ue el almuerzo como predijo don Juan, que repitió Marcos el plato, probó la «pirriñaca» e sentóse una pieza en el salón casi en penumbras; e viendo que le venía el sueño, pidió la venia para retirarse a descansar la siesta e, no sé por qué razón, me preguntó si quisiera dormir con él un rato, mas le dije que tras el reposo, seguiría preparando cosas. Insistió, más viendo que yo tenía menesteres pendientes, subió de espacio las escaleras hasta el dormitorio.Descansaron los niños en el cuarto de Marinín e quedamos Su Ilustrísima e yo en el fresco salón. E así me dijo al quedar solos:
“Mal debió pasarlo ayer en el viaje que hicisteis, que pocas cosas quitan el sueño a un adulto, sino que parece niño al que le han contado cuento de terror antes de dormir”.
“No sabe vuesa merced – le contesté – que tan espantoso era lo que hubimos de ver, que también yo preferí pasar la noche en vela con él”.
“¡Cadáveres!” – dijo presto –. Nadie se acostumbra nunca a verlos, mas os aseguro que muchos he tenido que ver yo mesmo e no en muy buenas condiciones”.
“Os aseguro yo, Ilustrísima – respondíle – que si hubieseis visto los que hubimos de ver ayer nosotros, no diríais agora lo que decís; que era de espanto”.
E mirándome con asombro e perdiendo el gesto de sueño que ya le venía, preguntó:
“Sois capitán e de larga vida e sé habréis visto cosas peores que las que yo mesmo he visto ¿Cómo decís que los cadáveres eran tan espantosos?”.
“Describillos no quiero – le dije – que no quiero quitaros también el sueño, pues cosa tal jamás había visto”.
“Dejemos entonces esta conversación para otro momento – aconsejó – que no es la hora de la digestión apropiada para estas pláticas. Tal vez, no deberíamos hablar más desto”.
En Grazalema y a veinte e siete de agosto del año de dos mil e seis.


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