21 agosto, 2006

De la tertulia vespertina

la hora de la merienda, cuando ya comienza a notarse aquí que el sol se atenúa, estábamos todos en el jardín; los niños jugaban e los mayores habíamos una larga tertulia en la parte cubierta. Veíase a Marcos un poco más serio de lo usual, tal vez por darse cuenta de que la conversación del día anterior no fue demasiado atinada e había dejado un tiempo don Juan sus interminables lecturas e se le veía pensativo.

Comentábamos cómo Grazalema se convirtió en esplendoroso pueblo industrial tras la Reconquista (aún hoy en día puede verse marcado como importante en los mapas) e su crecimiento fue grande. Tal cosa puede colegirse sólo contando sus iglesias, que, en el interior del pueblo, son cuatro: Santa María de la Encarnación, La Aurora, la pequeña de San Juan, e la más alta, la de San José, que a su lado hubo en su momento un convento. El expolio francés dejó las iglesias mermadas en su valor e cuéntase que los mesmos lugareños expulsaron de aquí a los invasores con hondas. La destrucción definitiva durante la Segunda República, no sólo convirtió estos templos en edificios sólo de valor arquitectónico, sino que dejó al pueblo con unos dos mil habitantes. Prometióme don Juan buscar algunas fechas e datos importantes de la villa:

“De todo esto que hablamos hay mucho dato, mas hay que documentarse; sin embargo, nadie niega la importancia que ha tenido este lugar desde antes de los romanos. Aquí cerca podemos encontrar restos arqueológicos primitivos, e todos los pueblos que han pasado por la península, han pasado por Grazalema dejando su huella. Nada en esta vida es casual, así lo he aprendido yo al menos en la mía (que es corta comparada con la del capitán)”.

“Pensáis entonces – le dije – que no es casual tampoco la coincidencia entre la historia que narrasteis el otro día e lo que luego hemos visto?”.

“Desto que hemos visto he quedado sumamente confuso – contestó intrigado -. Si bien diría que no creo en las casualidades, más diría que esto no me parece casualidad, que todo allí era como en la historia que yo había leído, e si sumamos a esto el misterio con que se oculta el tal lugar…”.

E intervino Marcos queriendo quitar acaso un poco de importancia a la historia:

“Sin duda – dijo – está el lugar escondido e dél no se habla por ser peligrosas sus aguas. ¿Han observado vuesas mercedes cómo el propio don Diego rodeaba retirado aquella alberca? Muy peligrosas deben ser”.

“Cierto es, querido don Marcos – respondió Su Ilustrísima – pero una cueva con las paredes llenas de brillos, una salida posterior, un frondoso valle de difícil acceso, una fuente, una alberca, una encina e incluso un cántaro, reunidos en el mismo sitio, dan mucho que pensar”.

¿Pudiera ser – preguntó con intriga Marcos – que sabiendo don Diego que esas aguas, al ser bebidas como cuenta vuestra historia, hace eterno al que las bebe y es precisamente ello lo que le asusta?”.

“Creo os equivocáis – respondió don Juan – que tal amistad me une a este hombre, que ya sabía yo de la existencia dese paraje (pues nada me oculta don Diego), aunque hasta ahora no he estado allí”.

E por terminar con esta conversación tan compleja, dije a entrambos:

“La historia de Yehuda es preciosa, sin duda, el lugar parece copiado della; que las aguas sean venenosas está por averiguar, pero lo que sí puedo aseguraros es no cambian el curso de la vida del que las bebe; quizá lo mate. Cualquier cosa daría afirmando esto”.

“Hagamos lo que vuesa merced propuso – me dijo Marcos –; dejemos pasar algo de tiempo y alguien nos llevará hasta allí si es que algo hay que no sea sólo belleza”.

E los niños, reunidos junto al caño que llena la piscina, jugaban con un cántaro a la historia de Yehuda Halevi.

En Grazalema y a veinte y uno de agosto del año de dos mil e seis.

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