14 agosto, 2006

De los sumergidos e la observadora

rujo Marcos esta mañana unas «gafas» que dijo servían para sumergirse en las aguas e nadar por el fondo, e así me apuntó:

“Hame dicho el mozo de la tienda que no deben usarse en la piscina pública, pues si el cristal se rompiese, sería gran peligro para los pies de los bañistas e, quizá, habría que vaciar e limpiar toda la piscina. Aún así, me asegura que este cristal no se rompe”.

“Buen invento es este y en esta piscina sí puede ser usado, que (aún) no es pública”.

“Todo el pueblo acabará viniendo – dijo muy seguro - a tomar un baño en esta e ¿sabéis por qué? ¿Por ser gratis? Pues erráis; que a más de uno le gustan aquí los baños por no tener que llevar puesta esas ridículas calzonas de colores”.

“Cuando llegue la hora – respondí -, regaláis las «gafas» a Marinín mas decidle que debe compartirlas con sus amigos, que riñas no quiero”.

E poco tiempo pasó comenzado el baño cuando comenzaron las discusiones, e sus voces se hacían cada vez más altas hasta que alcé yo la mía: “¡Silencio!”. E todos quedaron mudos e seguí hablando:

“O se comparten las gafas a tiempos iguales, o diré a tío Marcos las guarde, que no quiero que se moleste con tanto grito al vecindario”.

E acercándose un poco a mí, me dijo Marcos:

“Otra solución hay, que no son caras e las hay en diferentes colores. Bien podríanse comprar otras dos e solucionaríamos el problema. A la tienda he llegarme si conveniente lo creéis”.

“No es mala idea – repuse – que prefiero haya gafas para todos que aguantar este escándalo”.

E con esto, fue Marcos a por dos más a la tienda, de forma que cada uno hobiese la suya. Del agua salieron sin ser llamados al ver había para repartir: “¿Son para nosotros?”.

“Para vosotros son – les dije – mas os pongo una condición; alguna dellas debéis dejarme para nadar yo también por el fondo, que aunque para tales menesteres destos artilugios no necesito, quiero probarlos”.

“Demasiado bien – dijo Marcos – nadáis por el fondo e por la superficie, que María sale a recoger la mesa hasta tres veces tal vez por ver… cómo lo hacéis”.

“Acaso sea – repuse – por ver… cómo lo hacéis vos. Descubrámoslo”.

E preparándonos para el baño (otrosí, quitándonos todas las prendas) saltamos a las claras aguas. E por el fondo iban los pequeños nadando (que «buceando» decía Marcos) e por la superficie nos movíamos los adultos; e salió María una primera vez a recoger una mesa donde ya nada quedaba e dijo Marcos prestase atención, pues al poco, volvió a salir y pasar el paño mientras miraba con disimulo nuestros… nados.

Y en viendo esto, salí de las aguas e me puse en la parte cubierta hasta verla de salir la tercera vez, e, acercándome a ella por detrás, le dije:

“Si en vez de molestaros en recoger la mesa una e otra vez preferís descansar una pieza en uno destos asientos, mi permiso tenéis”.

E mudó la su color e se llevó la mano a los ojos e corrió entrando en la casa.

“¡Tales cosas – murmuró don Juan entre sus lecturas – vive Dios que sólo aquí se ven!”.

E al poco, ya cubiertos con los paños e junto a Su Ilustrísima, le oímos decir:

“En el fondo, no son tan malos estos niños”.

En Grazalema y a catorce de agosto del año de dos mil e seis.

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