brióse la puerta del jardín con grande estruendo y entró como rayo Marinín e sentóse en mi regazo. Así le dije entonces:“Mal hacéis algunos deberes, que con el estruendo de la puerta nos habéis asustado, sin cubrir venís, mis ropas habéis empapado e la venia no habéis pedido ni excusa para entrar”.
“Lo siento, papá – respondió cabizbajo -, que sólo quería supierais que el día está nublado e algunas gotas caen”.
“Mojado sobre mojado – le dije – no es cosa que necesite resolverse, mas cuidaros del frío, que eso sí pudiera haceros enfermar”.
E mirando su cara con atención, observé la color de su piel, el brillar de los sus ojos y el agua cayendo lentamente por su cuello, e con esto, le dije a don Juan:
“Decidme que no es cierto que tengo a un hijo que quita el hipo. E dél pienso hacer un hombre de provecho, que no pase por esta vida como uno más”.
E mirando con leve sonrisa al pequeño, dijo Su Ilustrísima:
“Dejemos raras costumbres de andar por la casa sin prenda puesta e os confesaré que más que hijo, os ha dado Dios un ángel. E fijaos en sus ojos, que húmedos, parecen llevar sobre ellos, en vez de pestañas, racimos de boquerones. No exagero si os digo que, si sigue siendo como es e hace caso de nuestras liciones, en los altares lo veo”.
Echóse Marcos a reír mientras manifestaba:
“La primera vez sería que veo a un diablillo tallado e venerado por todos”.
“La madera no le falta - contestó Su Ilustrísima – e la talla casi está a punto. Algo distingue a este niño de los demás, e no hablo de los amigos que en el jardín se hallan, mas, cuando paseo con él por las calles de Ronda, no hay persona que quede indiferente; e a su belleza corporal no me refiero, que hasta yo le veo en la mirada algo que deja a uno ensimismado”.
“¡Niño! – dijo Marcos entonces –, no os creáis cuanto os dicen que os volveréis presuntuoso. Mejor, haced las labores que pendiente tenéis Diego Jesús e vos y que yo he de corregiros, pues todos tenemos faltas”.
“Sí, señor – respondió el pequeño –; hechas están ya las labores diarias y algunas atrasadas debéis corregir, tío Marcos”.
Y en diciendo esto, volvió a salir al jardín e dijo Marcos sabiendo era ido:
“¿A qué corregir esas tareas diarias si cuando lo hago aprendo dellos?”.
En Grazalema y a diez y seis del año de dos mil e seis.


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