o había allí sino un cómodo asiento para los acompañantes de cada cama, e viendo yo que Marinín no se hallaba mal e dormía placenteramente, ofrecí el otro asiento para que descansasen padre e madre del otro Marino. Ordené a Marcos llevase a Su Ilustrísima a la casa porque hubiera buen descanso. El volviendo éste, pasamos la noche asomados a la ventana e mirando acaso de cuando en cuado a mi pequeño.Casi las cinco de la mañana eran cuando comenzó a moverse el otro pequeño enfermo e su madre se levantó con presteza por ver qué le sucedía, y el niño, casi en sueños, le dijo:
“Mamá, tal vez alguien pudiese traerme unas natillas o algo así, pues siento la necesidad de tomar algo”.
Y al oír estas palabras, le dije a la madre:
“No deis de comer más de lo necesario al niño. Comenzad dándole cosas que no deba masticar. En poco tiempo podrá comer de todo si su estómago lo admite”.
“No os entiendo – me dijo en voz baja y un poco aparte -; o sois médico o ya habéis pasado por un trance como este”.
“Capitán soy, señora – le contesté – mas algo desto entiendo e sé cómo remediarlo. Dadle agora algo que sacie su apetito e que no tenga que masticar”.
Así, llamó la mujer a una criada (o «ate ese») e, diciéndole aquello de tomar algo blando, quedó confusa la mujer, mas trujo luego un pequeño cuenco e una cucharilla e tomó el niño aquél dulce.
Así, al amanecer del día, vino un médico a ver al pequeño e, sabiendo había comido ya algo, ordenó se le hicieran una de estas pruebas modernas.
Acercándome al chico, le dije guiñándole un ojo:
“Ahora sabéis que entre los remedios que ya os han puesto estos médicos y el que yo os he traído, pronto estaréis sano”.
Mi Marinín dormía aún.
En Ronda y a veinte y tres de agosto del año de dos mil e seis.


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