26 agosto, 2006

De la vuelta de la visita a los finados

legados a la casa, acercándose ya el medio día, corrió Marinín (a pesar de sus pequeñas heridas) llorando hasta mí, e aferróse a mis piernas e decía sin cesar:

“A Ronda habéis ido tío Marcos e vos por algo malo”.

E viéndole en llantos e muy preocupado, agachéme ante él sonriente e le dije:

“Si bien es cierto que hemos tenido que partir muy de mañana para Ronda, puedo aseguraros que hemos ido a platicar, e había allí hasta ocho hombres e cinco dellos no hablaron nada. Si pensáis que hemos ido a ver cosas preciosas e que vos no las habéis visto, también puedo aseguraros, que nada hemos visto que de vuestro agrado fuese”.

E volvió Marcos a retirarse, esta vez al cuarto del baño, quizá porque no se le viese la color de su rostro.

“¿Lo juráis…? - miró a don Juan e siguió luego - ¿Lo prometéis? ¿Nada malo pasa agora?”.

“Prometido queda que nada bello hemos ido a ver e, porque mejor me creáis, sobre la mesma Biblia he de jurarlo, que sé que cosa tal no gusta a Su Ilustrísima. Así de cierto es lo que os digo”.

E sonriendo luego, fueron acercándose sus amigos e vino Diego Jesús a besarme e al oído me dijo:

“El médico ha llamado ya y permiso le ha dado para moverse e comer, mas hasta dentro de otros pocos días no le descoserán la tripa”.

Con esto, e con muy mal color en su faz, salió del cuarto del baño Marcos e se adentró en el salón, e así dije entonces:

“Olvidemos lo ocurrido esta mañana, que importancia no tiene alguna, e pensemos ya en las hinchonas que comeremos con Marinín en el almuerzo”.

E volvió Marcos al cuarto del baño a priesa.

En Grazalema y a veinte y seis de agosto del año de dos mil e seis.

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