis.


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