10 agosto, 2006

De la siembra del rosal

n el salón leíamos a media mañana Marcos e yo cuando apareció a toda priesa e desnudo Marinín parándose en seco (aunque aún mojado) cerca de nosotros:

“¡Papá! ¡Tío Marcos! ¡Venid presto, que anda don Juan con sotana agachado e con un azadón haciendo labores en un rincón del jardín!”.

E nos miramos confusos de primero e dije al niño de segundo:

“Al jardín iremos al punto, mas habéis vuelto a olvidar que para entrar en la casa debéis venir cubierto”.

“Mis excusas os pido a ambos primero, mas atended segundo a mi llamada, que no entiendo que hace tío Juan con estos calores de San Lorenzo labrando la tierra con la sotana puesta”.

E saliendo al jardín le vimos en un rincón agachado (que las dolamas parecían haber desaparecido) cavando en la tierra de uno de los linderos e, acercándonos a él con presteza, dijo Marcos:

“Tío Juan, ¿qué cosa hacéis?, que a los niños habéis asustado e con susto os vemos hacer quién sabe qué cosas”.

“Acaso os extraña ver a un cura trabajar, mas también los de la sotana la doblamos; e sabed que no hago labores para mí, sino para mi sobrino Marino e por ende para todos. Y en satisfaciendo vuestra curiosidad, os diré que ando plantando”.

“Así parece – le dije – que no he visto hombre agachado con azadón haciendo otra cosa; mas quisiera yo saber qué plantáis a estas horas y en estos días”.

“Es Grazalema tierra de siembra e recolección tardía – manifestó con calma -, que cuando aún aquí se comen brevas, higos dan ya las higueras en todos lados; e muy buenas, que otras como las de aquí no comeréis en Sevilla. Y cuando en vuestra tierra comienzan a acabarse los higos chumbos, aquí empiezan a madurar, que es a finales de este mes e principios de septiembre cuando se toman maduros”.

E con grande sorpresa e no viendo mata alguna en derredor, le dijo Marcos:

“Tardía será la cosecha en estas tierras, mas paréceme es tardío el momento en que os ponéis de siembra y, si bien observáis el jardín, veréis que también al fondo higuera tenemos”.

“No es una higuera lo que siembro – dijo don Juan con algo de enfado - ¿me creéis tonto? Unos esquejes de los rosales de don Miguel de Mañara he traído, que esta casa, además de estar santificada, debe tener algo santo agarrado a su tierra”.

“No es agosto tampoco tiempo de siembra de rosales – le dijo-, e bien lo sabéis; esperemos agarren por obra y gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que jamás he visto sembrar rosales sino en febrero”.

Y poniéndose en pie e mirando gravemente a Marcos, le contestó:

“Es Grazalema tierra fértil, e así como decís, en invierno han de sembrarse los rosales; los rosales, os digo, no los rosales de don Miguel, que sembrados con amor e siendo cuidados un poco, dentro de otro poco los veréis agarrados e dentro de otro poco más los veréis florecidos”.
E oyendo Marinín tales pláticas, preguntó a don Juan con grande ilusión:

“Así como los de vuestra casa son de flores blancas ¿serán estas rosas blancas también?”.

E caminando de espacio hacia el pequeño, agachóse hasta su altura e preguntó:

“¿Los quisierais de otro color? Rezad tres Padre Nuestro e pensar en el color que os guste”.

“Tal no es posible - dijo incrédulo Marinín -, mas, se que a mis pajarillos más les gusta la blancura. Ahorremos las oraciones si han de ser de ese color”.

“Del color que elijáis han de ser – dijo Su Ilustrísima -, que para vos e para el resto de los habitantes de esta casa, pasado un año los veréis en flor. E si no es así, o no son estos rosales de don Miguel, o en alguna cosa he errado”.

En Grazalema y a diez de agosto del año de dos mil e seis.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario