30 agosto, 2006

De las pláticas camino al hospital (2/2)

interrumpiendo las pláticas de Su Ilustrísima, le dijo el hermano Federico:

“De tales cosas no me asusto, sino de la violencia, la vanidad y el odio, mas debo advertiros, eminencia, que nunca se ha llamado al capitán así en la hermandad, pues por propia decisión, y pensando ese título lo hacía superior a sus hermanos, siempre se le ha llamado «hermano Marino». ¿Acaso no es este su nombre?”.

E respondió a esto Su Ilustrísima antes de que comenzase a hablar yo:

“Marino sólo le llama don Marcos, que todos le decimos tío o capitán y, en raros casos, Capitán Alacaída, o sobrino, como le digo yo”.

“Algún nombre habrá puesto a su nuevo hijo – dijo el hermano -, he de suponer, que tal cosa no la esperaba”.

“Marino se llama también – respondíle yo en este turno – que siete años ha cumplido no muy recientemente”.

E fue la cara del hermano Federico de tal asombro, que se detuvo titubeante junto a una zanja e parecía iba a caer en ella. E mudado su color, dijo:

“¿Siete años? ¡Vive Dios que estas cosas nunca las he visto! Que cuando ya había asumido que su vida era de cinco siglos, se me dice que en un año su hijo ya ha cumplido los siete”.

“No es cosa de milagros, hermano – le dije al punto –, tranquilizaos, calmaos, que dase el caso de que este niño de nombre Marino es adoptado, aunque sí es coincidencia que ya tuviese ese nombre ¿No creéis? Y este niño fue nascido en Plasencia e de tan virtuosa mente, que junto al capitán - perdón, al hermano Marino – llegará a ser un grande hombre de provecho”.

E siguiendo su camino hacia el hospital, dijo confuso:

“¡No me hacen santo al venerable, e tengo que oír estas extrañas historias! Sí, he de necesitar mucha calma, que alguna otra sorpresa aún es seguro me aguarda”.

En Sevilla y a treinta de agosto del año de dos mil e seis.

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