entados en salón estaban los niños e les acompañaba Marcos mientras leían cuentos con preciosos dibujos en bellos colores. Toda la casa estaba cerrada, pues era el aire que corría de levante muy cálido. En esto, estábamos don Juan y yo comentando algo de lo que hubo pasado por la mañana sentados en la parte cerrada del jardín e parecióme llamaban a la puerta. Al poco, vino Cayetano a darme aviso de una visita e pasamos al salón ya casi entrada la noche y antes de la cena. En la puerta de la casa, vi parada, cabizbaja e mirando al interior algo asustada, a Dolores, la madre de Fermín. E hacia ella anduve de priesa por atenderla:“Pasad, señora, no quedad ahí mirando, que en vuestra casa estáis como en ella está vuestro hijo”.
“Eso paréceme – contestó sonriendo – que para verle vengo, pues aquí pasa todo el día e le echo mucho de menos, e sabiendo ha estado enfermo Marinín, quería traerle alguna cosa”.
“¿Por qué os tomáis estas molestias? – preguntéle – Pasad, pasad e mirad dónde está vuestro hijo en leyendo con los otros sus amigos”.
Así, se levantó Fermín con gran contento e fue a besarla e abrazarla e le dijo pasase por ver lo que hacían, y ella le dijo:
“Ya veo que mejor que en casa estáis, que ya sé os gusta estar rodeado destos juguetes e destos amigos y en casa no los tenéis. Disfrutadlo todo”.
“Perdón habría de pediros, señora – le dije – que pareciera quisiera yo apropiarme de vuestro hijo”.
“En tal cosa no penséis – manifestó – que sabiendo yo es feliz aquí e con quién anda, no me importa no tenerle a mi lado, que es niño tímido y es esto lo que necesita, pues es listo e le gusta leer e jugar, mas pocos amigos tiene, e hame dicho el médico que quizá sea porque es más listo que los otros y eso le hace sentirse mal”.
“Sin duda – afirmé – me parece este niño listo, e si yo pudiese ayudaros de alguna forma, habríamos de educarlo para que llegue a ser hombre de buen provecho”.
E dirigiéndose luego a Marinín besólo con grande cariño e sonoros besos, e le dijo:
“Juguetes no puedo traeros, ¡mi arma! [mi alma] mas en esta bolsa vienen unas salchichas caseras, que preparadas por María (que es vecina mía) os chuparéis los dedos. Mas, decidme agora que os han hecho”.
“Una tripa mala me han quitado – explicó Marinín -, que dolía e me hacía poner enfermo. Mas ya estoy bien. Gracias”.
“A los cerdos – dijo la mujer – quitamos nosotros las tripas buenas, que con ellas se hacen deliciosas viandas. La que os han quitado mala ya no os producirá más dolor ni fatiga. Probad esto que os traigo e otro día me decís si es de vuestro gusto”.
E me pareció ver a Marcos ir presto al baño otra vez.
“Desto de la educación que necesita Fermín – le dije a la señora – hablaremos otro día, que sé la necesita e vos no podéis dársela. Agora, pasad a tomar alguna cosa antes de la cena”.
En Grazalema y a veinte y seis de agosto del año de dos mil e seis.


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